El dilema de trabajar o estudiar

Para las y los adolescentes misioneros no hay un dilema entre trabajar o estudiar, el único dilema verdadero que este sistema le ofrece es sobrevivir o morir y en ese dilema no entran las letras ni los números de los pizarrones desvencijados de estas democracias. Es imprescindible una lectura crítica de la realidad porque el remedio no provendrá del virus que la provoca.
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Por Laura Taffetani

(APe).- “¿Cosechar o estudiar? El dilema de los adolescentes de las zonas rurales”: así titula un artículo periodístico el diario La Nación el domingo pasado.

La nota, con un extenso desarrollo y testimonios, nos comparte la realidad de los hijos y las hijas de las familias trabajadoras del tabaco y yerba mate de algunas localidades rurales de la Provincia de Misiones.

“La distancia, el trabajo rural, los problemas de salud y la falta de establecimientos cercanos son algunos de los motivos que llevan a los niños y adolescentes de las zonas rurales de Misiones a faltar a la escuela, a ir por temporadas o, incluso, a abandonarla”.

También se menciona en el artículo el contexto del lugar donde esto sucede, la provincia de Misiones, al que señala con un índice sumamente alto de “pobreza extrema multidimensional” según las estadísticas que maneja el Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA.

Hay que asumir que, en estas últimas décadas, hemos observado que puede haber algo mucho peor que la invisibilización de la miseria y eso es, sin lugar a dudas, su naturalización.

Nombrada así, la pobreza, como un párrafo más de la nota, convierte a la pobreza extrema en una especie de escenografía del texto a la que llaman contexto, pero que no cumple la función real de analizar dónde se inserta el problema que se analiza. La nombran como un elemento más, una carga que forma parte del vestuario de los empobrecidos sobre sus espaldas. Así debe ser el destino. No hay escándalo, no hay vergüenza, no hay indignación, solo resignación.

Cinco décadas atrás

En el amanecer de los ’70, en tierras misioneras, la lucha campesina parió un movimiento que dejó una huella histórica imposible de borrar, un movimiento que organizó a los pequeños productores yerbateros, tabacaleros y tealeros en un solo colectivo de lucha por la dignidad: el Movimiento Agrario de Misiones (MAM).

El MAM era parte de las Ligas Agrarias del Nordeste y logró llevar adelante demandas concretas en torno del precio de la producción, las condiciones de vida de la familia campesina y la autonomía frente a los sectores concentrados. No eran tiempos precisamente de resignación sino justamente de lo contrario, de la justicia que se conquista con lucha.

Por supuesto que la dictadura militar del 76, como sucedió en cada rincón del país, también puso fin a ese proceso y llevó adelante una cacería implacable contra dirigentes y militantes rurales que formaban parte del MAM.

Dirigentes campesinos como Pedro Peczak fueron secuestrados y desaparecidos. También docentes comprometidas con la organización rural, como la maestra Susana Ferreira, y militantes que habían hecho de la educación y la comunicación herramientas de base, entre ellas la periodista Estela Urdániz, pieza clave en la edición de Amanecer Agrario, el periódico que circulaba entre las colonias como vehículo de formación, denuncia y organización.

Cinco décadas después

Cuando traemos la historia, el presente se vuelve revelador. Porque está claro que el dilema que plantea la periodista en la nota -acerca de si trabajar o estudiar- no queda a la medida de un proyecto liberador de un pueblo.

Porque el problema de “la pobreza extrema multidimensional” como ahora la llaman, no es un dato más, ni una circunstancia fortuita al nacer, sino el efecto aterrador de un sistema de explotación que oprime el alma de los pueblos más humildes.

Para los gobiernos “democráticos” que vinieron luego de la dictadura, frente a la tierra arrasada que dejó, tuvieron el campo fértil para consolidar la concentración de la riqueza y la profundización de la expoliación de las tierras misioneras.

Nacimiento del Movimiento Agrario Misionero (MAM)

El gobierno actual no sólo continúa, sino que además ha dado marcha a las pocas conquistas conseguidas en democracia, obligando a los campesinos y a las campesinas al desarraigo y a la necesidad de emigrar al país vecino brasileño para buscar changas con las que afrontar una mínima subsistencia.  

El 20 de diciembre del 2023 el Decreto de Necesidad y Urgencia 70 derogó artículos de la ley 25.564 que establecía la potestad del Instituto Nacional de la Yerba Mate (INYM), para  la realización de acuerdos semestrales entre los distintos sectores para la fijación del precio de la materia prima, es decir, de la hoja verde. Ante la falta de un precio mínimo de referencia, el sector quedó enteramente sometido y a merced del precio que desee pagar el eslabón más poderoso de la cadena: la industria molinera.

De nada de esto habla el artículo, sólo del esfuerzo de algunas ONGs en tratar de paliar lo inevitable que es la educación de los hijos e hijas de los campesinos que se ve resentida por esta realidad, sin perjuicio de la funcionalidad que muchas veces cumplen estas organizaciones, en forma consciente o no, con determinadas políticas regionales de la OIT que paga bien sus servicios.

Por eso es imprescindible una lectura crítica de la realidad que vivimos, porque no podremos tratar la enfermedad a partir del síntoma y tampoco el remedio provendrá del virus que la provoca.

Para las y los adolescentes misioneros no hay un dilema entre trabajar o estudiar, el único dilema verdadero que este sistema le ofrece es sobrevivir o morir y en ese dilema no entran las letras ni los números de los pizarrones desvencijados de estas democracias.

Por eso es imprescindible volver a tender el puente con las experiencias históricas de lucha de nuestros pueblos, así como también, es indispensable recoger la inmensa sabiduría de los pueblos originarios, que como los guaraníes en las tierras rojizas misioneras, tienen  un inmenso capital atesorado en resguardo y en la búsqueda de corazones hambrientos de justicia.

La vida que merecemos no vendrá sola, somos los eslabones indispensables para forjar el camino futuro y si logramos organizarnos para recuperar palmo a palmo nuestras tierras y soberanía lograremos ese país en los que no haya dilemas de vida en nuestros jóvenes solo un horizonte digno que los abrace.


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