Los crímenes de la Vaca Muerta

No son muertes accidentales. Ni las de los trabajadores petroleros ni las ocurridas en las rutas que conducen a Vaca Muerta. Jonathan Meliqueo y Cristian Latorre fueron –como tantos de sus compañeros en los últimos años- víctimas de un crimen laboral. Hay un sistema de producción fatal que incluye contaminación, uso excesivo de agua dulce y arena y enriquecimiento empresarial mientras es una quimera irrealizable para las mayorías.
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Por Claudia Rafael

(APe).- Un título puede resultar una falacia absoluta. Cuando se anunció, por estos días, que dos trabajadores petroleros murieron en Vaca Muerta parece una mera estadística. Jonathan Meliqueo, 35 años y Cristian Ariel Latorre, de 41, no lo eran. Recorrieron como cada día la distancia entre Cutral Co y Añelo sin imaginar siquiera que una falla en una línea de gas les depararía la muerte. Los títulos mencionan un accidente laboral que, sin embargo, se eleva a la categoría de crimen cuando los casos reiterados y la sumatoria de muertes que también aporta la ruta provincial 7 reflejan un sistema de producción fatal.

Cuando en julio de 13 años atrás, YPF y Chevron firmaron el acuerdo de explotación de petróleo y gas de Vaca Muerta, Añelo vivía una plácida vida rural donde las estaciones marcaban la veranada y la invernada de chivos y había chacras en las que reinaba el verde. Apenas unos 2400 habitantes marcaban el ritmo aldeano.

Desde entonces hasta el reciente pedido del intendente Fernando Banderet –alineado con el gobernador- de que “no vengan con sus familias” quienes estén mirando a Añelo como la meca, en tiempos de angustia y desocupación, muestra una fotografía de que las perlas petroleras hacen agua.

Residuos peligrosos a cielo abierto.

En los últimos años hubo ríos de sangre obrera que regaron yacimientos y asfalto. El capataz Lidio Sánchez, de 71 años, fue atropellado por una retroexcavadora en Vaca Muerta Sur, cerca de Allen en julio de 2025. Miguel Ángel Fernández, de 40 años, murió en Vaca Muerta casi dos años atrás cuando trabajaba en Bajada del Palo Oeste y le cayó encima un caño de enormes dimensiones. Apenas un mes antes, murió Damián Lobos en San Patricio del Chañar y en febrero de 2024 José Ignacio Quiles, de 45 años, fue aplastado contra un contenedor por un camión de la contratista TSB. También en ese febrero -cuando explotó un tanque que soldaban- murieron Pedro Hugo Larravide y Eloy Alberto James. En mayo de 2019 fallecieron Cristian Baeza, de 34 años, y Maximiliano Zappia, de 24 cuando cayeron a una pileta de purga.

La lista es larga y se engorda con los mal llamados accidentes viales producto de un colapso de las rutas cada vez más deterioradas y sin esperanza alguna de inversión. Cada mes llegan 4500 camiones a Vaca Muerta que transportan arena. La página especializada Planeta Camión refleja que “la demanda de arena para fracking podría pasar de los 5,5 millones de toneladas consumidas durante 2025 a unos 7 millones en 2026 y cerca de 8 millones en 2027. Esto representaría un crecimiento aproximado del 45% en apenas dos años”. ¿Por qué? Simple: el proceso de fractura de la roca en donde gas o petróleo están contenidos demanda por cada pozo de 30 a 45 millones de litros de agua para separar las láminas de corteza y 15.000 toneladas de arena por cada pozo para que la fractura no se cierre.

Se necesitan 15.000 toneladas de arena por cada pozo en el proceso de fractura.

Todo eso viajando por una ruta que inexorablemente se convertirá en un solo pozo mortal.

Esas muertes ruteras no son otra cosa que homicidios viales porque son absolutamente evitables y derivan del mismo sistema de producción fatal inserto en el modelo extractivista que rodea al boom de Vaca Muerta.

Las declaraciones de Fernando Banderet rogando que se frene la migración a Añelo ofrecen una radiografía clara: “en 2024 y principios de 2025 recibieron ´familias enteras´, sobre todo del norte del país, en especial de Salta y Tucumán. Más de 1400 personas en 2024 y 1700 en 2025 se instalaron en esa zona. Llevamos 546 personas en lo que va del 2026”.

Escuelas, centros de salud, viviendas, servicios. Nada basta para contener la explosión poblacional. Si ya la vida cotidiana es mucho más costosa en la región, departamentos de dos habitaciones rozan los 2000 dólares.

En un país en el que cerraron 30.600 empresas y se perdieron 411.600 puestos de trabajo desde diciembre de 2023 Vaca Muerta aparece para muchos como una palabra mágica. Que, sin embargo, para la mayoría no deja de ser una quimera irrealizable. Llegan a una provincia y, particularmente a un poblado, en el que los precios son a valor petróleo y la pobreza no perdona. No hay un derrame que llegue a los bolsillos de trabajadores que, a lo sumo, pagan con su vida el peaje que les cobra el modelo. Y, en todo caso, como escribió José Larralde los encuentra doblando el lomo pa' que otro doble los bienes.

Jonathan Meliqueo y Cristian Ariel Latorre.

Los crímenes laborales de Jonathan Meliqueo y Cristian Ariel Latorre un manojo de días atrás no ocuparon las tapas de los diarios ni detuvieron el movimiento de las agujas del tiempo. Porque son, para el sistema de producción, un mero engranaje de lo necesario en esta modernidad artificial que nunca frena. En un tiempo en que el valor de lo humano pierde por goleada frente a los marioneteros empresariales que ven engordar sus cuentas bancarias.

Vaca Muerta es un boom en desmedro de las vidas golpeadas. De los que no cuentan con gas -a metros de Añelo- con agua o con cloacas en sus viviendas. De los que ven con sus ojos y sienten en sus cuerpos cansados la afectación por las fosas a cielo abierto que contienen más de 300.000 metros cúbicos de materiales residuales peligrosos del proceso de fracking. Y que temen, con la certeza de una justicia que sólo muerde a los descalzos –como recordaba Galeano- que el juicio impulsado por la Asociación de Abogados Ambientalistas que se dirime por estos días termine en una simple probation o en una multa que no mueva mínimamente el amperímetro de los bolsillos empresariales.


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