Por Silvana Melo

(APe).- Tristeza nao tem fin… felicidade sim, canta Vinicius eternamente. Aun cuando la alegría estalla como una bengala en el cielo de los pueblos. Y dura lo que dura la luz que atraviesa un milímetro del mundo. La luz que fue Lionel Messi, emergiendo de su elite planetaria, del ceamse moral del fútbol argentino, del festival de negocios espurios que es la AFA, para ser el superhéroe que esperaban los pibes de Orán, los de Villa Gobernador Gálvez, los de José León Suárez, los de Fiorito, los de Caleta Olivia. Esos anónimos, atravesados por un futuro artero que los amenaza, arrinconados en los márgenes por un presente gerencial, que no entienden por qué su superhéroe (que en los días planos de la cotidianidad ha sido Benedetto o Scocco) abraza tan calurosamente a Chiqui Tapia y esquiva a Angelici. Pero sí entienden que con tres goles de ese mismo pie Argentina va a Rusia. Y todo lo demás pierde color, se agrisa, deja de importar.

Es eso lo que deberíamos pensar con ellos. Que lo que ha perdido color no lo perdió por contraste con la luz de Messi. Que no puede dejar de importar el ramillete de horrores cotidianos a partir del vuelo de un superhéroe que no emprende un salvataje colectivo, una construcción de todos para un mundo más humano. Sino que salva a la elite desde la elite. Y regala un rayo fugaz de felicidad en el resto. Una felicidad que es finita. No como la tristeza.

Eso es lo que deberíamos pensar con ellos. Que la belleza mágica del superhéroe, que el todolopuede en dramática soledad, no cambia esa angustia feroz de todos los días, la que ronca en la panza cuando se saltea el almuerzo, la que se vuelve rabia cuando los encierran en gallineros sociales mientras digitan la suerte de todos desde las gerencias de Palermo Hollywood. La que se vuelve terror cuando la policía les gatilla de espaldas, cuando la gendarmería lleva carteles con sus rostros después de que los desapareció.

La maravilla del pibe que gana 574 mil euros por semana no debería ser parte de la campaña oficial, telón que esconda que Argentina es el país que más se endeudó en el mundo en estos diez meses de 2017. Que cada vez más gente duerme en la calle, al borde de todos los abismos y al margen de los índices que transforman a las personas en números que oscilan en millones. Cuando cada cuerpo, cada carne, cada nudo en la garganta es un mundo único y particular. Y es la humanidad entero condenada al sacrificio. No debe esconder que la gerencia del país, en una tierra donde se arrojó gente viva al mar, piense en mandar 572 en un cohete a la luna para sacárselos de encima. Que es como tirarlos al mar.
Eso es lo que deberíamos pensar con los pibes de Orán, de Villa Gobernador Gálvez, de José León Suárez, de Fiorito, de Caleta Olivia.

Que el milagro del pibe que de pronto fue dios no puede ser el manto de olvido de los negocios y la disputa por el poder en la AFA, de una elección donde votaron 75 personas pero hubo un empate 38 a 38, de la asociación delictiva entre barras, dirigentes, policías y políticos, de las operaciones político judiciales desde la Boca –donde nadie preguntó por Santiago pero en Ecuador sí-, de una justicia esperpento que responde al poder de turno, de la violencia y la vileza y de los negocios –otra vez- que dejan siempre afuera a los que encandilan con el marketing mientras le cobran el fútbol por TV y si no lo pueden pagar que no lo vean.

Dice Carlos Del Frade: “el fútbol sintetiza la sociedad capitalista: grandes mayorías que siempre se conforman con ser espectadores del juego de unos pocos”.

Habrá que hablar de estas cosas con ellos. Aclararles que mientras los otros juegan un juego ajeno, ellos recibirán las planchas cuando intenten un sombrerito. Los ligamentos que se rompen en este juego injusto son de las rodillas raspadas en los potreros. Las tibias que se fracturan son las más endebles por falta de calcio. Y cuando haya que ganar, habrá que armar un equipo en serio. Sin superhéroes de hat trick y 574 mil euros por semana. Donde todos jueguen rabonas y les pinten la cara, por una vez, a los propietarios de la vida ajena. Y la tristeza pueda tener fin, como la felicidad.

Edición: 3458

Libros de APE