Más resultados

Por Claudia Rafael
(APe).- Agostina. 14 años. Cabello largo. Una nena tan solo. Es un nombre el suyo que quedará marcado entre los 168 femicidios (95 concretados, 73 intentos) de lo que va de este 2026. Hay nombres icónicos y de los otros. Los que constituyen un mazazo entre sus entornos cercanos pero no mueven a los grandes medios. Los que son apenas una fotito de se busca en las callecitas pueblerinas de las cercanías de su casa o una gacetilla escasa en la sección policial de la web periodística local. Agostina Madeleine Vega quizás cincele rabias como hace 11 años lo hizo el nombre de Chiara Páez, asesinada a los mismos 14 años, y disparadora de las marchas del 3 de junio en el país. Aunque 11 años es demasiado tiempo en los ritmos de los pueblos y no hay modo de imaginar qué impacto tendrá su nombre y su historia en la crónica colectiva. ¿Acaso algún nombre logrará hoy tener la potencia del de María Soledad, esa piba catamarqueña adolescente cuyo derrotero y dolor fue capaz de voltear al gobierno de su provincia?
Cada historia desnuda complicidades y connivencias. Mandatarios y poderosos escribas o ejecutores impiadosos. Que sienten que su transitorio sillón de mando o la chapa en la puerta de su oficina son suficientes cocardas como para escupir soberbia.

Hoy son tiempos en los que a las pibas y a los pibes no se los ve. El mundo adulto no los ve. Y a Agostina nadie la vio. Hay un universo adulto roto y los pibes se las rebuscan como pueden para seguir. Para estar. Para sentir. Para hablar y ser escuchados. Para decir con o sin palabras. En el barrio General Mosconi, del sur de la capital mediterránea; en cualquier barriada del conurbano bonaerense o en el barrio El Tucán de la localidad misionera de El Dorado. Donde con 17 años fue encontrada el viernes 29 de mayo Dulce María Candia. Asesinada. En una construcción abandonada. Desaparecida desde hacía 15 días.
Las pibas y los pibes desaparecen. Se pierden en una nebulosa oscura donde el horror se les ensaña demasiadas veces. Como con Agostina o Dulce María. La muerte no fue dulce con ella ni con su cuerpo raído y abandonado por alguien que le plantó bandera en la piel a puro desprecio y crueldad.
Las estadísticas acumulan datos. 4 a 6 denuncias diarias por desaparición de niñas y niños. Cada año suman mil que, en su mayoría, van de los 10 a los 17 años. Durante la escritura de esta nota algún niño, alguna niña no está en el lugar en el que alguien lo y la espera. Muchos vuelven, son encontrados o simplemente devueltos. Pero hay un núcleo duro que tras años y años de vacío en una silla, en una cama, en un banco de escuela siguen siendo una foto en una caja de leche, en una pantalla en el aeropuerto, en los listados de Missing Children.
Pero las hay como Agostina, como Dulce María. Como antes Brenda, Morena y Lara, las tres chicas estragadas en Florencio Varela. Como tantas pibas arrojadas en bolsas negras a basurales.

Víctimas unas y otras de algo mucho más enorme que un matón que se siente el grandioso ejecutor de su voluntad en el cuerpo baldío de una niña o una adolescente. De algo mucho más gigantesco que un simple sicario que se cree todopoderoso frente a la fragilidad de las pibas sobre las que fusila su descarga de placer.
Sería mucho más fácil si fuera simplemente un Claudio Barrelier, un Manuel Mansilla, un Jorge Mangeri o un Guillermo Luque. Son apenas hombres. Crueles. Asesinos. Femicidas. Con los adjetivos más horribles para cada uno. Pero individuos nada más.
Lo que hay detrás, lo que los parió en el desprecio y la inhumanidad es una sociedad rota, resquebrajada. Que no mira a los ojos. Que pierde de vista la condición humana. Que se construye con las banderas del individualismo y la indiferencia. Y que hace demasiado tiempo necesita imperiosamente un golpe de timón para rumbear hacia otras costas. Es imperioso comenzar. Para que de una vez por todas, la infancia, la vida, el cuidado del otro sea estandarte.
Suscribite al boletín semanal de la Agencia.
Fundación Pelota de Trapo nació hace décadas para abrigar de las múltiples intemperies a niñas y niños atravesados por diferentes historias de vulnerabilidad social.
Agencia Pelota de Trapo instala su palabra en una sociedad asimétrica, inequitativa, que dejó atrás a la mayoría de nuestros niños y donde los derechos inalienables de la persona humana solo se cumplen para unos pocos elegidos por la suerte