Por Laura Taffetani

(APe).- El 20 de julio miles de familias, durante la inclemente pandemia, tomaron tierras despobladas en la ciudad de Guernica del Partido de Presidente Perón y, en esa utopía inalcanzable de un techo donde guarecerse, 3.000 niños y niñas acompañaron a sus padres con la esperanza de un futuro que siempre tienen vedado. Sin embargo, para ellos y ellas no hubo Convención de los Derechos del Niño, ni leyes de “protección integral” que cobraran vida frente a la implacable orden de desalojo que el juez dispuso para defender los impiadiosos intereses inmobiliarios a los que estaba esa tierra reservada.

Un texto dentro de un contexto

La propuesta de la Convención comenzó en la década del 70, impulsada por el gobierno polaco, en un período en el que los derechos humanos asumían un rol fuerte en la confrontación Este-Oeste. La discusión de las mesas de trabajo fue avanzando lentamente, las principales polémicas se centraban en la prioridad de los derechos económicos y sociales que sostenían los países socialistas frente a la preeminencia de los derechos civiles y políticos que le otorgaban los países occidentales.

Finalmente, la Convención de los Derechos del Niño fue proclamada y adoptada por la Asamblea General de la ONU el 20 de noviembre de 1989, pocos días después de la caída del muro de Berlín que anunciaba la disolución de la Unión Soviética, en un contexto donde las políticas neoliberales comenzaban el período de auge impulsadas por la Escuela de Chicago y los líderes mundiales Ronald Reagan y Margaret Thatcher.

La Convención fue ratificada por 197 países. EEUU, si bien firmó la Convención en su momento, nunca la ratificó en la necesidad de preservar el derecho de aplicar la pena de muerte para menores de edad.

Sin duda, la violencia de la tremenda desigualdad que se fue abriendo a paso firme y sostenido en el transcurso de estas décadas, borró de un plumazo toda posibilidad de que los artículos de la Convención cobraran vida en los cuerpos inermes de los niños y niñas sedientos de vida digna.

Hoy, el mundo es incomparablemente más rico de lo que lo ha sido nunca en su capacidad de producir bienes y servicios y por la infinita variedad de los mismos, pero está claro que entre la Convención y la realidad de los derechos de los niños y las niñas pobres existe un abismo imposible de zanjar.

La Convención en Argentina

En nuestro país la historia no fue diferente, a pesar de ser el octavo país del mundo en extensión y producir alimentos para 400 millones de personas, casi las tres cuartas partes de los niños y niñas que habitan nuestro suelo no tienen un techo que los abrigue, ni nacen ya con el pan bajo el brazo.

La Convención de los derechos del niño fue ratificada en el año 1991, época en la que se consolidó la entrega más dolorosa de nuestra soberanía económica a los organismos financieros. Más tarde, se incorporó en la Constitución a través de la Reforma del 94, en el marco del famoso pacto de Olivos que terminó de encolumnar a la dirigencia política tras un modelo económico que se sostuvo y se sostiene sin fisuras, siempre con el mismo resultado: el crecimiento incesante de las cifras de náufragos que se alejan de la orilla sin esperanza de ser rescatados, ni futuro en el que creer.

Este 21 de octubre se cumplieron los quince años de la sanción de la Ley 26061 que crea el Sistema de Protección de Derechos de niños, niñas y adolescentes, por el que comenzamos a conocer términos que recitamos vehementemente como promoción, prevención, protección y restitución de derechos. Sin embargo, las cifras dramáticas que demuestran año a año el crecimiento impúdico de las desigualdades demuestran que la voluntad legisladora se desvanece inexorablemente en los escritos donde se invoca, frente a los millones de niños y niñas que golpean las puertas de un paraíso al que no tienen acceso.

En esta ley también se establece que es obligación del Estado asegurar el cumplimiento de sus derechos que son de prioridad y que cuando exista conflicto entre los derechos e intereses de las niñas, niños y adolescentes frente
a otros derechos e intereses igualmente legítimos, prevalecerán los primeros.

Pero en Guernica, todo esto es letra muerta, para jueces y fiscales, para los funcionarios municipales, provinciales y nacionales. También para la mayoría de los medios de comunicación para quienes el único derecho que está por arriba de todo son los intereses económicos de los grandes negociados que se tejen incansablemente por los más poderosos.

Es cierto que esto no sólo sucede en Guernica, pero en ese lugar preciso es donde hoy se está librando una gran batalla donde los rechazados han tenido la osadía de enfrentar al poder de un país donde no hay más biblia que el Registro de la Propiedad. Batalla que está claro, no tiene ley que los ampare: el juez dispuso el desalojo que podrá ser hoy o en los días sucesivos hasta el 30 de octubre. Dicen que ninguna guerra es justa sin previa declaración.

En Guernica la “restitución de derechos” no figura en los manuales de los niños y niñas que corren por la “tierra prohibida” buscando el tesoro escondido de un futuro que nos lo deje en desamparo.

Porque los derechos de los niños y de las niñas no dejan de ser palabras que se han corrompido en grandes eventos de folletería fina y panelistas bien pagos. Derechos que no se ligan con el verdadero poder que les da cuerpo o los desconoce según el certificado de nacimiento, porque la naturaleza de esos derechos no es de orden legal sino política de quienes detentan el poder.

Quizás habrá que comenzar por hackear este mundo virtual para hacerlo sin contraseñas y que la realidad deje de jugar a la escondida tras ilusiones de derechos que jamás se cumplirán.

Que la indignación se vuelva un grito incontenible y se convierta en el combustible necesario para prender los nuevos amaneceres que abriguen definitivamente a los niños y las niñas de esta tierra que siempre fue nuestra.

Todos y todas tenemos un deber de amor que cumplir, una historia que nacer. Ahora podemos hacer el mundo en que nacerá y crecerá la semilla que trajimos con nosotros. Y esa semilla no podrá germinar en un decálogo de derechos vacíos. El que no tiene ojos para soñar no ve los sueños ni de día, ni de noche.

Mientras tanto, los niños y niñas de Guernica siguen soñando, esperando que nuestros corazones se enciendan, en esa “nueva y arrasadora utopía donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de vivir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra”.

Edición: 4103

 

 

 

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