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Por Raúl Zibechi, especial para APe.
(APe).- Está muy bien denunciar la invasión de Venezuela y el secuestro del presidente Nicolás Maduro. Es necesaria la solidaridad con el pueblo venezolano. Más aún, quizá lo más importante sea comprender los planes de Estados Unidos, porque lo sucedido trasciende al gobierno de Trump; su sucesor seguirá la misma política de alinear a todo el continente y a todo Occidente detrás de la que se reivindica como superpotencia.
Soy de los piensan que es necesario actuar, tomar las decisiones políticas para modificar el estado actual de cosas, porque las declaraciones y los análisis solos no sirven de mucho. “Todos estamos en el infierno, pero algunos parecen pensar que aquí no hay nada más que hacer que estudiar y describir minuciosamente a los demonios, su horrible aspecto, sus feroces comportamientos, sus infames maquinaciones”, escribió Giorgio Agamben el año pasado.
Cree que con eso no alcanza, que quienes así actúan se engañan al pensar que de esa manera pueden salir del infierno. La verdadera política –agrega- comienza “por saber dónde nos encontramos y que no nos es dado escapar tan fácilmente de la maquinaria infernal que nos rodea”. La salida del infierno, concluye “es posible que hoy coincida con una tenaz, lúcida y ágil resistencia en el lugar”.

Resistencia y rebeldía, dicen los zapatistas, el único movimiento que se propone luchar por un mundo nuevo sin construir pirámides, porque la lectura de la historia nos dice que son precisamente esas pirámides (patriarcado, Estados, verticalidades…) la clave de la derrota luego de la victoria.
¿Acaso lo sucedido en Venezuela no tiene estrecha relación con las pirámides? ¿Alguien pudo pensar en su sano juicio que las fuerzas armadas fueran la fuerza motriz y la dirección de los cambios deseables? ¿Qué revolución es aquella que se traba y dispersa cuando falta el dirigente máximo?
Ahora esas fuerzas se han desnudado. Han mostrado todas sus miserias al ponerse al servicio de los yanquis, junto a buena parte del aparato político chavista. Mentar “traición” no es sólo un error sino el mejor modo de eludir el debate. Los milicos venezolanos, a los que muchos ungieron como chavistas o revolucionarios, siempre fueron corruptos, muy corruptos, como sabemos quienes conocemos la Venezuela de abajo. Se mantuvieron en su lugar porque recibían fortunas que correspondían al pueblo. Cuando los yanquis decidieron comprarlos, ellos ya estaban dispuestos a recibir lo que fuera por quedarse con sus bienes robados. Sólo cambiaron de amo.
Cómo enfrentar, desde abajo, la nueva realidad
Lo primero es aceptar que las cosas cambiaron. Que ahora el imperio está haciendo de nuestra región su plataforma para no hundirse y plantarle cara a China. De hecho, están expulsando a China de aquellos lugares que sienten que necesitan controlar: Panamá por el canal, Venezuela por las tierras raras. Seguirán aquellos que el Pentágono decida. Acuerdo con Colombia y resta Groenlandia. Lo demás, en el bolsillo.
Pero nuestra mirada está en los movimientos, en los pueblos, en los diversos abajos.
La tenemos difícil. La asimetría de poder es demasiada. Más aún, los hechos muestran que los movimientos no pueden confiar, en los más mínimo, en los gobiernos. El acuerdo secreto entre Petro y Estados Unidos, sumado a la completa entrega del gobierno venezolano a Trump y al Pentágono, lo dice todo. Son tan enemigos como el resto de gobiernos derechistas.

Sigamos. En el corto y en el mediano plazo no hay la menor chance de poder enderezar las cosas. Ahora en Caracas la gente no sale a la calle, por miedo. Y por desconfianza. Pero imaginemos un próximo levantamiento indígena en Ecuador, un nuevo levantamiento popular en Colombia o en Chile, un nuevo 19 y 20 de diciembre de 2001 en Argentina. Si el Pentágono amenaza con intervenir… ¿quién se atreverá a desafiarlos luego de lo sucedido en Caracas?
Quienes seguimos empeñados en cambiar el mundo, debemos mirar la realidad de frente y asumir cómo están las cosas. Apostamos por la resistencia activa y por la rebeldía, como siempre, como corresponde cuando estamos a la defensiva.
Para sostenerlas, tenemos que meditar el cómo. La manifestación, la protesta, la denuncia, siguen siendo válidas pero, por sí solas, no pueden modificar la relación de fuerzas. Necesitamos espacios seguros, arcas capaces de sobrevivir en la tormenta que se nos está viniendo encima. Espacios que tengan la capacidad de sostenerse por sí mismos: en la salud y la educación, en la alimentación y el agua potable, en la justicia popular y en la toma de decisiones. En otras palabras, que esos espacios sean poderes de abajo, poderes no estatales, que no sean calco y copia de las instituciones jerárquicas que conocemos.
La tormenta durará mucho tiempo. Según los sabedores, dos décadas como mínimo. Según otros, debemos pensar en 120 años, siete generaciones, para poder elegir el mundo que queremos con libertad. Más allá de los tiempos, la cuestión es poner las manos y los pies en movimiento, apelar a la espiritualidad que siempre ha blindado a las y los de abajo. Porque los de arriba tienen un plan que consiste en exterminarnos a las clases, los pueblos, los colores de piel y los géneros molestos. A los que somos obstáculo para su enriquecimiento permanente.
La senda no está marcada. No hay camino ya diseñado para ser transitado. Tenemos que hacerlo en colectivo, sabiendo que estamos caminando sendas que nadie ha pisado antes, porque nunca vivimos traiciones hegemónicas ni tormentas como la que estamos sufriendo. Aunque el camino será duro, muy duro, tenemos la libertad de elegir entre la sumisión y la resistencia con rebeldía.
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