Escribe Alfredo Grande


(APe).- Está donde hay que estar. En la lucha. Junto a los que sufren. No para sufrir con ellos, sino para sentir como ellos. Enfrentando la zona de confort de la denuncia banal, de la escritura fácil, tan fácil como puede ser el gatillo. Está poniendo el cuerpo, pero también está dejando el cuerpo para sostener otros cuerpos. Mirando al país que no miramos; padeciendo el país que no padecemos; luchando por el país que no luchamos. Está creando nuevas consignas, sin intentar repetir ninguna.

Democracia no es lo justo. Ni lo bello. Ni lo verdadero. Está con la sonrisa de los buenos, de los valientes. Está convencido que las Malvinas son argentinas, pero también está convencido que la Patagonia es cualquier cosa, menos argentina. Está viajando en el viento, donde la tierra es sólo una excusa para un pequeño descanso. Pero está también en ese pequeño gran descanso que nuestra única madre, la tierra, brinda a todos los que saben amarla y respetarla. Yo sé donde está.

Porque he conocido a muchas y muchos como él. Que también siguen estando, porque el pueblo podrá ser vencido, quizá convencido, pero no olvida a sus héroes y heroínas. Está donde están los que dan su vida para una mejor vida. Donde una palabra, un fusil, un libro, un sermón, una plegaria, un abrazo, son también epopeyas libertarias. Está escuchando, hablando, discutiendo, riendo, aprendiendo, enseñando. Está en la lucha de todos y todas los que lo desean encontrarlo. Porque tienen el profundo anhelo de abrazarlo, acariciarlo, besarlo, mimarlo, consolarlo. Está para que le expliquen en qué se convirtió este país, que vuelve a tragarse a los mejores.

Y está para que al mismo tiempo que intentamos explicarle en que hemos llegado a convertirnos, también podremos intentar entender que el “nunca más” terminó siendo la coartada para continuar en democracia las tareas pendientes en dictadura. Y que los 90 siguieron vivitos y golpeando, desde la inmortalidad de la ley de entidades financieras que pariera el ministro de economía para financiar el genocidio.

Está en todas y cada una de las marchas. Donde su rostro hermoso de joven bueno será un ícono permanente de la madre y padre de todas las luchas: defender la vida, todas las vidas. Está, pero no está solo. Su rostro, su cuerpo, sus gestos, están rodeados de sus hermanos en lucha. Está donde tiene que estar pero nunca solo. En la mayoría de las fotos, de las imágenes que circulan, queda su figura y su rostro en primer plano.

Pero nunca estuvo solo. Porque en la lucha ancestral de los originarios, la soledad, el aislamiento, y el individualismo están ausentes. Son siempre luchas colectivas. Resistencia ancestral al represor de ayer, de hoy y de mañana. El nombre de la bestia puede ser Benetton. Pero no es el único nombre. Millones de hectáreas robadas y saqueadas para el lucro de los ricos que siempre pueden ser más ricos y para el hambre y la miseria de los que siempre pueden ser más pobres. Yo se que está en las plazas, en las escuelas donde los maestros lavan las cabezas de los alumnos que han sido ensuciadas en décadas de cultura represora.

Entonces hay una pregunta que no dejará de ser pregunta colectiva: “¿Dónde está Santiago Maldonado?”. Pero también de cientos de miles de gargantas surgirá la respuesta: “Santiago está en nosotros”. Está y seguirá estando. La lucha será permanente, y habrá victoria sin final. Ahora lo que queremos es que vuelva de donde está. Aparición con vida. Pero esa aparición no depende de él. Depende de nosotros. Mientras se sostenga la pregunta, la vida en su complejidad biológica, psicológica, social, política, militante, ética, seguirá apareciendo. La vida de los que luchan no dejará de aparecer. Cuando parece que la zona de confort le gana a la zona de combate, el gigante dormido despierta. Por el momento reacciona. Pero el terror del Poder Carnívoro es que no solamente reaccione, sino que accione.

“No es el pueblo quien debe temer al gobierno; es el gobierno el que debe temer al pueblo”. Del temor al terror: la política es otra de las formas de torturas cuerpos y almas. Picana y/o tarifazos. Capucha y/o hambre. Cuando nos demos cuenta que Santiago nunca más dejará de estar, entonces estaremos mejor preparados para recibirlo. Porque hay demasiados “santiagos” que necesitan que los vayamos a buscar, que nos preguntemos donde están, que necesitan que los esperemos. Y fieles a la sentencia de Bertold Brecht: “pobre de la tierra que no tiene héroes”, sabemos que los tenemos. Y los necesitamos. Pero lo más importante: nos necesitan. Cuando Bulrich, Bulrich y Asociados ni siquiera sean recuerdos, las historias de los luchadores, de los valientes, de los que sostuvieron sueños posibles, no dejará de ser contada. Y nuestros combatientes estarán en cada una de esas historias. Que también contarán por qué marchamos.

Edición: 3427

 

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