Por Silvana Melo
  (APe).- En la fría mañana de 12 de Octubre a metros de Mitre, a pocas cuadras del Puente Pueyrredón donde se acumulan de a decenas de miles los que no tienen nada para hacerse visibles, había dos piernas pequeñas que sobresalían del contenedor municipal. Pantalones rojos desteñidos y zapatillas blancuzcas era lo que mostraba la mitad de ese cuerpo. Su cabeza estaría monitoreando como un radar eficiente los restos de alimentos entre la basura de los demás. Su cabeza entre restos de yerba, salsa, botellas rotas, el monstruo bacteriano y cortante que acecha en la oscuridad de esa habitación no tan extraña.

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Por Carlos Del Frade

   (APe).- Las colas a las puertas de las cárceles suelen repetir la postal: chicas muy jóvenes acompañadas de sus hijos e hijas que parecen ser más sus hermanitos. Antes de ingresar las bolsas con alimentos y algunas ropas, esas mismas pibas deben ser requisadas para luego dirigirse a los distintos pabellones donde las esperan sus compañeros. El coraje de las mujeres siempre está presente en estas geografías que tienen más de venganza que de justicia.

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Por Alfredo Grande

(APe).- Cuando la tierra pierde toda dignidad, cuando ni siquiera puede verse el horizonte porque siempre se aleja el amor y la ternura, entonces esa tierra pierde hasta el nombre. No es un desierto a conquistar. Es un páramo a olvidar. Cuando el tiempo se medía en días, meses, años, seguramente ese nombre se repetía, aunque fuera muy de vez en cuando. Hasta que hubo electricidad, en alguna computadora reciclada del basurero permitía leer algunas noticias de las tierras que todavía eran dignas. Hoy, en las tierras sin nombre, nadie recuerda eso.

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Por Claudia Abraham

(APe).- La campana suena puntual y tirana a las 9:45 en señal de que terminó el primer recreo. Los chicos se van acercando para encontrarse con sus maestras e ingresar a las aulas, pero siempre queda un grupito de rezagados que tratan de estirar un poquito más los minutos para embocar la pelota en el arco, que a veces es el de verdad y en ocasiones son unas camperitas apiladas en el piso que indican que allí se para el arquero.

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Por Silvana Melo
(APe).- Sabrina Ortiz es un emblema de ese otro país desdeñado por el feudo mediático. Lleva en su cuerpo las consecuencias del agronegocio que mueve a la ciudad donde vive; esa fábrica de divisas que necesita el país pero que ha roto de a pedacitos su salud, la de su familia y la de tantos vecinos que ella fue descubriendo en timbreos desesperados que reemplazaron la acción del estado. Sabrina Ortiz tiene a sus hijos enfermos, perdió un embarazo, tuvo dos ACV y es consciente de que su organismo es una bomba de tiempo aleatoria activada por el veneno de la producción y la desidia del estado. Hay un pedazo de país, el que lucha desde abajo mordiendo los tobillos del poder, donde Sabrina es referencia. En el otro, el de los que ganan, es desairada, amenazada, ignorada. Ante el desprecio de las instituciones y sus dirigencias, estudió Derecho para defenderse y defender al desamparo vecino.

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