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Por Claudia Rafael
(APe).- El más pequeño tenía apenas unos pocos meses. Aún no le había podido poner palabras a su alrededor. Apenas un gorjeo y unas cuantas onomatopeyas para nombrar al mundo cuando la vida se le fue por las alcantarillas de la crueldad. Su hermano de 4 años y sus primos de 4 y de 5 tampoco alcanzaron a comprender cabalmente que la vida puede asomar con una risa sonora o concluir de un zarpazo feroz en apenas un instante. Para morir en una casucha de madera y nylon ganada por las llamaradas en Quitilipi, Chaco, un pueblo que no llega a los 30.000 habitantes.
En apenas 305 días de 2026 246 niñas y niños quedaron sin sus mamás, asesinadas por sus propios padres o por otros hombres, más o menos cercanos de sus madres. 19 fueron también asesinados; de los cuales, en las últimas horas, fueron 7: 5 varones y 2 nenas.
Octubre fue, sin embargo, el mes que batió todos los records ya que se produjeron 39 femicidios. Es decir, uno cada 18 horas. En un crecimiento abrupto que supera –según el Observatorio Ahora que sí nos ven- una de las cifras más elevadas de los últimos cinco años. En todo 2026 hubo 249 víctimas y 333 intentos.
Son los retazos perdidos de un porvenir tajeado impunemente. Hay quienes se centran en la presunta psicosis del asesino de Quitilipi que derivó en ese múltiple homicidio. Quienes buscarán analizar exclusivamente el atroz crimen de Merlo (Buenos Aires) porque el homicida/suicida era un ex vigilador privado, fanático de las pistolas y andaba por la vida con su 9 milímetros mientras soñaba dedicarse comercialmente a la venta de armas de fuego.
Siempre habrá una variable individual que permitirá encontrar las razones específicas de tal o cual crimen. Pero ¿sirve acaso para entender la maraña de motivos para los más de 3200 femicidios en la última década? ¿cómo se explica la orfandad a una hija, a un hijo sin que esas razones sean un manto de comprensión para el horror?
¿Puede una sociedad permanecer impávida ante el detalle de cada niña, de cada niño completamente roto en su entramado psíquico y emocional? ¿Puede aceptar el crimen de la infancia cometido con el único y brutal objetivo de hacer daño a otra persona?
El 9 de enero de 2026 un bebé de once meses fue asesinado en González Catán.
Exactamente un mes después, el 9 de febrero, la víctima fue un bebé de un año y dos meses en Ensenada. Dos días más tarde, el 11 de febrero, fue asesinado en El Dique (La Plata) un bebé de 14 meses.
El 26 de febrero, en Caseros fue asesinado a los 13 años Lionel Benítez.
Y el 24 de marzo, en Santa Lucía, Corrientes, fue el crimen de una adolescente de 15 años.
El 16 de mayo, en Chañar Pozo del Bajo, Santiago del Estero, quitaron la vida a un chiquito de 10 años.

Al final de ese mismo mes, el 29 de mayo, fue asesinada en la misionera localidad de El Dorado, Dulce María Beatriz Candia, de 17 años. Y al día siguiente, a 1300 kilómetros, en la capital cordobesa, Agostina Vega, con apenas 14 años. Pocos días más tarde, el 11 de junio, en Melchor Romero, alguien se arrogó el derecho de poner fin a la vida de Zaira Quispe a los 15 años.
Mientras que, cuatro días después, el 15 de junio, Giulia y Gian Colombo, 4 y 10 años fueron encontrados muertos en General Lagos, Santa Fe. Junto a su padre, los tres encerrados en una vivienda donde todo había sido acondicionado para impedir el ingreso de aire y asegurar la acumulación letal del gas. Había una restricción de acercamiento del padre para con la madre. La justicia no la ordenó para los hermanitos.
Cada niña, cada niño, tiene una historia detrás oculta por velos de oscuridad multiplicada. El 2 de julio, fue asesinada de un tiro Candela Urquiza. Vivía en La Matanza, tenía 14 años. Y apenas dos años más tenía Cecilia Lezcano, asesinada de una cuchillada el 16 de julio en Alvear, Corrientes.
Cuando septiembre transitaba sus primeros días, una bebé de 10 meses fue asesinada en Villa Diamante, Lanús, y su mamá, de 18 años fue herida de gravedad.
Hasta las últimas horas eran 12 esos niños y niñas asesinadas. Pero el jueves también lo fueron Dan, Alan y Nicole, de 14, 12 y 10 años respectivamente cuando su papá los asesinó en Merlo junto a su mamá. Y luego, los 4 pequeños de Quitilipi.
Cada una de esas historias conforma un rompecabezas atroz que pincela el tipo de sociedad que se ha ido construyendo a golpes de individualismo, de ferocidad, de destrucción. Hay un mandato de crueldad, al decir de Rita Segato, que termina cincelando cicatrices de violencias múltiples sobre los cuerpos de esas niñas y esos niños, por el simple pecado de ser hijas e hijos de.
Historias que se repiten una y otra y otra vez más, normalizadas como prácticas sociales cada vez más extendidas, tanto por el estado, que connive, oculta u omite como por la sociedad que no estalla ante las salpicaduras de horror que le explotan en el espejo.
El crimen resonante, el disparo que reproduce sus propios ecos y los ríos de sangre que tienen adn femenino y de infancia son apenas el paso final de un largo camino construido por una sociedad desigual, oscura, abonada por prácticas ancladas en estructuras patriarcales y capitalistas. Que obligan, de modo imprescindible, a profundizar estrategias de resistencia capaces de desandar tanta muerte e implosionar las estructuras de inequidad.
Una sociedad que fagocita a su infancia no es otra cosa que una sociedad que se aniquila a sí misma.
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Fundación Pelota de Trapo nació hace décadas para abrigar de las múltiples intemperies a niñas y niños atravesados por diferentes historias de vulnerabilidad social.
Agencia Pelota de Trapo instala su palabra en una sociedad asimétrica, inequitativa, que dejó atrás a la mayoría de nuestros niños y donde los derechos inalienables de la persona humana solo se cumplen para unos pocos elegidos por la suerte