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Por Alfredo Grande
(APe).- Hemos descripto a la cultura de frustración como una de las causas fundantes del suicidio. O sea: la distancia entre lo deseado, lo necesitado, y lo obtenido. La tolerancia a la frustración tiene un límite. Pasado ese límite, que si bien es variado existe siempre, la vida es peor tolerada que la idea de morirse. Podría decir que cuando una persona se siente muerta en vida, la diferencia entre vivir y morir es muy poca. El mal llamado ajuste, la mal llamada microeconomía son la planificación sistemática de la muerte.
Hemos definido a la crueldad como la planificación sistemática del sufrimiento. La crueldad cotidiana, no es solamente la total ausencia de bienestar, sino la planificación del malestar hasta el extremo límite de que vivir sea sinónimo de malestar.
Todo se hace irreversible cuando la cultura represora de la frustración establece mandatos muy contundentes que impiden sentir como correcto todo intento de rebelión, de enfrentamiento con esa misma cultura. Lo políticamente correcto en realidad es una cultura de la absoluta resignación. Una especie del triunfo absoluto del mandato represor “por algo será” que impulsó la dictadura militar-cívico-eclesiástica.
Me parece que ya es hora y minutos de hablar de “democracia cívico- militar- policial” que, parafraseando a Von Clausewitz, esta democracia es la continuación de la dictadura por otros medios. Los otros medios son fundamentalmente, el sufragio. Que es una parte de la democracia. Pero al tomar la parte (sufragio) por el todo (democracia) construimos el fetiche de la Democracia.
Lo que quiero relacionar es la incapacidad de saltar el corralito de lo correcto con la mal llamada epidemia de suicidio. Digo mal llamada porque cuando es más importante la muerte que las condiciones de vida, es parecido a los furibundos anti abortistas pero que nada saben de las condiciones objetivas de vida de los condenados de la tierra, según la inmortal expresión de Fanon. Un predecesor del actual presidente, que era delirante y simpático, (combinación fatal) impuso el día internacional del niño por nacer. O sea: el día del embrión.
Cuando Alberto Morlachetti y el Movimiento Chicos del Pueblo lanzaron la consigna El hambre es un Crimen, abrió una línea de pensamiento. Pues bien, mejor dicho, pues mal. El suicidio también es un crimen. Pero a pesar de las lágrimas de cocodrile el suicidio es más correcto que matar a los multiples culpables de ese suicidio. El suicidio es la más rotunda confirmación de que en esta cultura represora lo correcto es un bien superior que incluso la defensa de la vida. Sabemos que matar en defensa propia no es delito. Obviamente, queda para la discusión política e ideológica qué es eso del exceso en legítima defensa (caso Chocobar). Pero queda claro o al menos constitucionalmente claro que defender la propia vida no es delito.
Sin embargo, el mandato de la corrección hace que sea preferible perder la vida por mano propia que defenderla por mano propia. Perder la vida por mano propia o sea suicidarse es alarmante, pero mucho menos alarmante que si todos decidieran defender la vida propia con nuestras propias manos.
Mientras el horizonte de lo correcto no se modifique, el suicidio seguirá siendo una espantosa solución, pero la única solución posible.
Es necesaria una cultura diferente.
Nuevo unipersonal de Alfredo Grande:
Alfredo, políticamente incorrecto.

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