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Por Silvana Melo
(APe).- El tipo apunta. Mira a los ojos cuando apunta. A la cara de aquel al que está midiendo.
El otro se ríe cuando apunta. Disfruta cuando dispara. Le encanta la adrenalina de salir a la calle a hacerlos correr. A esos que no tienen su sangre ni su piel. Que son otros, aunque después, en la vida pesada y escasa de todos los días, hasta se crucen en la calle, en la dura lucha de todos los días aunque sin el fierro contra el bastón, sin el gas contra la carrocería de los huesos flacos, sin el hidrante contra la consigna en la remera.
En la calle de todos los días al tipo que se ríe capaz que tampoco le alcanza. Pero ese par de horas de poder infame que le pone entre las manos el terror estatal lo sube para el resto del mes al púlpito del desprecio. Tiene resto para humillar a viejos, maestros, estudiantes, trabajadores, al rapi que le lleva la pizza, regarlos a todos con gas, cegarlos, apuntarles y acribillarlos a balazos de goma, para que aprendan. Porque son delincuentes anarquistas, dijo el jefe de gobierno de la Ciudad, un delegado espectacular del fascista que se olvida de que es presidente y se va de gira a ejercer su liderazgo en el circo de la ultraderecha sudamericana. Mientras los periodistas voceros aplauden –literalmente- a la policía de la ciudad, a la federal, a la prefectura, a la gendarmería, a los más de dos mil que el gobierno lanzó a la calle a cazar manifestantes cuyo pecado de origen era repudiar la entrega de la tierra, el desalojo compulsivo y el permiso para incendiar bosques nativos y convertirlos en proyectos inmobiliarios.

Estas eran las verdaderas agresiones. Estas eran las toneladas de piedra asestadas a la soberanía. Estas eran las verdaderas heridas a la identidad popular. Estos eran los golpes mortales a un país que tambalea, a un pueblo que lo ha soportado todo y que sin embargo decide salir una nochecita fría, lluviosa, amenazante, con un tipo que apunta muerto de la risa y otro que apunta y mira a la cara y mira a los ojos antes de disparar. Pero el pueblo decide salir y se la aguanta, porque las toneladas de piedra las ha sufrido en la cabeza durante años. Y un gobierno que maldice y que se tragará sus maldiciones y se envenenará con ellas detesta a su pueblo y a su país y no supuso ni supo qué hacer cuando los adolescentes mononeuronales millonarios y en festejo orgásmico contra la Inglaterra imperial levantaron la ya célebre bandera prohibida. Que ese mismo gobierno que se envenena de maldiciones propias había prohibido.
Y el mundo se empezó a derrumbar.
Y el Congreso, que es una olla confusa de roscas y desechos, se hirvió en su propio caldo.
La calle era un frío despecho de los que ya no creen. De los que salieron a pesar de todo. “Cada gas es una jubilación”, decía a los gritos el jubilado que seguro cobraba la mínima. Y sentía que había una decisión política clara: mejorar la vida de los viejos o castigarlos a palos y enceguecerlos con gases. Más de 2.000 millones de pesos gastó el Ministerio de Seguridad en 43 miércoles de represión durante 2025. Es mucha inversión para azotar a hombres y mujeres de más de 70 años.

En la calle, todos ellos. Mezclados para resistir a una infamia institucionalizada. Que desprecia y agrede y golpea a su gente, a su pueblo, con cada medida pensada milimétricamente. Y que después acusa a ese mismo pueblo de delincuente y terrorista.
Y le manda a los tipos que apuntan. Al que dispara y mira a los ojos. Al que se ríe y disfruta con la adrenalina del sufrimiento del otro.
Y les manda a los periodistas (¿?) que los festejan: "Quiero aplaudir el rol de la policía, de la prefectura nacional y de la gendarmería", como se arrastró Esteban Trebucq.
¿Y quiénes aplauden al pueblo?
El pueblo mismo aplaudirá los rostros y las risas y los ojos de los que apuntan y las decisiones de los que deciden y el poder de los que pueden. Porque parece que nadie acompaña ni aplaude a la gente que hormiguea de a millones todos los días y se aguanta la pedrada cotidiana harta de los de arriba.
Y el día que se harte, harta de tanto hartazgo, todo arderá.
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