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Por Silvana Melo
(APe).- Se puede ganar y se puede perder. De esto último sabemos mucho por acá. Por eso tal vez duele tanto. Y porque es obvio que es el fin de una era. Donde un millonario planetario que no adquirió el acento de los lugares donde vivió desde los doce años siguió representando a un país que casi no conoció. Que nunca se jugó y por lo tanto no generó grietas. Pero que con apenas un gesto imperceptible dejó descolocado al gobierno más siniestro desde el regreso de esta triste democracia.
La caterva gobernante moría de placer porque tenía un mundial para generar su particular orgasmo político. Y sentar las bases para su eternización 2027. Y lo tenía al ídolo inmaculado, que sólo había tambaleado en la consideración popular durante la foto dramática con Donald Trump mientras el tirano ridículo bombardeaba una escuela iraní y asesinaba más de 160 niñas de menos de siete años.
Pero el mundial venía exquisito. Sin embargo no pudo tapar la corrupción berreta de Adorni.
El equipo puso en cancha el mejor fútbol para dejar afuera a la Inglaterra colonizadora y usurpadora. Y el gobierno torpe, incompetente, que en los mejores momentos sólo atinó a mentir que el kircherismo despreciaba a la selección, se plegó a la prohibición FIFA-EEUU de la no entrada a las canchas de banderas provocadoras y políticas. Y la ministra Monteoliva, en la cúspide de esa torpeza, dijo que en la prohibición, obviamente, entraba el mapita de Malvinas. La sumisión al palo.
Todo eso cayó sobre las cabezas de los súbditos cuando los jugadores atajaron la sábana pintada a mano y la extendieron en una foto que recorrió el mundo. Que postergó -por lo menos y por vergüenza- la aprobación de la entrega de la tierra en formato de ley en el Senado. Y que echó por tierra el castillo de barro que quisieron construir. Adolescentes termos mononeuronales, dijo el presidente. No se sabía si hablaba de los jugadores o de su vicepresidenta, que había disparado un tuit patriotero y nacionalista. Pero que no es exactamente una adolescente.
Messi dijo que el triunfo ante Inglaterra era para la gente que la estaba pasando mal y no llegaba a fin de mes.
A la caterva gobernante le molestó.

Es que habían soñado que la selección ganara nuevamente el mundial, que otros cinco millones de personas coparan las calles (aunque Jorge Macri no sabría cómo hacer para reprimirlos) y que luego Messi y el resto salieran al balcón de la Rosada para que esa foto estuviera inscripta en una campaña inexorable hasta 2027.
No sucedió.
El llanto de Messi y el de Scaloni conmovieron a todo el mundo. Un día antes, los senadores se aumentaron el sueldo a doce millones de pesos, en medio del ruido por la final. Del mundo y de una era. El 70 % de los argentinos trabajadores cobra salarios de menos de un millón. Horas antes el presidente provisional del Senado, Bartolomé Abdala -segundo en la sucesión presidencial- no podía soportar ver el partido en la Argentina, como el 99 por ciento de sus compatriotas. Entonces se fue a los Estados Unidos donde las entradas ya cotizaban a más de 30 mil dólares en la reventa. Además de desobedecer la orden de los Hermanos Gobernantes -como el viceministro de Justicia Santiago Viola-, un temporal lo dejó varado en Fort Lauderdale. Por más que gritó, se enojó, pidió un vuelo privado y no había, tuvo que soportar viajar con el resto horas después y llegar apenas al partido.
El resto de los argentinos lo vio donde podía. Otros lo escucharon por la radio. Todos lloraron.
Los que podían vieron a Trump que se tomó un recreo en sus bombardeos a Irán y fue a entregar medallas y copa, en un escenario que no conocía ni lo incluía.
Cuti Romero y Licha Martínez representaron a millones de anónimos que apretaban la náusea eterna que históricamente sostiene el imperio en las gargantas: pasaron por Trump y lo ignoraron. Como a una piedra.
Hoy no habrá festejo. Mañana no habrá asueto. Ni casa rosada. No viene Messi. Ni el resto.
La Hermandad estará demudada en Olivos pensando cómo seguir.
Porque hay gente que la pasa muy mal. Que no llega a fin de mes. Lo dijo el ídolo intocado.
Y ahora, sin mundial, sin vidriera que oculte el dolor, todo empezará a estar en carne viva. En la calle.
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