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Por Claudia Rafael
(APe).- Angel, Maitena, Ian y también el pibe que entró a la escuela con un arma y le disparó. Chicos y chicas nacidos y criados en un contexto social de idolatría al individualismo feroz en el que los adultos parecen haber renunciado a la tarea amorosa de cuidado. Chicos y chicas cuyas historias quedaron ubicadas en un jenga al que poco a poco le van faltando piezas fundamentales para el sostenimiento firme de la estructura. Crecer duele y, demasiadas veces, se torna imposible.
Maitena tenía 14 años. Tras una búsqueda de algo más de un día, emerge la muerte, sin explicaciones. ¿Simplemente ya no quiso vivir? ¿De qué modo incidieron en su salud mental las presiones del universo exterior? Infinitos interrogantes sin una respuesta contundente. Demasiados adolescentes que sienten que la mochila de padecimiento psíquico es dolorosamente insoportable para sus espaldas emocionales.
Lo de Angel es otra historia. Pero hay un punto en común. El tenía apenas 4 años y su muerte, en Comodoro Rivadavia, es también inexplicable. ¿Quién se adueñó de su vida irremediablemente? ¿Cuál fue el rol del Estado en los vericuetos que condujeron a ese final? ¿Qué hizo y qué no hizo para que el cuidado de ese niño de 4 años fuera otorgado a un hogar y luego a otro? En esa urdimbre fue un final, casi inexorable.
Son las infancias que aparecen en la crónica roja de los medios cuando irrumpe la tragedia. Son las infancias cuya historia se cincela desde el mundo adulto que está inmerso en otras discusiones. Que se mira a sí mismo como el ombligo de la historia con mayúsculas mientras niñas y niños crecen como pueden. A veces, en el lacerante olvido de miradas. Otras, con el piloto automático que va generando sucesos sin detenerse a actuar y pensar desde las políticas de cuidado y ternuras necesarias. Y demasiadas con políticas públicas pergeñadas justamente para la destrucción.

A partir del crimen del pequeño Lucio Dupuy, un estudio de Unicef en Argentina arrojó que casi el 60 por ciento de niños y niñas entre 1 y 14 años experimentaron prácticas violentas de crianza. El 42% recibió castigo físico con “formas severas, como palizas y golpes con objetos”; el 51,7% agresión psicológica, como gritos, amenazas, humillaciones.
Y los datos de la Oficina de Violencia Doméstica de la Corte Suprema de Justicia de la Nación arrojaron, sólo en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires durante el primer trimestre 2025 “712 denuncias por las que resultaron afectados 958 niñas, niños y adolescentes por situaciones de violencia doméstica”. Es decir, 11 casos denunciados por día sin contemplar los no denunciados. La edad promedio: 9 años.
Dice Alfredo Grande: Hay dos maneras de entender las cosas. El caso por caso y la pedagogía de los analizadores. El caso por caso encubre. La pedagogía de los analizadores descubre. Podemos analizar en profundidad el caso y quedarnos absolutamente en la superficie.
¿Acaso el caso por caso en la muerte de Lucio Dupuy modificó en algo la realidad social y política que en estos días derivó en la de Angel, los dos de 4 idénticos años? De la historia de Lucio, lo único que se exprimió hasta el hartazgo y sobre lo que se machacó con saña fue la definición sexual de su madre. No mucho más. El caso por caso, a lo sumo, sirve para hundir en el espanto ante la crueldad, pero también en la inacción de necesitar escabullirse del horror que paraliza. Decenas de padres y padrastros castigaron y asesinaron a niños antes y después del martirio de Lucio.
Mientras el Estado, en definitiva, continúa con ese rumbo claro. Por caso, aumentarse los sueldos ministros y secretarios un 123 por ciento desde diciembre hasta ahora. O bajar el Plan Remediar y pasar a cubrir únicamente 3 de 79 medicamentos y dejar sin acceso a unos 20 millones de personas. O contribuir, a partir del voto automático de los abonados del congreso al despojo y la destrucción de un país que todavía mira azorado.
Maitena tenía 14 años. Los informes oficiales dan cuenta de un aumento del 40 por ciento del suicidio en el país en lo que va de 2026. 2501 intentos (contra 1550 casos registrados en el mismo período de años anteriores) y 113 casos fatales (contra 59 de la media histórica para ese período). Y la salud mental sigue siendo una nebulosa inasible y las políticas vigentes sólo atentan para su cuidado.

Escribió para APe Carlos del Frade, en relación a la muerte de un niño en una escuela santafesina, acribillado por otro niño, que sólo se invierten 2 centavos por cada peso en los equipos de inclusión educativa y analizó: “los números del presupuesto exhiben el verdadero tamaño de la importancia que le dan los gobiernos a los temas. En esas cifras se mueren los bellos relatos”. Mientras los gobiernos dibujan enemigos, plantan conspiraciones y pergeñan estrategias para borrar de un plumazo sus propias responsabilidades. Algo así como ¿para qué invertir en salud mental y en equipos multidisciplinarios si el problema viene de afuera?
Se sigue desarmando y resquebrajando el rompecabezas de la condición humana, al que le faltan demasiadas piezas imprescindibles mientras se dibuja un nuevo puzzle que preanuncia un presente y un futuro manipulado por los profetas de la crueldad y el individualismo feroz.
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