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Por Silvana Melo y Claudia Rafael
(APe).- Terminar con la vida cuando recién amanece parece ser un síndrome de la orfandad de los tiempos. Cuando la soledad, la desprotección ante los monstruos del mundo cercano, la individualidad epocal, la crueldad institucionalizada y mil causas más en los alrededores íntimos provocan esa necesidad de arrancarse una vida que recién asoma. Que se debate en terribles contradicciones, en una paráfrasis de la letra de Wos qué rabia me da la vida, voy a arrancármela / qué rabia me da la vida, voy a quedármela. En ese remolino de dolor, cada día un chico de entre 10 y 19 años se quita la vida en la Argentina. Y convierte al suicidio adolescente en la segunda causa de muerte en chicos de esas edades.
Cuando la frialdad del Sistema Nacional de Información Criminal (SNIC) lanzó en junio las cifras de muertes violentas -con la jactancia ministerial de la baja de la criminalidad de un año a otro- ningún organismo oficial se escandalizó por lo que desnudaba una de las columnas del informe: un 22,6 por ciento de aumento de los suicidios apenas en un año y un 79,80% de escalofriante crecimiento en una década. Dentro de esos números, los niños, los adolescentes y los jóvenes como oscuros protagonistas no desagregados en un total dramático.
La Sociedad Argentina de Pediatría determinó que el suicidio representa alrededor del 33% de las muertes por causas externas en adolescentes de 15 a 19 años. El dato del Ministerio de Salud, ese filo que lastima, dice que un adolescente se suicida por día en el país y que el suicidio es la segunda causa de muerte de chicas y chicos entre 10 y 19 años. A lo que la Organización Mundial de la Salud agrega el detalle escondido: por cada vida que se apaga por una supuesta decisión propia, hay entre diez y 20 intentos. Un mar de angustias no captadas por radares institucionales y humanos de calidad dudosa.
El gobierno nacional adelgazó el presupuesto para los hospitales nacionales de salud mental un 44%.
Un informe del Hospital Garrahan de 2022 se detiene en conductas potencialmente lesivas, autoinfligidas y sin resultado fatal que muestran una evidencia de intencionalidad de provocarse la muerte. La ideación suicida, en tanto, contempla cualquier pensamiento sobre poner fin a la vida propia. En el mismo año, la Sociedad Argentina de Pediatría detectó que hay más suicidios entre los adolescentes de entre 15 y 19 años que entre los chicos de 10 a 14. Los varones tienen mayor tasa de efectividad o letalidad, pero los intentos de suicidio implican a 1 varón cada 4 mujeres.

El Garrahan diferencia las conductas autolesivas que no siempre están acompañadas por ideación suicida: sólo en el 17 por ciento de los casos, fundamentalmente entre los 15 y 16 años. El resto, suele autolesionarse para aliviar la angustia, para regular la tensión emocional cuando se hace insoportable. Pero no en la búsqueda de morir. Este padecimiento es uno de los que quedan cubiertos con el velo de la sobrevida y de la crisis presente de la salud mental.
El programa presupuestario específico para implementar la ley “Apoyo y Promoción de la Salud Mental”, cuenta en 2026 con 48 millones de pesos. Es decir, una reducción del 91,5% respecto de los recursos del 2025. Aunque hasta septiembre del año pasado apenas se había ejecutado poco más del 30% de la partida disponible. Que habrá sido destinada quién sabe a qué otros rumbos que no fueron el dolor de los adolescentes que se lastiman o mueren.
La vidriera de la intimidad
El deterioro abrumador de las condiciones de vida tiene habitualmente una correspondencia directa en la salud mental. Las presiones sociales, a su vez, van moldeando las decisiones y los rumbos de pibas y pibes que transitan la adolescencia. Que, cuando atraviesan angustias, zozobra existencial y se difumina el deseo como meta vital la posibilidad cierta de acceder a un apoyo terapéutico choca de bruces con la realidad. Los espacios estatales están estallados, las terapias individuales deben reducirse a consultas de media hora y mucho más espaciadas en el tiempo de lo necesitado. Y las consultas pagas exceden los bolsillos de una población empobrecida. La desigualdad social no se observa únicamente en relación a la alimentación, la vivienda o la vestimenta. También, en el tipo de terapia psicológica o psiquiátrica que se obtiene.

A la hora de buscar las causas para el incremento en la tasa de suicidio adolescente aparece una multicausalidad emparentada directamente con los tiempos sociales. Y bucear en esa multicausalidad nos zambulle de lleno en una radiografía del tipo de sociedad que se ha ido construyendo a lo largo de las últimas décadas.
Entre las historias de pibes en esas franjas etarias el abanico ofrece una heterogeneidad íntimamente ligada a la época. Historias de sextorsión (el acoso por imágenes o videos íntimos ya tiene incluso una palabra que lo define), de deudas por apuestas o por préstamos dentro de las aplicaciones, de presiones sociales ligadas a la propia aceptación o a la necesidad de pertenencia, de vínculos afectivos tóxicos, de la dificultad para establecer relaciones de escucha y confianza con los pares o de intensa soledad.
Hace apenas unos días colegios considerados de elite académica como el Nacional Buenos Aires o el Carlos Pellegrini saltaron al debate mediático cuando un grupo de alumnas y sus padres denunciaron que estudiantes de segundo año crearon un grupo de whatsapp en el que compartían carpetas con deepfakes[1] de contenidos íntimos. Ante el escándalo que se generó apareció en bancos de los salones un mensaje: “Ustedes nos pueden delatar, pero no vamos a parar de desnudarlas y venderlas”.
Alrededor de un año antes, Ema, una adolescente de 14 años de Longchamps, en el sur del Gran Buenos Aires, puso fin a su vida 24 horas después de que se viralizara entre sus compañeras y compañeros de escuela un video sexual con un chico de su clase. Su mamá, Laura, logró que se aprobara una guía para las escuelas que lleva el nombre de su hija.

Nazareno hubiera tenido la misma edad de Ema cuando ella decidió salirse de la vida. Pero no llegó a cumplir los 14. Porque un año antes, un miércoles de frío otoñal, en Pellegrini –un pueblo bonaerense lindante con La Pampa- víctima también de la viralización de un video íntimo acabó con sus días. Sus padres lo supieron durante el velatorio: un chico lo contactó por redes sociales y haciéndose pasar por una chica le pidió que le enviara un video y le dedicara alguna frase. Una vez más: la vergüenza, la angustia por la exposición ante sus pares, la dificultad de ponerle palabras a esa aflicción o de pedir ayuda lo rompieron por dentro.
Esas dos historias están atadas a bromas adolescentes de quienes no dimensionan las consecuencias de sus actos que condujeron a la muerte. Pero también aparecen, ya con otras características, historias como la de Rodrigo, un soldado voluntario de 21 años que fue víctima de sextorsión. Detrás operaba una banda delictiva que le hizo creer que una chica con la que se vinculaba a través de una aplicación de citas era menor de edad y que ya estaba radicada la denuncia penal en su contra. A cambio le pedían sumas importantes de dinero.
Juegos peligrosos
La multicausalidad ofrece diversas aristas. Y las apuestas, en el universo adolescente, operan también como la plataforma ideal para la zozobra emocional. Con un aditamento extra exacerbado a límites impensados en tiempos mundialistas. Entre los promotores de plataformas de apuestas hay tres grandes estrellas del fútbol. Por decisión propia, enriquecen sus bolsillos con la promoción de dos firmas de juego online Emiliano Dibu Martínez y Cristiano Ronaldo. Y, por decisión de sus herederos, otra gran firma utiliza la imagen y la voz de Diego Armando Maradona, generadas por IA, en el mismo sentido. A pesar de que se trata de un juego que demasiadas veces concluye en la ludopatía. Dios capital suele estar por encima de la salud.

Las estadísticas son demoledoras: entre los adolescentes “el 80% está expuesto a apuestas online, principalmente desde el celular, lo que dificulta el control adulto”, escribe Alejandro Rebossio en Diarioar. En un informe en el que analiza los diferentes negocios asociados al Mundial y a sus eternos beneficiarios revela que 6 de cada 10 chicos terminan apostando en las plataformas ilegales porque las legales están bloqueadas a menores. Que el 37 % de quienes apuestan lo hacen casi a diario. Que entre los que apuestan, hay siete de cada diez que sufren cuadros de ansiedad y malestar. Que se alteran los ciclos de sueño y baja notoriamente el rendimiento escolar.
Es un mundo en el que rigen reglas muy particulares. Por empezar no se apuesta con dinero contante y sonante sino que se trata de simples números que aparecen en la pantalla del celular y hay un sistema de promociones especiales para los apostadores noveles.
Como Ema y Nazareno a partir del acoso con videos íntimos, Ignacio se quitó la vida a los 22. Había comenzado a apostar a los 17 años y no le demandó demasiado tiempo para quedar entrampado en una adicción que lo llevó a hacer jugadas hasta por 140.000 dólares.
Franco es el nombre ficticio que utilizó Clarín en la entrevista a su mamá. Con 14 años intentó suicidarse cuando ya, víctima de ludopatía, había vendido gran parte de sus pertenencias y de los dólares que guardaba su mamá para seguir apostando. Y como se movía, como tantos pibes y pibas, como un pez en el agua en el universo digital, adquirió un medicamento opioide a través de Telegram. Todavía continúa en tratamiento de recuperación.
Las deudas no son sólo privativas del mundo de las apuestas. Los cada vez más crecientes trabajadores de plataformas terminan endeudándose con las mismas empresas para las que trabajan en un circuito cruel que les permita seguir trabajando. Es decir, para reparar o comprar una bicicleta o una moto, por ejemplo. El promedio de las deudas, según se publicó en una circular del Banco Central, ronda los 900.000 pesos per capita. Y tienen tasas de interés del 700 % anual. El 70 % de quienes se endeudan con las apps tienen menos de 40 años.
En definitiva, es imposible soslayar el vínculo entre condiciones de vida y de trabajo y salud mental. La desesperación por las deudas y las presiones derivan muchas veces en tragedia.
Cifras que se desangran

El 76% de los intentos de suicidio con resultado mortal corresponde al sexo masculino. Los mayores riesgos caen sobre el grupo de 25 a 29 años, seguido por el de 20 a 24. Los números son del Boletín Epidemiológico nacional.
El dato tristemente particular: sólo en el grupo de 10 a 14 las tasas de letalidad son mayores en las mujeres que en los varones. Se trata de niñas pequeñas, de una realidad estremecedora. En el grupo de 25 a 29 años, la tasa es cinco veces mayor en los varones que en las mujeres.
Entre abril de 2023 y octubre de 2025 se notificaron 22.249 intentos de suicidio al Sistema Nacional de Vigilancia de la Salud. Un 5% con resultado mortal. Aunque el 61% fueron protagonizados por mujeres, la letalidad fue cinco veces mayor en los varones. Las tasas más altas se concentraron en adolescentes y jóvenes de 15 a 24 años, con una marcada sobrerrepresentación femenina entre los 15 y 19 años.
Mientras tanto, la inversión en salud mental se aleja tristemente de los estándares legales y humanos. En 2024 representó el 1,82% del gasto en salud. En 2025, un 1,68 % y en 2026, un 1,42%. Cifras que se desangran muy por debajo del 10% que establece la Ley Nacional de Salud Mental 26.657.
[1] Se trata de imágenes, vídeos o audios manipulados con IA (Inteligencia artificial) para que parezcan reales.
Para leer la primera parte de este informe:
El peso de la vida: en diez años se duplicaron los suicidios
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