Por Alfredo Grande

Dedicado a Alberto Santillán.

(APe).- Arthur Miller escribió Todos eran mis hijos después del fracaso de su primera obra de teatro. La obra se basa en una historia real, que la entonces suegra de Arthur Miller había reseñado en un periódico de New York, sobre una mujer que denunció a su padre por haber vendido piezas defectuosas al ejército de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. La muerte nada accidental de varios soldados, descubiertas años después, precipita el suicidio del protagonista. La culpabilidad no pudo ser negada, reprimida, escondida, encubierta. La metáfora de la obra de Miller es potente. El que a hierro mata, a hierro muere.

Sin embargo, la cultura represora decretó el tabú de la venganza y de la justicia por mano propia. Sólo admite la lenta, muy lenta, onerosamente lenta justicia por mano ajena. Lo que se llama habitualmente “la justicia”, que poco tiene que ver, más bien es lo opuesto, de lo que denominamos “lo justo”. Y hace especial énfasis en las diferentes formas de impunidad. Especialmente la política.

La culpabilidad de varios funcionarios en la masacre del Puente Pueyrredón, ha tenido el indulto masivo que sólo los votos pueden dar. Hoy el Frente de Todos, incluidos todos esos funcionarios masacradores, es la cara de ese indulto político. Para ellos, nunca fueron todos sus hijos. Ampliaron el mantra de Raúl Alfonsín, y dejaron marcado a fuego que con la democracia también se mata.

Hoy el gatillo demasiado fácil y las causas armadas, son la continuación de esa matanza por otros medios. La fraternidad es un sustantivo femenino. Este vocabulario hace referencia a una amistad, vínculo, afecto, lazo, solidaridad o compañerismo entre hermanos o las personas que se tratan como tales y que promueve los buenos valores como la honestidad, adhesión, respaldo y cooperativismo entre ellos. Desde mi implicación de género, sostengo la fraternidad atravesada sin duda por la determinación de clase. Obviamente, es uno de los tantos resabios de la cultura patriarcal. A mi criterio, el menos relevante.

Unamuno en 1921 inventó la palabra “sororidad”. Hermanos y hermanas no necesariamente son categorías incompatibles. Más bien son complementarias, al menos en una cultura no represora. Se puede cacarear con la fraternidad, mientras se sostienen conductas no fraternas. Es lo habitual y un psicoanalista diría que se trata de desmentida y anulación retroactiva. Lo importante es que una de las tantas instituciones del modo de producción capitalista, las diferentes formas de comunismo de estado, todas las variantes del fascismo, arrasan con todas las formas de la fraternidad. La fraternidad y la sororidad son el fundamento colectivo de todas las luchas contra los poderes opresores. Para que el pueblo unido no sea vencido los vínculos fraternales deben ser creados, cuidados, amplificados, defendidos. Sin embargo, la cultura represora también captura la fraternidad. Muy especialmente la fraternidad.

A pesar de su jaula clasista, la revolución francesa al sostener el trípode de la libertad, la igualdad y la fraternidad conmovieron hasta el fundamento, la divinidad de los reyes. Es análogo al pasaje del cristianismo del amor, a la cristiandad del terror. Y nuevamente fue el aparato del estado, Constantino mediante, que adoptó la religión del amor para triturarla en los sótanos de la inquisición. Los rebeldes, los combatientes, los revolucionarios, seguirán dinamitando los sótanos de la cultura represora, para que los fundantes originarios tengan vida eterna. Parafraseando una vez más a Rosa Luxemburgo, para que “la libertad, la igualdad y la fraternidad de los demás, prolongue la mía hasta el infinito”. Pasaje del individuo abstracto al sujeto concreto materializado en colectivos revolucionarios. Lo revolucionario no es la revolución. Pero es la única forma de propiciar los acontecimientos, los analizadores, los dispositivos, para que el horizonte de la revolución se acerque.

En el marco del trabajo explotado, de la apropiación permanente de plusvalía directa o indirecta, la autogestión es revolucionaria. Como con lucidez implacable escribe Laura Taffetani: “Había un proyecto de país que se iba desplegando firme a cada paso y la clase obrera se organizaba para alcanzar su legítimo derecho de disfrutar los beneficios de lo que sus propias manos producían.
Época también, en la que nadie dudaba que quien verdaderamente genera riqueza del país es la clase trabajadora y no el capital, como hoy se gusta decir para legitimar los privilegios de los más poderosos”.

La época a la que Laura hace referencia es la década del 60/70. Cuando muchos Prometeos volvieron a arrebatar el fuego a los dioses para entregarlo a los humanos. Uno de los logros del capitalismo es poner en primer plano al capital, ocultando en forma canalla que ese capital es trabajo acumulado y robado. Con razón los anarquistas decían “la propiedad privada es un robo”. Por eso considero, siento, pienso, sueño, deseo que todos y todas que se siguen peleando, enojando, embroncando, con todas las formas de la cultura son mis hermanos y mis hermanas.

Maximiliano Kosteki y Darío Santillán son mis hermanos. Fueron asesinados en forma cruel y cobarde. Muy cruel y muy cobarde. Fueron condenados a la pena de muerte por sostener la solidaridad, la fraternidad, la cooperación, el amor entre los luchadores.

El amor amplificado es revolucionario. La cultura represora lo sabe. Y dedica fortunas a impedirlo, pervertirlo, infiltrarlo. Por eso la memoria histórica que nunca será neutral, es la forma de sostener la vida y la rebeldía eterna. Hace 10 años escribí para APE “Fueron como el Che”. Diez años después, sigo recordando y no sólo con memoria, sino con actos, a mis hermanos.

Por eso quiero entregarles un párrafo del trabajo escrito el 1 de julio de 2010. Si con Amanda aprendimos que la vida es eterna en 5 minutos, puedo sostener que la vida es eterna en diez años y más también. “Si el Ideal es lo contrario a la Idealización, siempre pensé que la consigna “sean como el Che” no era un mandato, sino la síntesis de una aspiración fundante. Y que en este caso al menos, el ser y el hacer no estaban disociados. Sean es la mezcla maravillosa del ser y el hacer. Resonancia con un acto, con una propuesta vital, y, en su extremo límite, con una estrategia revolucionaria”.

Por esto, y por mucho más, sigo sintiendo que todos son mis hermanos.

Edición: 4037

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