Por Silvana Melo
  (APe).- La muerte siempre es absurda y solapada. La única certeza de cualquier mortal. Inexorable e igualadora. Pero hay muertes que destronan la naturalidad. Muertes que ruborizan a la crueldad de la misma muerte. Que son las muertes que provocan los asesinos. Los que tienen la azada para arrancar una vida como si fuera una maleza. A Abigail Riquel, una tucumanita de nueve años, la ultrajaron y le extrajeron de un golpe la llama vital. Como si fueran los tiempos pre estatales, salieron los vecinos a buscarla porque nadie la buscaba. Salieron los vecinos a atrapar al asesino (presunto) y como estaban convencidos de que nadie lo buscaba ni nadie le arrojaría los libros de la ley por la cabeza, lo corrieron, lo apresaron, lo molieron a golpes y patadas. Y lo mataron. Con los preceptos legales selváticos de los tiempos cuando los pactos sociales eran una quimera.

Hombres lobos del hombre. Un lobo que se devora a una niña en su extrema fragilidad. Una manada de lobos que se devoran al lobo huyente, saciado de niña. Sin instituciones ni estado. Sin ley ni juicio. Un victimario victimizado por las manos y los pies de la gente ordinaria, la que vive en sus casas y se moja los pies cuando va a trabajar y cuida a sus hijos y ama a sus perros y descuelga la ropa tendida cada tardecita. Vecinos de a pie que se llenaron los nudillos de sangre y la punta de sus zapatillas de marcas de una piel. Y se fueron a su casa como si nada. Convencidos de ser la justicia, en los estrados de un barrio de Tucumán. Donde apenas horas después otro grupo de propietarios de la ley atacó brutalmente a un chico de 16 años que había robado un celular. Curiosamente, en los tiempos del pre estado, lo salvó la policía. Los golpes que le asestaron y las piedras que le tiraron son heridas en la propia piel de la humanidad.

Soñaba Tejada Gómez con cortar de cuajo /la oscuridad del lobo /y el odio y la amarilla /vejez de los colmillos.

Pero ayer mismo al mediodía una disputa entre bandas acabó con un tiro en la cabeza de una bebita de cinco meses. Que iba en brazos de su madre por un barrio de Dock Sud.

La muerte es una entidad infame, la condena a la finitud de cada hombre y cada mujer de la tierra. Pero la muerte que imparten los asesinos –desde los seriales hasta los buenos vecinos- es el hierro infalible contra el que lucha el lirio de Tejada. Esta es la lucha, es esta /la suerte de los siglos: /de un lado el jardinero, /del otro el asesino. /El hierro será el hierro. /Pero el lirio es el lirio.

Y un día el lirio espantará a los lobos. Y la muerte será otra. Nada más que aquella. La inexorable.

Edición: 4105

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