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Por Martina Kaniuka
(APe).- Cuando Salvador Guillermo “Chicho” Allende Gossens dejó La Moneda, lo hizo con el Palacio en llamas y los pies para adelante, después resistir cuatro horas, con un fusil AK47 obsequiado por Fidel Castro. Antes le había legado telefónicamente, vía radio Magallanes, su última muestra de integridad al pueblo chileno.
Era la derrota de la transición democrática hacia el socialismo chileno y el mundo atestiguaba el fin de una utopía: un gobierno marxista aplicando reformas a media máquina, poniendo parches a un Chile desangrado, apelando a la tolerancia de las clases dominantes y al poder popular.
Poco más de medio siglo después, Gabriel Boric Font levantó el teléfono en La Moneda para felicitar a José Antonio Kast:“Le presento mis felicitaciones. Usted ha obtenido un triunfo claro y sabe que ser presidente de la República es una gran responsabilidad. Siempre estaré dispuesto a colaborar con los destinos de la patria”, expresó.
Después sostuvo en los medios: “Aunque existan legítimas diferencias, hay algo más fuerte que nos une: nuestra gente, nuestro país y nuestra historia”. Hay que “tender puentes, escuchar y abordar la tarea con humildad y humanidad.”
¿Dónde quedaron los estudiantes del país del estallido social del 2019 y 2020? ¿Votaron a Kast los cabros que saltaron molinetes, arrojaron piedras y armaron molotovs, los que perdieron los ojos, las que denunciaron con el torso desnudo a los violadores de todos los tiempos que “eréis tú”? ¿Dónde los que se enfrentaron cuerpo a cuerpo a los carabineros? ¿Lo votaron los que volvieron a sentir en la boca, amuchados en la Plaza de la Dignidad, las mieles de la palabra revolución? ¿Lo votaron los que entendieron la necesidad de aprobar otra Constitución para soterrar la pinochetista, principal estandarte de la desigualdad?
En seis años, el péndulo bipolar chileno osciló desde los estallidos sociales a la elección de Kast, que se impuso por más del 60% de los votos, la segunda mayor diferencia desde el retorno a la democracia, frente a la candidata comunista Jeanette Jara.
Kast es otro de los ungidos por Washington que -si alguna vez despegó- aterrizó en el Patio Trasero, emplazándose cómodamente y, casi sin resistencia, vía democrática -lo que a esta altura eso quiera decir-, en Ecuador, Bolivia, Perú, Honduras, Panamá y Argentina.
Hijo de un integrante de las juventudes hitlerianas, líder del Partido Republicano, fue bautizado José Antonio como Primo Rivera, fundador del falangismo que se cargó en España un millón de muertos que, debajo de los escombros conviven -sin ser reclamados más que por sus familiares- con las instituciones franquistas que, como las instituciones de Augusto Pinochet, siguen funcionando.
“Si Pinochet estuviera vivo, votaría por mí” dice Kast, que se opone a todo lo que hoy se conoce como “woke” en el mundo. La perspectiva de género, las leyes por la interrupción del embarazo y, aún más decimonónico, el divorcio. Gestor de leyes para indultar genocidas presos en la Isla de Peuco, promotor de las ideas de los iluminados oscurantistas- anticiencia, antivacunas, antiderechos, antiinmigrantes, promete “hacer Chile grande otra vez”, a la par de Trump - “MAGA” (Make America Great Again)- con un Estado de Contrarreforma, en que el “Plan Implacable” bukeleizará la política chilena a fuerza de más cárceles de máxima seguridad, militarización de las calles de las urbes y el aislamiento total: el castigo será la manifestación de la seguridad, con zanjas físicas para frenar la inmigración, la salida de Chile de la ONU y el cierre de las instituciones de derechos humanos.
El enemigo ya ha sido delineado en el “Manifiesto Republicano”: la “izquierda radical aliada con el globalismo que promueve una transformación social totalitaria”
¿Dónde quedó la dignidad de la Convención Constitucional, intento dos veces fallido por reescribir la columna vertebral de Chile, que entusiasmó a los votantes de Boric y a los de Daniel Jadué -candidato comunista acallado por el lawfare- en 2021? ¿Dónde el fervor con el que el pueblo reunía a 155 referentes, dignos de un casting liderado por la corrección política, para redactar una nueva Carta Magna? Quizá descansen en el mismo sitio donde quedaron soterrados, con los planes de La Concertación, el Partido Comunista, la Nueva Mayoría, la Lista del Pueblo, Apruebo Dignidad y otras facciones de izquierda y centro izquierda que, sin concreciones materiales concretas en un estado pinochetista anémico, lo reverdecieron con la decepcionante gestión que no interpretó los estallidos que llevaron a cientos de miles de chilenos y chilenas a las calles.
En 2019 el mundo asistía con admiración a la lucha por la educación gratuita, laica y de calidad, la condonación de las deudas millonarias a los estudiantes universitarios, la reforma fiscal y tributaria a las mineras, el sistema de salud pública y universal, la reducción de la jornada laboral, el aumento del salario mínimo, el fin de las AFP y el derecho a una jubilación digna y los derechos de las mujeres, las disidencias, los pueblos originarios y los migrantes.
En 2025 el mundo asiste a la victoria, en el mismo pueblo, con casi el 70% de la aceptación de candidatos de derecha y extrema derecha que caminan ciertamente en sentido contrario.
Será tal vez porque en seis años, ninguna de las demandas articuladas a viva voz en la Plaza de la Dignidad se concretó más que en los decires y palabras arrulladoras que el viento de Kast, que ganó en comunas obreras mineras y simpatizantes de la izquierda, devendrá anécdota.
Según un Informe sobre Desarrollo Humano del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), 6 de cada 10 chilenos cree que la situación del país ha empeorado en los últimos cinco años y sólo un cuarto de los encuestados responde que el futuro de la nación será mejor. Hoy, los niveles de precarización laboral se han mantenido y la sensación, azuzada por los medios de comunicación y las redes sociales, es que el enemigo es extranjero y mapuche.
“La historia es nuestra y la hacen los pueblos”. Esas palabras eligió, junto a la muerte, teléfono en mano, a través de Radio Magallanes, con el ejército chileno apostando tanquetas para ingresar a la Casa de Gobierno y abandonar Chile en cadena nacional, Salvador Allende.
Dignidad escribía, aceptando la derrota de intentar el sueño rojo por la vía parlamentaria burguesa. Será el turno del pueblo de Chile de, a pesar del sufrimiento que augura el nuevo gobierno, seguir escribiendo su historia, abandonando esta vez la tibieza de las instituciones al abrigo de las calles que han sabido arder.
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