Cultura represora y frustración planificada

La cultura represora encontró una aliada tenebrosa en la frustración planificada. Primero y último hay que sufrir. Si protestás, si luchás, balazo en el ojo. O fractura de cráneo. El monopolio de la fuerza por parte del Estado es un triunfo de la cultura represora. Enfrentar ese monopolio es “resistencia a la autoridad”.
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Por Alfredo Grande

(APe).- “Cultura Represora” es un concepto que acuñé hace varios años. Como todo se produce en una trama vincular (personal, política e institucional) quiero mencionar que uno de los primeros que le dio relevancia fue mi amigo Vicente Zito Lema. En aquellos hermosos tiempos de la fundación e inicial desarrollo de la Universidad Madres de Plaza de Mayo. Me debo un análisis profundo de esa epopeya, y cómo dio cuerpo a mi afirmación: “me preocupa cómo la cultura represora surge en las organizaciones que luchan contra la cultura represora”.

La cultura represora, a mi criterio, es un concepto más inclusivo que el de capitalismo.  Si bien el capitalismo mundial integrado (concepto que le debo a Gregorio Baremblitt) es la forma actual de la cultura represora, ésta ha existido mucho antes del capitalismo. La cultura represora se sostiene en 4 pilares: el Mandato, la Amenaza, la Culpa y el Castigo. Y sus distintas combinaciones.

Hoy quiero señalar cómo la cultura represora es también la cultura de la frustración planificada. Hay toda una salmodia, incluso psicoanalítica, respecto a los peligros de la gratificación. A mi entender, porque el psicoanálisis también ha sido capturado por la cultura represora.

El deseo, motor de la subjetividad emancipadora, es efecto directo de la gratificación. Se ha querido instalar la peregrina teoría de que es exactamente lo opuesto.  Que el deseo se genera por la frustración.  “Primero hay que sufrir”, el “valle de lágrimas”, y otras acepciones populares de esta contaminación dan cuenta de esto.

Siempre afirmé que no hay revolución sin deseo de revolución. En estos tiempos oscuros y oscurecidos, el deseo de revolución parece ausente. Digo parece, porque no es la misma visión del mundo si te informás por La Nacion + que por Telesur. Insisto:  no hay territorio libre ni de agrotóxicos ni de cultura represora.  Pero si bien la cultura represora nos atraviesa a todos, no lo hace de la misma manera. No es lo mismo intentar enfrentarla que la decisión de propagarla. Si yerba mala nunca muere, yerba buena siempre nace.

En la cultura NO represora, que existe a pesar de los agoreros, siempre “parirás con amor”. El parir con dolor es producto de la cultura represora.

La cultura represora encontró una aliada tenebrosa en la frustración planificada. No sólo alejada completamente de la gratificación, pone como paradigma su absoluto opuesto. Primero y último hay que sufrir. Si protestás, si luchás, balazo en el ojo. O fractura de cráneo. El monopolio de la fuerza por parte del Estado es un triunfo de la cultura represora. Enfrentar ese monopolio es “resistencia a la autoridad”. Contravención preferida por los esbirros del poderío estatal.

Ahora mal: la frustración planificada es una fábrica con humo de gases lacrimógenos. La frustración planificada fabrica agresión. Y el destino de esa agresión es hacia afuera como rebeldía o hacia adentro como culpa (persecutoria o melancólica).   Cuando el destino es hacia adentro, la culpa destruye al sujeto.  En su extremo límite, esa destrucción es el salvoconducto al suicidio.

O sea: la paradoja está armada. Se deplora el destino, pero se santifica a los que pavimentan ese destino.

La única forma de prevenir el suicidio es el combate contra la cultura represora y la frustración planificada.

Foto de apertura: Kaloian Santos


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