Aldana, muerta por desamparo a los 11

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Por Silvana Melo

(APe).- Aldana Fernández tenía once años y vivía en un asentamiento a casi 1200 kilómetros de la capital. Ayer murió cuando se incendió la casilla donde vivía con su padre y dos hermanitos. El fuego se desató por una mala conexión eléctrica o por una estufa a gas o por la desgracia de que hace frío y no hay servicios seguros en los barrios obreros A y B donde fatigan la vida 650 familias en los arrabales de Cipolletti. Aldana Fernández murió ayer a los once a 1.200 kilómetros de la oficina central de dios, en abandono del estado, sin casa, sin tierra, sin luz, sin agua. En una villa como las de capital y conurbano, eufemísticamente disfrazadas ahora de barrios populares. Para desdramatizar el desamparo histórico que mata.

Fue ayer a mediodía. La casita levantada en la toma desde hace once años en terrenos fiscales y privados por más de 600 familias de ese retazo rionegrino, ardió y ella no pudo salir. Sus hermanos –de seis y ocho años- y su padre están internados en estado desesperante en la terapia intensiva de una clínica de Neuquén.

Aldana nació con la toma. Y murió sin vivir la expropiación de las tierras. Que ya es ley pero letra muerta. Sin ver que su padre atesorara la escritura de ese pedacito inundable y esquivo donde caían sus huesos a la noche. Donde ellos se refugiaban a duras penas de la crudeza invernal del sur. Aldana murió sin ver una conexión eléctrica segura, un servicio básico tirado desde la generosidad electoral del municipio, una cañería de agua potable. Murió fuera de los brazos del estado, que la soltaron cuando los necesitó.

Cuando supieron de su muerte los vecinos de los barrios obrero A y B salieron a la calle y se le plantaron en la puerta al Municipio. Pidiendo “la urbanización” mil veces y otra vez, sobre una historia que, cuentan a APe, ya incluye “una bebé que murió congelada hace un par de años y gente mayor que no ha podido soportar el frío”.

La llegada del invierno se trae al hombro todas las carencias juntas. “Ahora va a llover y nosotros nos inundamos enseguida; estamos en una zona de desagües y el agua nos entra en las casas”. Y el covid19 ya entró y se pasea por las callecitas del barrio. Aunque hayan cerrado los accesos a la villa para que no entre. Ellos saben que la llave de esta puerta no la tienen. Se la ha retaceado el estado durante toda su historia. La llave de entrada a una vida digna, buena, de un plato calentito antes de dormir, de un agua pura, que lave las manos, que se pueda beber, de una estufa que dé calor pero que no incendie, que no queme, que no mate.

Esa llave que nunca pudo tener en sus manos Aldana. Que ayer murió a los once. Cuando sólo es admisible la vida: un sueño hasta la esquina, unas rodillas cascadas y una colita en el pelo para que no tape los ojos.

Edición: 4018

 


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