Cuando el Capital mancha la Pelota

Hoy el fútbol es el negocio “legal” más redituable del universo. El incuestionable entrelazamiento con el orden social vigente termina haciendo trizas el principio maradoniano que prescribe que “la pelota no se mancha”. El ex juez Pedro Pianta analiza el mundial en el que hoy Argentina jugará un partido medular y plantea que se trata de la expresión suprema de esa colosal fuente de ganancias del capital.
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Por Pedro Pianta                       

(APe).- Estas líneas están siendo escritas antes de la disputa del partido del seleccionado argentino de fútbol contra el del país Imperialista usurpador de nuestras Islas Malvinas, Georgias del Sur, y Sandwich del Sur.

No escribo sin conocer de lo que opino.

Desde la niñez estoy vinculado al fútbol, no sólo por practicarlo y por concurrir a las canchas como hincha. También tengo la responsabilidad y el honor de ser socio vitalicio del Club de Gimnasia y Esgrima La Plata, decano del fútbol de América.

Primariamente resalto que estoy convencido de que la alegría del Pueblo Trabajador siempre debe celebrarse.

Eso no quita que, en mi opinión, la debida consideración que esa clase merece, impone la obligación de intentar impulsar en su seno elementales reflexiones sobre los verdaderos alcances, y de los intereses que se esconden detrás de los aleatorios resultados deportivos.

En el fondo, este es un imperfecto intento.

Coincido con la frase que afirma que, si alguien dice que el fútbol no tiene nada que ver con la vida es porque no sabe nada de fútbol.

Para intentar demostrar su acierto de la misma no reviste ninguna importancia si la Argentina ganará el partido de hoy y si, en definitiva, obtendrá o no el título mundial nuevamente.

Porque en el estado actual de su desarrollo profesional el fútbol es, quizás, el negocio “legal” más redituable del universo: la competencia mundial, naturalmente, es la expresión suprema de esa colosal fuente de ganancias del Capital.

Allí radica esencialmente la vinculación aludida.

Por esa razón las reglas del mercado imponen que, deliberadamente, durante la competencia mundial se genere un “estado de cosas” ficticio que propicie el negocio a nivel global.

De ese modo, el incuestionable entrelazamiento del Fútbol con el orden social vigente (con la Vida) termina haciendo trizas el principio maradoniano que prescribe que “la pelota no se mancha”.

Para mostrar la fantasía de un mundo que no existe, se montan fastuosos escenarios que contrastan brutalmente con la pavorosa miseria social que, sobre la base de una desigualdad aterradora, se expande por todo el universo.

Ciertamente siempre fue así.

Sin embargo, eso no implica que, en esta competencia mundialista, frente a los 1.100 millones de personas que padecen una situación de pobreza multidimensional [1] esas ostentaciones no sean humanamente inaceptables.

Las relaciones sociales que generan esta catástrofe ocultan que la riqueza del mundo es producida por la clase social avasallada. No por el capital.

En ese esquema, la competencia mundial en desarrollo se muestra como meramente deportiva.

Sin embargo, no lo es.

La desenfrenada publicidad vinculada con la obtención de ganancias mediante mecanismos aleatorios, o dependientes del azar, lo demuestran con absoluta evidencia.

Las enormes contradicciones del sistema social imperante muestran su definitivo agotamiento y ocaso.

Así, es absolutamente esperable que se distorsionen conceptos básicos que sirvieron de estructura a los modelos de Estado Nación que luego de la revolución industrial empiezan a consolidarse con la revolución burguesa de 1789.

El papel histórico del Estado como resultado de un irreconciliable antagonismo de clase, que sirve de herramienta para la dominación de la clase oprimida, ha llegado a un punto de degradación tal que, como respecto de otras cuestiones, naturalizan las burdas exteriorizaciones de distorsionada “nacionalidad” que vemos a diario.

Creo que la postura de muchos aficionados da cuenta de ello, pero no me detendré en esa cuestión.

Aquí solo diré que eso explica que se les otorgue a los futbolistas condiciones que naturalmente no tienen.

Los jugadores de la selección nacional de fútbol no son héroes.

Son, sin duda, los protagonistas fundamentales del deporte que, como a millones en todo el mundo, a mí también me apasiona.

Es cierto que, como ocurre en la vida misma, hasta el momento no todos cumplen su rol de actores principales con la dignidad que otros, en iguales circunstancias, han exteriorizado.

Naturalmente me refiero a Diego Armando Maradona.

Él no era el Dios con el que se lo emparentaba haciéndole un tremendo daño.

Considero que esa condición “divina” (que se le adjudicó prácticamente toda su vida) fue el obstáculo insalvable que seguramente no le impidió desarrollar conductas reprochables.

No obstante Diego nunca fue funcional al poder…  

A la luz de lo que hoy ocurre, esa digna postura, se enfrenta abiertamente con la penosa posición que adoptó Rodrigo De Paul.

Se trata de un jugador que, como casi todos, proviene de una familia de clase trabajadora, y que como tal se crio en un barrio esencialmente obrero como es Sarandí.

Según UNICEF, durante el segundo semestre de 2025 más de 5 millones de niñas, niños y adolescentes pertenecían a hogares pobres y, en ese catastrófico marco, más de 1 millón se hallaba debajo de la línea de indigencia.

Casi como una advertencia, el 1 ° de abril de 2026, De Paul declaró a Infobae:“…que quede claro que nosotros somos jugadores de fútbol, y venimos a jugar al fútbol, nosotros no hacemos política…”.

De Paul pertenece a la clase social que integran los millones de niños pobres referidos.

Él fue uno de esos niños y, sin duda alguna, la mayoría de sus pares en la niñez, hoy forman parte del millonario universo de Población Sobrante.

Hoy De Paul es un excelente jugador de fútbol. Por eso es merecidamente un profesional de elite.

Eso no implica que haya tenido que perder conexión con su clase y que, por ende, deba actuar con un criterio social de elite.

Como dije, la historia le demuestra a De Paul que, sin perder la conciencia de clase se puede ser el mejor Jugador de fútbol de la historia…

En la escuela debería enseñarse qué significa ser desclasado, tomando como paradigma de esa vergonzante y claudicante condición, a Rodrigo De Paul.

No me extenderé respecto de Lionel Messi.

La equivalencia futbolística que exhibe con Maradona, ni ínfimamente se sostiene respecto de su postura frente al poder.

Maradona fue un absolutamente extraordinario jugador de fútbol, fiel al carácter popular del deporte que le dio trascendencia universal. Por eso se hizo cargo de sus errores para “no manchar a la pelota”.

Ocurre que, como el Fútbol se vincula con la Vida, en la actualidad el lugar de Maradona lo ocupa Messi.

Messi hoy definitivamente es un representante del Gran Capital que, además, es un absolutamente extraordinario jugador de fútbol.

Lamentablemente, hasta el presente y como la excepción de toda regla, un compañero de De Paul y de Messi ha demostrado que, ser un millonario deportista consagrado, no genera la pérdida de la conciencia de clase.

Además de expresarse en defensa de los Derechos Humanos, en marzo de 2025 Lisandro Martínez repudió la cobarde y salvaje represión de la que suelen ser víctimas los jubilados.

Luego, en decidido antagonismo con el burdo sentimiento de “nacionalidad” de muchos aficionados sobre los que no me explayé, y de su compañero De Paul, Lisandro Martínez explicó que efectuó ese repudio “como argentino”.

En definitiva, deseo que durante el partido que se avecina absolutamente todos los integrantes del plantel de la selección nacional se inspiren en el conmovedor ejemplo de defensa de la identidad y las raíces que hace 40 años brindó Diego Maradona.

Más allá de todo, eso

JUSTO SERÁ.


[1] Año 2024. Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y Oxford Poverty and Human Development Initiative (OPHI)


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