La tierra de los 6 millones de niños pobres

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Por Claudia Rafael
Foto de apertura: La Obrera Colectivo Fotográfico

(APe).- 35 años después de aquel mítico “con la democracia se come, se educa, se cura” de Raúl Alfonsín, el Indec reconoce que se trata apenas de un eslogan de ocasión, cuando publica que 18.568.600 argentinos son pobres. Que 6.236.827 de esos pobres son niñas y niños de menos de 14 años. Que representan al 56,3 por ciento de los 11.077.846 englobados en esas edades. Tres décadas después de aquel 47,5 por ciento de pobres e indigentes de los días del menemismo, el Indec se ve obligado a revelar que en el segundo trimestre de este 2020 el porcentaje fue de apenas 0,3 puntos menos de los tiempos del riojano neoliberal.

En junio de este año, una pareja con dos hijos tuvo que juntar, peso sobre peso, casi 44.000 para no caer desde los acantilados de la pobreza. Y debió juntar 18.000 pesos para no quedar incluido en el universo de los indigentes.

Y hace menos de dos meses un informe de Unicef Argentina desentrañaba que para fin de 2020 habrá 8.300.000 niñas, niños y adolescentes por debajo de la línea de pobreza que, en porcentaje implica un 62.9 por ciento. Con miradas en el tiempo de un dramatismo invisibilizado. En diciembre de 2019, Unicef Argentina advertía que en el país que alguna vez se vanaglorió de ser una aventura de pan y chocolate (como solía decir Alberto Morlachetti) a lo largo de los últimos 30 años la pobreza infantil jamás descendió por debajo del 30 por ciento.

A 37 años de aquella histórica y conmovedora recuperación de la democracia, hay una deuda sostenida que no hace más que devestir de sueños a niñas y niños que se sientan a una mesa vacía. Que construye una condena que les hipoteca los días. Impartida por la orquesta de poderes económicos, judiciales y políticos cuando eligen pedir permiso a los dueños de las vidas y las muertes para saber, si les es posible, si no les generaría malestar alguno, si por una sola vez y nunca más, están dispuestos a hacer un “Aporte Solidario y Extraordinario” de entre el 2 y el 3.5 por ciento del total de su patrimonio. Algo así como 32.484 personas que declararon patrimonios de más de 1 millón de dólares y que acumulan en total –según Afip- bienes personales por 104.000 millones de dólares.

Pero sigue habiendo 6.236.827 niñas y niños (o 8.300.000 si se incluyen los adolescentes, según el vaticinio de Unicef para diciembre) que tienen sobre sus cuerpos el escarmiento de su pertenencia a la infancia. A 30 años de la firma de la Convención de los Derechos del Niño, el decálogo de derechos constituye una vana quimera. Las chicas y chicos aprenden en la escuela desde hace décadas que tienen derecho a una alimentación sana, a una vivienda digna, a una salud integral pero las cifras que hoy dio a conocer el Indec describen que hay pocos textos más ajenos a la realidad cotidiana que los que integran la Convención.

El hambre sigue siendo un mapa tallado en los rostros del olvido. En el que la infancia asume sobre su piel las cicatrices tempranas de la crueldad y porta sobre su espalda la miseria estampada como sentencia inapelable. Esta vez fue la pandemia la que aportó su cuota de perversidad para hacer explotar las cifras de pobreza e indigencia sobre cuerpos con nombre y con rostro. Y quizás la fotografía más despiadada sea la toma de terrenos de Guernica, con todo lo que simboliza en dolores acumulados en el tiempo y con el karma hecho carne del poblado español inmortalizado por Picasso.

Tres décadas y siete años más tarde de aquellos días iniciáticos que pugnaban por dejar atrás las botas y los fusiles de los desaparecedores, el crimen del hambre se sostiene a fuerza de una irrefutable determinación de los marioneteros del sistema.

Hará falta demasiado coraje para recuperar los sueños. Para arrancar la utopía de los calendarios olvidados. Y recordar –como escribía Gelman- que el frío de los pobres que un día triunfarán, cruje en el fondo del país torturado.

Edición: 4089


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