El regreso del glifosato y el dolor que trae el mate

Misiones volvió a permitir el uso de glifosato en la producción de la yerba mate, una producción medular en la economía de la provincia. El mate trae el sacrificio de los tareferos y el veneno en las hojas. La marca del dolor humano en el mate compañero, que hace comunidad, ensombrece una esperanza que, necesariamente, habrá que reconstruir.
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Por Silvana Melo

(APe).- La mitología tanguera de la yerba secándose al sol habla de esa compañía en horas flacas, cuando no abunda nada y el mate es sostén de ronda y comunidad. Aquella ruta de la yerba mate por donde la Misiones colorada y hermosa lleva al turista suele ahorrarle tramos dramáticos de una producción en la que los tareferos ponen el cuerpo y retazos del alma. Donde queda claro que el mate servido con calabaza, espuma, temperatura perfecta y bombilla de curvatura óptima siempre vendrá con trazas de dolor humano. Y también, en épocas de sectarismo desregulatorio, con restos de agrotóxicos. Porque la provincia que se jactaba de la producción de bioinsumos, cerró los ojos por un rato y volvió a permitir el uso del glifosato en la producción de yerba mate.

El veneno, que entró al país hace exactamente 30 años, junto a la soja transgénica y bajo el formato de paquete tecnológico de Monsanto, llegó para resguardar ese cultivo de cualquier otro vegetal que lo amenazara. Y para eso se lo modificó genéticamente. El recorrido del glifosato, asociado a otros varios agrotóxicos, ha hecho de la Argentina uno de los países más fumigados del mundo. Y es el símbolo de un modelo productivo que atraviesa a un país que tiene al extractivismo como el principal motor de divisas e ingreso de dólares. Sin generación de puestos de trabajo. Y sin cuidar la salud y el territorio.

En 2023 Misiones había legislado la producción de bioinsumos en busca del reemplazo de los agroquímicos por productos de origen natural. En ese marco apareció la prohibición del uso de “glifosato, componentes y afines” en toda la provincia.

Este año la prohibición fue eliminada.

La producción de yerba mate es central en la economía y en la actividad agrícola de la provincia. Por lo tanto, la presencia plena del glifosato en los campos afecta directamente a los yerbatales. Y a la iniciativa provincial de generar bioinsumos como un cambio paulatino en la producción. Se inscribe, además, en el oleaje desregulatorio nacional, que incluye el uso de agrotóxicos: poco a poco, en distintos puntos del país, fallos judiciales, medidas municipales o provinciales, van acercando peligrosamente las zonas permitidas para la fumigación a las escuelas y a las superficies pobladas. Lo ganado en las luchas territoriales cae bajo la arbitrariedad que detona toda regulación.

La peligrosidad del glifosato para la salud ha sido ampliamente investigada y probada por la ciencia en la Argentina, aunque negada y castigada por las zonas científicas oficiales. Acaso el ejemplo de la Organización Mundial de la Salud (OMS) en 2015, once años atrás, sea la declaración más difícil de discutir: lo clasificó como “probable carcinógeno para humanos (Grupo 2A)”, después de revisar cerca de mil estudios científicos, y demostró que el herbicida puede operar a través de dos características: “genotoxicidad (daño en el Ácido Desoxirribonucleico, ADN) y estrés oxidativo (daño celular por la presencia de radicales libres)”.

Nueve de cada diez hectáreas cultivadas en Misiones son yerbatales. Claramente, recibirán glifosato para liberarlas de yuyo extraño. No será gratuito.

La presión de los grandes productores generó el regreso triunfal del veneno a los cultivos de yerba mate. Atada a la decisión nacional de que la libertad implica liberarlo todo. Incluso a los tóxicos, si benefician a los grandes poderes económicos, motores generadores de divisas sin empleo en el fatal modelo presente.

Un integrante del directorio del Instituto Nacional de la Yerba Mate (INYM) dijo que “de ninguna manera la planta es fumigada”. Asegura que el glifosato se aplica de forma localizada (manchoneo) para eliminar malezas y no directamente sobre las hojas de la yerba mate. El organismo del que forma parte fue vaciado por el gobierno ultraderechista: lo desreguló y le quitó las funciones principales, como la de intervenir en la economía del sector o establecer precios mínimos para los productores.

El mate ineludible, el que genera comunidad por sí solo, el que une, el que enfrenta inevitablemente los embates individualistas del sistema que arrasa, trae dolor en sus hojas picadas, en sus palos mínimos, en su espuma que invita. Ese mate es el fruto de condiciones de vida y trabajo indignas, de extensas jornadas con salarios miserables, de trabajo infantil, de enfermedades consecuentes, de un hábitat insalubre.

El día de un tarefero (el cosechero de la yerba mate) comienza a eso de las cuatro de la mañana en camiones, cuando recorren largas distancias de tierra colorada hasta llegar a los cultivos. Después, son más de doce horas de producción. Algunos, los golondrina, pasan la temporada en campamentos, duermen a la intemperie, con mínimo resguardo del frío, calor o lluvia. Sin sanitarios.

En ese marco, los tareferos y sus familiares suelen sufrir de manera directa la exposición al veneno. Las condiciones de trabajo son informales y sin equipos que los protejan adecuadamente. Intoxicaciones agudas abdominales, respiratorias, dérmicas y visuales se vuelven luego efectos crónicos como daños genéticos, malformaciones congénitas en sus hijos y tasas elevadas de cáncer.

La marca del dolor humano en el mate compañero, el que hace comunidad en tiempos donde la soledad y la determinación individual resumen la hostilidad del mundo, ensombrece la esperanza. No hay lugar para el veneno en la hoja de la yerba mate. No hay lugar para el veneno en el cuerpo de los trabajadores más castigados de esta tierra.

No hay lugar para el veneno en un mañana que debe ser construido en comunidad.

En esa misma comunidad que suele tejer el mate.


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