Por Carlos del Frade

(APe).- El pibe tenía dieciséis años y no quería saber mucho del futuro. Le alcanzaba con tener un par de buenas llantas y un celular. No quería reflexionar sobre lo bueno y lo malo. Estaba convencido de que moría o lo mataban a los veintiún años. Por qué un pibe cree que la muerte es el futuro inmediato?.

¿Por qué la muerte aparece como posibilidad cierta en la vida de muchas chicas y muchos chicos en la Argentina crepuscular del tercer milenio, en el año de la peste covid?.

El 30 de junio de 2019, UNICEF Argentina sostuvo que “los casos de suicidio en la adolescencia se triplicaron en los últimos 30 años. La cifra ascendió a 12,7 cada 100.000 adolescentes entre los 15 y los 19 años, y hoy constituye la segunda causa de muerte en la franja de 10 a 19 años, según el estudio “Suicidio en la adolescencia. Situación en la Argentina” presentado por UNICEF Argentina”, decía la información.

En el país que hizo leyenda que las únicas privilegiadas y los únicos privilegiados son las niñas y los niños, estas postales demuestran la fragilidad de aquella creencia.

En el norte de Santa Fe, en esa geografía devastada por La Forestal durante ochenta años, el suicidio de chicas y chicos era noticia durante los tres primeros meses de 2020.

Ya había pasado, en 2019, algo parecido en el centro oeste de la misma provincia.

La dinámica del negocio del narcotráfico hace que, muchas veces, las chicas y los chicos terminen siendo consumidores – consumidos y también, ante las deudas contraídas con los vendedores barriales, elijan matarse para que no ataquen a sus familiares.

Despiadadas historias en un tiempo despiadado contra las chicas y los chicos.

Unicef decía entonces que “la muerte autoprovocada nunca es el resultado de un solo factor o hecho. No obstante, los profesionales de la salud que trabajan en esta problemática advierten que pueden identificarse algunas causas que, combinadas con otros factores, podrían llevar a una conducta suicida. Entre otras, la ausencia de personas significativas o instituciones que puedan contener, sostener, proteger y acompañar a los chicos y las chicas en su desarrollo psicosocial. Las dificultades para cumplir con los estándares sociales aceptados al momento de atravesar la transición de la juventud a la adultez, el padecimiento mental no atendido y el abuso sexual son otros factores que podrían precipitar la decisión de quitarse la vida”, sostenía aquel informe.

Mientras los casos de covid crecen, también lo hacen las cifras de chicas y chicos que pierden su vida en disputas territoriales en distintos centros urbanos de las grandes ciudades argentinas.

La soledad de las pibas y los pibes debe ser cada vez más pesada, arriesga este cronista.
Unicef añadía que “a pesar de que los datos sobre tentativas de muerte por voluntad propia muestren que las mujeres tienen más intentos que los hombres, existe una mayor cantidad de decesos entre los varones. Los comportamientos culturales atribuidos al género masculino tales como menor tendencia a comunicar sus problemas y a reconocer que necesitan ayuda o que tienen dificultades, lleva a los varones a concretar las acciones de manera más frecuente que las mujeres. Además, tienden a usar métodos más letales como ahorcamiento o la utilización de armas de fuego”, decía.

Las tasas de mortalidad autoprovocada entre 2015 y 2017 en las provincias de Salta, Catamarca, Jujuy, son 10 veces más altas que las tasas en el resto del país, indicaba la investigación.

Ahora, mientras el año de la peste covid empieza a terminar, es imprescindible pensar en la dimensión de la soledad de nuestras chicas y nuestros chicos.

En esa necesidad de volver a abrazarlos para que por lo menos se sientan acompañados en la difícil e imprescindible tarea de resistir.

Edición: 4106

 

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