Fútbol, otro opio de los pueblos

Pasiones alegres y pasiones tristes. El fútbol fue sacralizado como pasión de multitudes. Pero en el contexto de la cultura represora el fútbol puede diferenciarse como deporte, como negocio y como empresa trasnacional. Pero la revolución -dice Alfredo Grande- es una pasión eterna.
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Por Alfredo Grande

(APe).- El fútbol, especialmente en la Argentina, ha sido denominado y sacralizado como pasión de multitudes. Se impone -desde lo que siempre intento, el pensamiento crítico- referirme a los destinos de esa pasión. Las pasiones alegres y las pasiones tristes. Clásico análisis de Spinoza y Descartes. No es fácil establecer de forma segura cuáles son las pasiones alegres y cuáles las tristes. He intentado, no sé si lo he logrado, analizar el odio en su potencia revolucionaria.

Habitualmente, o sea en el nivel convencional, el odio es un disvalor. O sea, una pasión triste. Para los interesados en el tema, sugiero leer    Odio, luego existo  publicado 25 años atrás en el diario Pagina12, suplemento Universidad Madres de Plaza de Mayo. Otro mundo fue posible. Nuestro pasado nos condena y nos absuelve.

A los efectos de este análisis, diferenciaré el fútbol como deporte, como negocio y como empresa trasnacional. En la actualidad de la cultura represora, “fútbol” puede referirse a las tres cosas.  Que siendo bien diferentes, incluso antagónicas, quedan englobadas en la misma palabra. Como se decía en el barrio, “de noche todos los gatos son pardos”.

Cuando se dice: fútbol pasión de multitudes, queda implícito que la pasión es alegre y que la pasión por el club de mis amores es una pasión fundante. Lo que es bastante evidente, que la razón última de porque somos fanas de un club, se pierde en la noche de los tiempos. De los tiempos edípicos, obviamente. Habitualmente racionalizamos el origen, pero siempre permanece desconocido. Y ese desconocimiento, como todo desconocimiento, permite que la pasión sea utilizada tanto para un roto como para un descosido.

Lo diré directamente: hoy la pasión se ha vuelto tóxica. La misión que esa pasión tiene es intoxicar a las multitudes. Se dirá que hoy todo está armado para intoxicar a las multitudes. Desde los gobiernos que supimos conseguir hasta las pasiones que supimos consumir. Y sus cruces más lamentables. El arquero más importante del mundo recomendando el juego digital.  Con el cinismo de decir que menor de 18 años no puede jugar. Como boludo no es, la otra es que por tal nos toma.

La pasión tóxica de multitudes tiene diversas expresiones. Los mundiales de fútbol son una. La Fiesta de Todos bautizó la dictadura y en esa fiesta chapoteó el Flaco Menotti. La fiesta inolvidable.

Hoy es una época donde los opios de los pueblos son diversos. Lo que el teólogo Rube Dri denomina la Iglesia Sacerdotal, la derecha  (no sólo la extrema) el wokismo masturbatorio, la democracia representativa, son algunos, pocos, ejemplos.  

El opio mata. Leemos en Tiempo Argentino: “El miércoles, Pineida, quien había vuelto en 2025 al Barcelona luego de sus pasos por Fluminense de Brasil y El Nacional de su país, fue acribillado a disparos por sicarios frente a una carnicería, a plena luz del día en Guayaquil. Pineida es el quinto jugador asesinado en lo que va del año en Ecuador, cuyo fútbol fue tomado por el crimen organizado con el arreglo de resultados para las apuestas clandestinas”.

Mientras las derechas matan, las izquierdas declaman. Acepto que escribir es declamar un poco. Pero sólo un poco.

Para mí la revolución sigue siendo una pasión eterna.  Una pasión muy alegre.

Y una pasión toxica para los explotadores.


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