Por Claudia Rafael

(APe).- Villa Muñecas y San Cayetano están a unos 10 kilómetros de distancia entre sí. Para llegar desde una barriada a la otra, en el Norte y en el Sur de San Miguel de Tucumán, hay que atravesar de punta a punta la ciudad. Las dos nenas, en una zona y otra, se llamaban Abigail. Abigail Riquel tenía nueve. Vivía en ese territorio pequeño con nombre de juego y de infancia. Abigail Luna tenía escasos dos. Ella vivía en otra barriada en las antípodas, con nombre de santo al que se le pide trabajo.

Las dos niñas fueron asesinadas este domingo. Hombres con poder para el ejercicio de la crueldad se ensañaron con ellas y acabaron con sus vidas. Hombres sedientos de escriturar en ellas su destreza para la dominación.

Abigail Riquel fue buscada por algunas horas y su cuerpo de niña, fue hallado semienterrado en un descampado cercano a su casa. Con las huellas del horror en la piel, sofocada por la perversidad, arrasada impiadosamente. Dicen que por un desclasado con los rastros más cruentos de humanidad en su propia vida. En burocrática connivencia con una comisaría que prefirió esperar para la búsqueda. Los mismos vecinos de Villa Muñecas la buscaron y la encontraron. Y los mismos vecinos, en sociedad cebada, incendiaron la casilla de quien todos apuntan como el lobo devorador de Abigail.

Ella tenía apenas un año cuando en 2012 en ese mismo barrio periférico otros crueles estaquearon la vida de Mercedes Figueroa que –escribió esta Agencia entonces- “era tan pequeña que ni siquiera alcanzó a trepar a los cielos en una rayuela de arcoiris. Tan chiquita era que su barriada tenía nombre de juego: Villa Muñecas, se llamaba. Apenas seis años tenía y añoraba saltar y danzar con los brazos en alto como alas desplegadas en una risa sonora. A Mercedes la mataron. La destruyeron diminuta. La devoraron sin piedad”. En su historia fue la senadora y tercera en sucesión presidencial en ese tiempo, Beatriz Rojkés de Alperovich, quien cumplió con el rol de revictimizar a las víctimas: culpó a la familia de Mercedes por permitir a la niña jugar en la vereda.

Hace rato que Villa Muñecas parece haber perdido la inocencia que trasunta ese nombre con aroma a niñez.

A casi 10 kilómetros de allí, Abigail Luna llegó al centro de salud con los signos de la atrocidad. Dos años tan solo. Su cuerpito golpeado, masacrado, brutalmente arrasado por un hombre, pareja de su mamá, al que su sola existencia molestó y la quiso barrer de la vida como a un polvillo al que hacer desaparecer.

Dos niñas menos en el jardín de la república. Dos niñas asoladas por la ferocidad de dos hombres que ejercieron el poder de la adultez y la fuerza. Abigail las dos, como el nombre bíblico hebreo. Abi, mi padre; gail, júbilo. El “gozo de mi padre” se traduce. El júbilo de dos hombres que les asestaron el zarpazo de la muerte.

La sangre niña fecundó la tierra tucumana y serpenteó la ciudad de punta a punta. De ese barro rojizo y chocolate deberá por prepotencia de la historia nacer otra tierra. Labrada por la ternura que plante el rumbo a otros amaneceres.

Edición: 4101

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