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Por Alfredo Grande
(APe).- Cuando la cigarra decide suicidarse, es que algo podrido sucede en la Argentina. Los cómplices dirán con tono doctoral “no sólo en la Argentina”. Acuerdo. Pero eso es lo grave. No quedan ya refugios frente a las desgracias. Esta es la época donde desmantelaron los refugios. Institucionales, vinculares, laborales, familiares.
Siempre fue necesario refugiarse frente a los diversos desamparos que fabrican con prisa y sin pausa las distintas modalidades de la cultura represora.
La subjetividad era un refugio. Se podía encarcelar, torturar, doblegar a un preso. Pero podía refugiarse en su pensamiento, en sus ideas más profundas, en sus convicciones. Gramsci, pero no solamente. Hoy la subjetividad no es refugio para el sujeto. Algunos llaman a esto incertidumbre. Yo creo que es la absoluta certidumbre de que todo futuro será peor. Y por lo tanto es consuelo suponer que todo pasado fue mejor.

Nos hemos suicidado por el culto a la corrección política. Lo revolucionario espanta. Lo incorrecto también espanta. Todo espanta. Y en la orgía del espanto los falsos profetas tienen su lugar en el mundo. Un mundo de espantados. Con temor a Dios. Con temor a Freud. Con temor a Marx. Con temor a todo menos al capitalismo, El suicidio es el extremo límite del espanto. Espanto ante la vida.
El suicidio es otro viaje de ida. No sabemos a dónde, pero sí sabemos que no tiene retorno. No solamente en el suicidado/a sino en todo su grupo familiar. El/la suicidado/a es una cigarra que ya no cantará más. Cantando al Sol como la cigarra /después de año bajo la tierra/ igual que un sobreviviente /que vuelve de la guerra.
Nosotros no volvimos de la guerra. Recién estamos yendo. El alucinatorio político social nos hizo creer y sentir que democracia era la paz. Ni siquiera fue una tregua. Fue la continuación de la dictadura por otros medios. No me preocupa que no hayamos podido preverlo. Pero sí me preocupa los muchos y muchas que todavía intentan negarlo.
No estamos en democracia, sino en las primeras etapas de la dictadura del capital financiero. Cuando esa percepción se une a la absoluta impotencia, el suicidio ya no es un mal. Sino el único bien que queda. Robarle el cuerpo y la mente al sistema represor.
Un acto de resistencia, para el que lo quiera entender.

Hoy está de moda la resiliencia, que nació como un concepto de cierta utilidad, y que rápidamente fue capturado por la cultura represora. Para mí la resistencia es la ruta principal y la resiliencia apenas una colectora. Resistencia siempre colectiva, resistencia siempre al represor, nunca al deseo. En el suicidio, la resistencia al represor deviene una verdadera misión imposible. Y lo que resistencia no da, resiliencia no presta.
Ya lo he dicho que el suicidio es un trágico analizador. Pero un analizador necesario de las formas de no vivir (no sobrevivir) en el marco de la cultura represora. El suicida a su propio entierro va quizá para seguir cantando. Aunque no lo escuchemos. Quizá ayude a soportar tanto dolor que “a la hora del naufragio y de la oscuridad alguien te rescatará para ir cantando”
Para que el suicidio de la cigarra sea un canto de guerra, será necesario pensar que nadie se salva solo, y que nadie se suicida solo.
Foto de apertura: intervención de cigarras en “El espanto”, de María del Roxo, inspirada en Guayasamín.
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