Por Silvana Melo
(APe).- El AMBA, como termina llamándose a la ampolla viral del corazón de esta tierra, concentra en apenas un mosaico a poco menos de la mitad del país. Muy lejos de la oficina central de dios, en un barrio de Formosa ciudad, a las cuatro y media de la madrugada vagaba por la calle un niño sin nombre. No alcanzaba a cumplir dos años. Iba descalzo, en pañal abultado por la carga y en llanto inflamado por frío y desconcierto. Lo encontró la policía, en patrullaje nocturno pos noche del amigo. En el hirviente hacinamiento del AMBA, diciembre acabó con 7 de cada 10 niños en la pobreza. Tres de cada 20 en la indigencia. Y nadie imagina lo que quedará cuando todo pase. Acaso la foto sea la del niño sin nombre, solo y sin rumbo, en una calle desierta y nocturna de Formosa.

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Por Carlos Del Frade

   (APe).- La historia rosarina, desde la democracia recuperada en 1983, tenía un solo crimen político: 8 de febrero de 1986, el asesinato del entonces diputado provincial de la Democracia Progresista, Mario Armas. El martes 14 de julio de 2020 se agregó el del ex concejal y pastor, Eduardo Trasante. Cerca de las tres de la tarde, dos balazos terminaron su vida dedicada a pelear por cada piba, por cada pibe para que no sean explotados o esclavizados al servicio de las bandas narcopoliciales que ya le habían arrebatado a dos de sus hijos, Jeremías, uno de los tres muchachos del triple crimen de Villa Moreno, el primero de enero de 2012 y Jairo, en febrero de 2014.

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Por Alfredo Grande
    (APe).- El tiro de gracia era para no dejar heridos. Podía ser a sangre fría, tibia o caliente. Pero siempre era la solución final a una escala minimalista. El tiro de la desgracia no es letal. No quiere asesinar en ese instante. No pretende suprimir en forma inmediata la capacidad del adversario. Lo va limando, lo va disminuyendo en sus aptitudes psicofísicas. Es la lógica de la tortura. De a poco ir quebrando a la víctima. De ninguna manera asesinarlo. Fusilamientos que son simulacros. Cada tanto un torturado muere por las heridas recibidas, los traumas infligidos, los terrores inoculados. La tortura es el paradigma de la crueldad, que es la planificación sistemática del sufrimiento.

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Por Silvana Melo
(APe).- Es un puñado de pibes desparramado por los campos de Baradero. Vecinos de cursos de agua subsidiarios del Paraná. Que pueden soñarse dueños del horizonte y de los amaneceres libres, como se han vendido las vidas rurales hasta que la agroindustria las convirtió en nubarrones espasmódicos de venenos que ensucian el cielo de los pájaros, los pulmones de los niños y el alimento de todos. En nombre de la rentabilidad extrema, los commodities de exportación y los combustibles agrarios. Cuando Paola, su maestra, los fue a ver –se extrañaban después de cien días- los encontró con puertas y ventanas cerradas en su paraíso natural de verde y sol. Y el olor de las derivas dejó en claro que las cuarentenas incluyen como esenciales a los envenenadores. Y cómo explicárselos a ellos.

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Por Claudia Rafael

(APe).- Los 18 años de Lucas Verón llegaron con el final de su vida. Fue la víctima número 21 de una lista de 20 varones y una mujer. De los 20, 12 tenían menos de 25 años. Y 12 también vivían en la provincia de Buenos Aires y fueron ejecutados por balas del Estado. Tres en Córdoba; dos, tanto en San Luis como en Tucumán y uno en CABA igual que en Jujuy. Lucas Verón estaba estrenando sus 18 en el conurbano profundo –en poblados cuyas calles también pisaba Luciano Arruga- y ya era madrugada de viernes cuando uno o dos de los policías que decidieron perseguirlo cuando iba a comprar gaseosas, lo atropellaron, le dispararon, lo asesinaron, intentaron dibujar la causa y se escaparon. El plomo sobre su cuerpo fue un plomo estatal.

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