Por Alfredo Grande
   (APe).- En el programa diario “Hasta que vuelvan los abrazos” de Radio La Retaguardia, tengo una columna los días lunes. El título de la última coincide con el de este texto. Habitualmente no sucede, pero como dijo Tu Sam, puede fallar. O puede acertar, ya que el inconsciente tiene razones que la conciencia oficial no entiende. La idea la tomé de un video del talentoso Pedro Saborido en el cual canta “la sonrisa de mamá” porque le recuerda la sonrisa de Perón. Un analizador espontáneo es cualquier circunstancia, devenir, producción, que permite pasar del nivel convencional encubridor, también llamado “sentido común”, al nivel fundante. O sea, la esencia. El núcleo de toda realidad.

Desde ya, ese fundante está atravesado por nuestra implicación política, ideológica, afectiva, ética, de género, económica. O sea: no hay un fundante para todes. Decir que la “única verdad es la realidad” omite señalar si es la realidad convencional o es la realidad fundante. En el primer caso, la convencional, es la única falsedad. En el segundo, la fundante, es la única verdad en tanto sea una verdad revolucionaria. Aclaro, con la convicción de que no oscurece, que la política burguesa es el arte de combinatorias infinitas para no salir de lo convencional. El riesgo es cuando lo convencional se toma como lo fundante.

Cuando un gobierno se define como capitalista, no es bueno. Pero lo peor es que toma al capitalismo como fundante, cuando es un potente artificio convencional para encubrir el fundante de la explotación del trabajo asalariado. O remunerado, porque el salario fue pulverizado desde la denominada flexibilidad laboral.

Retomando que no es poco, Pedro Saborido me permitió pensar en el nivel fundante del día de la lealtad. Para la Argentina, peronismo es la marca registrada del estado de bienestar. Pero hay un bienestar convencional, que llamaría confort. El bienestar a nivel fundante es el amparo. Es salir de la intemperie. Y el peronismo tiene como profecía fundadora una política de amparo para millones que estaban en la intemperie. Condición necesaria y que aún hoy sigue siendo suficiente. Ese amparo es objetivo y es subjetivo. Objetivo porque cambió las condiciones materiales de la existencia de los trabajadores. Subjetivo porque elevó la autoestima de los condenados de la tierra. Y del asfalto.

Autoestima es dignidad, es sentirse bien con uno mismo. Es orgullo, aunque no necesariamente es soberbia. Es reflejarse en una mirada que nos mira con amor y que nos valora. El “aluvión zoológico” para la derecha oligarca, fue transformada por el crisol peronista en “los descamisados”. El hambre de comida y el hambre de amor fue saciado. Al menos durante una década. A mi criterio, ese es el nivel fundante del peronismo. Y la palabra que da cuenta de la gratitud por ese fundante es lealtad.

Me acuerdo que, en los códigos del barrio, muchos insultos eran tolerados, trompada más, trompada menos. Menos los que involucraban a la madre. Había un mantra en esos tiempos: “más malo que pegarle a una madre”. Y como reza el tango (porque el tango es una forma de rezo musical) “vuelvo vencido a la casita de mis viejos”. Es interesante pensar que el peaje para volver sea estar vencido. Y la profecía fundadora del peronismo fue vencida. La autodenominada revolución libertadora, el golpe de estado contra Frondizi, la proscripción partidaria, la organización desde el aparato del estado de la alianza anticomunista argentina (la triple A), la derrota del candidato Lúder, el menemismo privatizador y traidor, el triunfo de Macri después de una década ganada que no supo, no quiso o no pudo construir su propio legado.

Hoy el presidente que fuera ungido, es, en el mejor de los casos, un representante del peronismo stevia. Edulcorado sin azúcar. En un país devastado por el macrismo, el covid 19 y el pago de la estafa (deuda) externa en la proporción que se prefiera, hay dos opciones. La revolucionaria recordando la advertencia de Evita, o la reaccionaria. Volver vencido a la casita de los viejos. Más de la vieja que del viejo, porque como sabemos en el formato tanguero patriarcal, en la casa está la vieja porque el viejo está en otra y con otras. O sea: volver vencido a la profecía fundadora. La casita. El amparo originario. Lo digo y luego seguro que me arrepiento. La lealtad que se invoca en vano, forma parte del alucinatorio social.

No habrá confesión de parte, pero tampoco quiero hacer relevo de prueba. Si la lealtad fuera fundante, entonces Menem hubiera sido expulsado del partido justicialista, por el abrazo a Rojas y el pornográfico pacto con los Alsogaray. Hoy que el morbo periodístico está exaltado por las denuncias del pequeño hermano contra el gran hermano, la pelea entre la estanciera social y el estanciero oligarca, no creo que interese mucho reflexionar sobre los devenires de la mamá lealtad. Pero siguiendo a Pedro Saborido, la sonrisa de mamá es la sonrisa de Perón. Hoy no es tiempo de sonrisas ni de risas. Mal que nos pese y nos desespera a los que militamos en el humor como estrategia de resistencia.

Con la boca agrietada por el dolor, no hay sonrisa que valga. Ni la de mamá ni la de Perón ante la penuria y el naufragio. Laura Taffetani escribe: “La Convención de los derechos del niño fue ratificada en el año 1991, época en la que se consolidó la entrega más dolorosa de nuestra soberanía económica a los organismos financieros. Más tarde, se incorporó en la Constitución a través de la Reforma del 94, en el marco del famoso pacto de Olivos que terminó de encolumnar a la dirigencia política tras un modelo económico que se sostuvo y se sostiene sin fisuras, siempre con el mismo resultado: el crecimiento incesante de las cifras de náufragos que se alejan de la orilla sin esperanza de ser rescatados, ni futuro en el que creer”.

El pasado idealizado en una lealtad invocada en vano, el presente desangelado donde los abrazos nunca llegarán a las y los que necesitan ser abrazados, amparados, salvados del naufragio. Con un pasado capturado por el alucinatorio político social, el presente inundado de un realismo trágico, el futuro del horizonte que se aleja y por eso alentaba al caminante, resulta aplanado. En unión tendremos que pensar y luchar para que otro mundo sea posible. Solamente porque es necesario. Y entonces si lo deseamos, moveremos todas las montañas de la cultura represora.

Edición: 4104

 

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