Por Alfredo Grande

Dedicado a Alberto Santillán.

(APe).- Arthur Miller escribió Todos eran mis hijos después del fracaso de su primera obra de teatro. La obra se basa en una historia real, que la entonces suegra de Arthur Miller había reseñado en un periódico de New York, sobre una mujer que denunció a su padre por haber vendido piezas defectuosas al ejército de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. La muerte nada accidental de varios soldados, descubiertas años después, precipita el suicidio del protagonista. La culpabilidad no pudo ser negada, reprimida, escondida, encubierta. La metáfora de la obra de Miller es potente. El que a hierro mata, a hierro muere.

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Por Silvana Melo
   

      (APe).- Los cuatro años de Luz Emily se apagaron una madrugada de plenísimo invierno, a las cinco de noche de la mañana. Y ella supo, acaso antes de morir, que los monstruos de los cuentos, que se cuelan por la ventana o aparecen por las cañerías, pueden vivir en casa. Y ser personas de carne y de hueso, con cara de papás a la hora de comer. Luz se apagó junto a su mamá, mientras dormían. El poderío cobarde del hombre que mandaba entre esas paredes las mató durante el sueño. Por estrangulación, dicen los partes policiales.

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Por Laura Taffetani

(APe).- Cada época construye sus relatos, los que nacen del poder real y los que subyacen en las sombras de los que no lo tienen. Por eso, en quienes se aprecien de una lectura crítica para la transformación de esas relaciones de poder, es tan importante tender el puente entre la realidad que vivimos y las ideas que la atraviesan. En ese sentido, una de las ideas insigne de esta época en materia de infancia y juventud, la representa -sin lugar a dudas- la percepción reinante sobre el trabajo infantil.

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Por Carlos del Frade

 


(APe).- “…Yo soy de Arroyigasito, Central de Rosagasario, de la pasión de los barrios, nacimos entre los obreros, crecimos como atorrantes, por eso yo soy guerrero, guerreros con mucho aguante…”, canta la hinchada de Central en las tribunas del Gigante de Arroyito al ritmo de “Parte de la civilización”, de “Divididos”.

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Por Claudia Rafael

(APe).- 18 años.

La masacre ya obtuvo su mayoría de edad. 18 años después se siguen viendo sobre el puente que atraviesa la ex avenida Pavón, a la altura de la estación Darío y Maxi, en Avellaneda, las mismas dos figuras entrelazadas y la misma y exacta frase que marcó la historia.

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