Por Carlos del Frade

(APE).- Los números oficiales pontifican el crecimiento de la construcción y el descenso en la tasa de los que no tienen trabajo. Así dicen las cifras del oficialismo. Las casas se multiplican, aunque los créditos hipotecarios siguen muy caros para los que forman parte de las mayorías.

El sueño de la casa propia era uno de los colores del paisaje existencial argentino en los últimos cincuenta años.

Algunos dicen que era la ilusión transmitida por los inmigrantes que venían del otro lado del mar con la idea de gambetear miserias y guerras.

Proceso feroz de digestión social que devoró el sueño de hacerse la América de millones de familias.

Claro que la versión oficial de la crónica que luego devino en sentido común sostuvo que la mayoría de los inmigrantes fueron felices.

 

Cuento rosa que olvida las barracas de los puertos, los hacinamientos en barcos que nunca amarraban y los conventillos que amontonaban palabras, apretaban sueños y alojaban pesadillas.

Entre 1880 y 1910, el año del centenario, cinco millones de personas vinieron de Europa a la Argentina.

Y a pocos, muy pocos, les fue bien.

Los seis lados del dado de la vida los sentenciaban: vivienda, trabajo, educación, salud, vestimenta y comida parecían siempre marcar números negativos.

Sin embargo, a pocos metros de los huecos en donde se hacinaban los abuelos inmigrantes, florecían los palacios de las minorías.

Era el dinero de la aristocracia con olor a bosta que gobernaba la nación, según el decir de Sarmiento.

Varios diarios del sistema dijeron, entonces, que la construcción crecía en el país.

Creían las cifras de viviendas pero no eran para todos.

Eran para pocos.

En el tercer milenio, la Argentina vuelve a ofrecer un panorama similar a aquella realidad de la medianera que dividió los siglos diecinueve y veinte.

-Tengo dos nenes con problemas de salud. Uno tiene problemas de huesos, en cadera, pie plano, pecho de paloma y tuvo dos operaciones en La Plata. El más chiquito es asmático y le agarró un virus dentro del hospital. Zafó de bebé, muchos morían en la misma sala. Yo luché y él quedó asmático, estuvo internado en Pergamino y salió vivo -le contó al periodismo Silvina Luján, de veinticinco años, vendedora de trapos de piso, rejillas, repasadores y agujas.

Está pidiendo un subsidio para sus dos chicos para poder intentar sobrevivir en otro lugar.

Porque ahora habita un pequeña casa en donde están veintidós personas en la calle 3 entre 18 y 16 de la capital del primer estado argentino.

Son trece chicos y nueve grandes. Silvina, cuenta, “hace un montón” que está pidiendo materiales para hacerse una piecita y una cocina en el fondo.

"El más chico tiene tres años, y yo necesito tener una casita. No vengo a pedir pañales, sólo materiales. Somos muchos en una casa chiquita. No podemos vivir 22. A fin de mes me dijeron que me iban a dar los materiales y ahora me dicen que espere hasta fin de mes. Pero no puedo esperar años como estoy esperando. Antes me dijeron que llene planillas, me costó mucho y lo hice. En medio tuve a mis hijos enfermos en el hospital. A mí me prometieron ayuda en el Instituto Unzué, allá me conocen", apuntó Silvina, continuadora de una lógica perversa que junta realidades diferentes, contradictorias, en el mismo espacio geográfico.

Como a principios del siglo veinte, también en el amanecer del veintiuno, se cantan loas al progreso, las cifras de crecimiento, mientras miles, como Silvina, apenas pueden hacerse un lugarcito en un país que repite la injusta digestión social de otros tiempos.


Fuente de datos: Diario El Nuevo Cronista - Mercedes - 20-12-05

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