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Por Silvana Melo
(APe).- En una radiografía elocuente de uno de los retazos etarios más afectados por una época impiadosa, investigadores del CBC de la Universidad de Buenos Aires estudiaron a la franja poblacional de entre 18 y 29 años. La conclusión encendió una luz de alarma que no encegueció lo suficiente a quienes tienen en sus manos decisiones que no toman mientras la presidente del Fondo Monetario llega al país y en la práctica toma posesión del gobierno. La mitad de los jóvenes entre 18 y 29 años –quienes casualmente son los grupos de más ideaciones y concreciones suicidas- viven en una vulnerabilidad social que exhibe cabalmente que la educación y el trabajo dejaron de ser los instrumentos históricos de promoción y ascenso social en un país con divisiones dolorosas y tajantes.
Más allá de las fluctuaciones económicas, el destino y el rumbo de los jóvenes de entre 18 y 29 años que no pudieron terminar el secundario, que no acceden a un empleo digno, que no saben ya cuál es el camino para esa búsqueda, no depende de un punto más o menos de inflación ni de una ubicación aleatoria en la pirámide de la pobreza. Hay algo que se rompió en el ordenamiento social de un país que supo construir una clase media con educación pública de peso y trabajo registrado custodiado por sindicatos fuertes.
El derrumbe del bienestar sistémico –que en las últimas décadas sucedió por goteo- es ahora un devenir agónico que expulsa a dos de cada diez jóvenes vulnerables fuera del sistema educativo y del mercado laboral. Entre ellos, uno de cada tres dejó de buscar trabajo. Quienes realizaron la investigación analizan este punto como un síntoma más profundo que la escasez de empleo. Tiene más que ver con el malestar de época, con la caída de la educación y el trabajo de su sitial de garantía y salvaguarda de un futuro digno. De un rumbo que permita la rebeldía ante destinos que parecen inexorables.

En ese sentido, Juan Cruz Esquivel, director de la investigación, analiza que "esta desconexión refleja una ruptura de las expectativas de progreso, donde el mercado laboral ya no es percibido como un espacio de inclusión accesible". Dejar de buscar un trabajo habla de desencanto, de desaliento. De imposibilidad. Porque trabajar ya no garantiza asomar de la pobreza. Ni mejorar la vida mínimamente. Ni acceder a la salud. Entre los jóvenes vulnerables, siete de cada diez trabajan, sin haber salido de la precariedad. El 18,9% tiene un empleo registrado o parcialmente registrado. El 75,9% trabaja en la informalidad y el 5% es monotributista, determina el informe "Jóvenes vulnerables en la Argentina: Condiciones de vida, creencias y expectativas sobre el futuro".
A más de la mitad no le alcanza para llegar a fin de mes; el 78 % no tiene obra social ni prepaga y depende exclusivamente del sistema público de salud. Y aunque la brecha entre la educación y la certeza de mejorar la vida se anancha cada vez más, en el imaginario de los vulnerables sigue apareciendo como un sueño de mejorar la vida. Sin embargo la escuela en sus diversos niveles, va quedando en el camino casi naturalmente. Aun en ese 85,7% que sigue soñando con que le puede cambiar la vida.
Seis de cada diez jóvenes vulnerables no terminaron el secundario. Y apenas una cuarta parte sigue estudiando. La escuela queda atrás cuando las dificultades económicas obligan a irrumpir tempranamente en un escuálido mercado laboral que exige muchas horas para un logro modesto.
En el medio de este malestar de crisis pánica, la salud mental. En un país que va desfinanciando el sistema público hasta el colapso y cerrando las puertas a quienes no tienen acceso al sistema privado, la salud mental aparece como una oscuridad fantasmagórica sin hendijas de luz. Más del 70% de los jóvenes dijo sufrir de nervios o ansiedad con frecuencia. La mitad admitió sentir desgano y cuadros depresivos. Tres de cada diez reconocieron tener problemas para controlar el alcohol, el tabaco o el consumo de sustancias. En la mayoría de los casos, si tuvieron la decisión de asumir un tratamiento, no pudieron afrontarlo económicamente. La vulnerabilidad está presente en todos los aspectos de la vida de un sector de jóvenes que hoy no está en condiciones de pensar un futuro y cuyo sentimiento preponderante es la frustración y el desencanto.

Casi el 40% votó por Javier Milei en 2023. El 25% lo hizo por Sergio Massa. Otro 25% directamente no fue a votar.
Acaso el desencanto y la frustración también tienen una historia política extensa y que se profundiza cada vez más.
Esta época de derrumbe del bienestar los encuentra en un país injusto. Cada vez más pobre y más achatado en una pirámide social deprimida de la mitad para abajo: el 76 % de la población cobra entre 1.900.000 y 710.000 pesos[1].
El 76 % son las clases baja inferior, baja superior y media baja.
Ni el trabajo ni la escuela han podido avanzar sobre esta caída.
Es imprescindible reconstruir el país, un país.
Para que levantar la base de la pirámide en busca de un horizonte de felicidad no actúe como la piedra de Sísifo.
[1] Estudio de Moiguer denominado “Clase Alta Argentina: Los 7 insights capitales”
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