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Por Pedro Pianta (*)
(APe).- Asistimos a una etapa de ocaso definitivo y universal de un modelo de relaciones sociales.
Esa incuestionable evidencia debe constituir el punto de partida para el análisis de las conductas de los actores sociales –entre ellos, Lionel Messi- a los que deliberadamente se exhibe como “modelos a seguir”.
También de los espacios institucionales que el colapsado sistema creó para sostener su hegemonía.
Veamos lo siguiente:
El 11 de febrero de 2025, Unicef señaló en su portal que “la desnutrición aguda amenaza a millones de niños y niñas”.
Y planteó textualmente:
“En más de 190 países y territorios, hacemos todo lo necesario para ayudar a los niños y las niñas a sobrevivir, prosperar y desarrollar su potencial.”
Siempre en modo textual agregó:
“Según los análisis preliminares publicados por UNICEF con ocasión de la reunión de dirigentes mundiales en la Cumbre de Nutrición para el Crecimiento en París, se espera que al menos 14 millones de niños y niñas se vean afectados por las interrupciones en las ayudas y los servicios de nutrición debido a los recortes anunciados y previstos en la financiación internacional. Esto expondrá a los niños y niñas a un mayor riesgo de desarrollar desnutrición grave y de morir.”
El 8 de octubre de 2025 la Directora Ejecutiva de UNICEF Catherine Russell afirmó que:
“En los últimos dos años se ha constatado la muerte o la mutilación de la escalofriante cifra de 64.000 niños y niñas en toda la Franja de Gaza, entre ellos al menos 1.000 bebés.”
Y acá empiezan las contradicciones. Lionel Messi es embajador de UNICEF.
Nada más y nada menos que eso.
Sin embargo, al mismo tiempo que para amparar a la infancia vulnerada solicita aportes económicos a todos los seres humanos que habitamos el planeta, esa agencia de la Organización de las Naciones Unidas tolera que uno de sus embajadores se presente ante el mundo escoltando a quien -con acciones criminales de toda especie- genera la aberrante crisis humanitaria que la propia UNICEF denuncia.
Desde hace varias décadas colaboro con esa organización y me interesa señalar lo siguiente:
Según la doctrina penal una conducta constituye una estafa cuando secuencialmente se exteriorizan los siguientes elementos típicos.
Un ardid o un engaño que genera un error de la víctima que, por ese error, efectúa una disposición patrimonial que implica un desapoderamiento que le produce un perjuicio económico...
Mejor volvamos a Messi.
Es muy claro que la cuestión no pasa por él.
Messi es un enorme capitalista.
Como tal cumple el rol que le corresponde para sostener el sistema que lo cobija. Eso le permite mantener y ampliar la indecente tasa de ganancia que el sistema le garantiza.
Con todo lo negativo que implica serlo, Messi ni siquiera es neutral.
Por eso la imagen de inmaculada objetividad y equidistancia que en torno a su persona se ha construido no existe. Es descabellado pensar eso.
La visita de Messi a Trump tiene alcances que exceden enormemente a la persona de quien ha sido un extraordinario futbolista y que hoy se saca la careta para mostrarse como lo que es.
Un hombre gris, sin conciencia de clase, subordinado y claudicante.
Como mínimo Diego Maradona fue un futbolista tan excepcional como Messi.
Ocurre que nunca se subordinó ni claudicó frente al poder. Por eso fue su víctima.
En la dimensión de lo humano limitarse a hablar sobre la conducta de una persona como Messi, implica deshonrar a Diego pero, muchísimo más, a las heroicas muestras de rechazo popular que vienen generando las aberraciones de la que es responsable la persona que Messi avala.
Esa visita debe entenderse como una exteriorización incuestionable y categórica de una farsa que, sobre la ampulosa prédica de una supuesta legalidad e institucionalidad democrática, se está cayendo a pedazos.
(*) Ex juez penal
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