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Por Carlos del Frade
(APe).- Las motitos gambetean los autos, los camiones, los bondis y los carritos de las familias desesperadas y buscan ganarse unos pocos pesos para empatarle a alguna de las necesidades cotidianas. Casi el 70 por ciento de los que se juegan la vida entre el tránsito cada vez más caótico de la otrora geografía industrial, tiene entre 15 y 35 años.
Audaces y jugados, el tiempo los empuja a la velocidad que anticipa el próximo viaje que les ordenan por celulares. No hay caras ni firmas, tampoco identidades de los patrones, solamente aplicaciones móviles. Pero en realidad las motitos no son drones. Sobre ellas están las pibas y los pibes que no encuentran otro trabajo en la ciudad que alguna vez fue el corazón del segundo cordón industrial más importante de América del Sur después de San Pablo en los años sesenta y setenta.
La edad repite el histórico castigo del último medio siglo.
Las chicas y los chicos menores de treinta años fueron desaparecidos, desocupados, convertidos en delincuentes que pueblan las cárceles de las principales cinco provincias argentinas, drogados y deudores en estos cada vez más crepusculares días de 2026.
Desde el municipio rosarino decidieron hacer una encuesta a más de dos mil repartidores, los delivery de la ex ciudad obrera porque entienden que “son una población que necesita ser escuchada”.
También afirman desde el ejecutivo que les entregaron cascos y que luego seguirán con asesoramiento laboral, cursos de mecánica ligera y conocimientos básicos para auxiliar personas ante una emergencia.
No dice nada el informe de la intendencia rosarina sobre cuánto gana cada una de las más de dos mil personas que respondieron la encuesta con sus trabajos como cadetes o repartidores. Pero verles las caras muestra el cansancio acumulado en cuyas sombras se vislumbra que tanto esfuerzo durante tantas horas no se expresa en un volumen de ingresos proporcional.
De todas maneras, los primeros resultados exhiben los mitos y también las certezas que lo que viene sucediendo en los últimos cincuenta años.

Casi el 70 por ciento de los que se juegan la vida entre el tránsito cada vez más caótico de la otrora geografía industrial, tiene entre 15 y 35 años.
Son los que buscan ganarse la vida y se trepan a la moto para ver si descubren un camino que les muestre una dimensión material para sostener sus sueños.
En relación al nivel educativo, los datos revelan que el 0,65 por ciento tiene el primario incompleto; el 6,41 por ciento primario completo; 23,33 por ciento secundario incompleto y el 46,15 por ciento completó la educación media. El 13 por ciento estudios terciarios o universitarios incompletos y sólo el 6,50 por ciento tiene terciarios o universitarios completos.
Y siete de cada diez chicas y chicos repartidores rosarinos trabajan en una moto y el 25,10 por ciento en bicicletas.
Uno de los principales problemas que denunciaron es la falta de puntos de recargos de los celulares y los espacios para estacionar las motos.
Estos números y primeros resultados de la encuesta a la pibada dedicada a la cadetería rosarina dibujan una manera de vivir donde la existencia vale menos que un pedido que debe ser entregado.
Lejos de las leyes laborales, las obras sociales, los aportes patronales, las vacaciones y los aguinaldos y los recibos de sueldos, estas muchachas y estos muchachos expresan en sus cuerpos, sus peligros cotidianos y sus recorridos cambiantes, la naturalización de la precarización laboral.
Cargados de cajas ajenas, cadetes y repartidores también representan el lugar que el sistema les asigna a la mayoría de la población joven en un país que se desvanece como consecuencia de una dependencia cada vez más feroz.
Fuente: Diario “La Capital”, martes 22 de septiembre de 2026.
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