Por Carlos del Frade

(APe).- Si el hombre es la medida de todas las cosas –como dicen que pontificó Protágoras en el siglo quinto antes de Cristo- cada uno, entonces, en medio del capitalismo exacerbado, puede convertirse en víctima – victimario.

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Por Alfredo Grande

(APe).- Las derechas no tienen la vergüenza de haber sido, pero empiezan a sentir el dolor de ya no ser. Y me refiero a que en tanto la pandemia de COVID 19 no retrocede, se ha convertido en un analizador histórico del fundante de modo capitalista de producción. Que podemos resumirlo en dos conceptos: “lucro y crueldad”. Lucro que nada tiene que ver con ganancia. Crueldad que nada tiene que ver con violencia.

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Por Ignacio Pizzo (*)

(APe).- Niñez y vejez transitan sus encierros en los arrabales de la miseria, tumbas de gloria, pena y olvido, en el patio trasero de la ciudad. A metros de la cuenca capitalina del riachuelo se alza la villa 21-24. La parroquia Caacupé sobre la avenida Osvaldo Cruz recibe cada mañana a las familias que buscan alimentos y quizá, el agua bendita que cure las pandemias de cualquier tipo.

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Por Silvana Melo
   (APe).- Y pasó el día de nuestras crías, de los cachorritos de esta humanidad que no los ve porque generalmente están demasiado abajo, fuera del horizonte mezquino de los ojos. Pasó con seis de cada diez de ellos en la pobreza golpeados a látigo por la pandemia. Y por el desinterés más o menos voluminoso de cada gobierno que fue transitando por esta pobre tierra. Pasó el día con ellos sin sociabilidad legalizada, sin escuela donde encontrarse, reconocerse y ser todo lo iguales que se pueda ser en una sociedad brutalmente injusta, pasó el día con las jugueterías felices por el día mercantil de las infancias olvidadas, pasó el día con los niños de las escuelas rurales encerrados en su horizonte visible esperando que no pase el mosquito y el avión que llueven veneno. Para los que no hubo aislamiento ni cuarentena.

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Por Claudia Rafael
   (APe).- Un manojo de huesos. Una zapatilla. Las huellas de una cuatro por cuatro que se interrumpen en el sitio. La angustia de una mujer-madre. Los brazos violentos del Estado. Las agujas de los relojes que transcurren como el tiempo para saber si es o no Facundo Astudillo Castro. Un tiempo que no llega. Que se estira. Y la zapatilla, que sí era de Facundo, a exactamente 30 metros del cuerpo esqueletizado. Zapatilla que es advertencia. Y que, indudablemente, no fue él quien dejó en el lugar del hallazgo. De casi imposible acceso.

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