Por Alfredo Grande
(APe).- “Testaferro es un sujeto jurídico, un mandatario, que presta su identidad como persona física en un contrato o para la titularidad de un negocio que en realidad le corresponde a otra persona, es decir, que actúa en nombre propio y asumirá todas las responsabilidades aunque luego transmita los negocios, bienes o beneficios que adquiera la persona que representa.” Una definición no deja de ser un corral semántico. Abramos ese corral y dejemos que “testaferro” se convierta en un concepto pegaso que vuele libre sobre diferentes territorios. Primero desalojamos “sujeto jurídico” y lo reemplazamos por sujeto político. Ahora mal: el sujeto político no necesariamente es colectivo, no necesariamente es grupal, no necesariamente es vincular. El sujeto en la matriz de la cultura represora puede ser un individuo. Y su duplicación ser apenas una “individualidad doble”. O sea: imagen espejada. Esa imagen espejada puede tener masivas repercusiones. Rating, viralización, likes, me gusta, retweet. El Uno se disfraza de Múltiple. Por eso no es lo mismo la voz que el eco amplificado de la voz. Con un buen equipo de audio todos tenemos voz de orador de barricada.

Hay momentos de la historia donde el bajo o nulo perfil es una estrategia de supervivencia. En la Norteamérica de la posguerra, el ataque de pánico que el comunismo generaba obligó a políticas extremas. Todavía no se había inventado el Rivotril. Entonces recurrieron a la doctrina Mac Carthy, viralizada como “macartismo”. Algunos emigraron, como Charles Chaplin, y muchos de los artistas que se quedaron tuvieron que conseguir testaferros que pudieran firmar sus textos. Con sus nombres verdaderos, aunque elogiaran la inmaculada concepción de María, no podían publicar. Aunque la necesidad no siempre tiene cara de hereje, el nombre propio fue abandonado y entregado al testaferro.

Sugiero pensar si la estrategia de la fórmula presidencial del Frente de Todos tiene elementos en común de esa lucha contra el macartismo. Primer elemento: el Alberto no tiene votos propios. O sea: a lo sumo estaría cómodo o incómodo entre Espert y Gómez Centurión. Pero encabezó la fórmula que triunfó en primera vuelta. Aunque el escrutinio definitivo termine siendo una segunda vuelta, lo que quizá desnude un cierto pacto de gobernabilidad, llamado transición, del tipo “si no somos lo mismo, que no se note demasiado”.

Quizá la razón de estado, que es una razón que al corazón enferma, indique que la individual doble, conocida como “les Fernández”, sea la mayor alianza de izquierda al centro, que la gente puede tolerar. Nuevamente se repite la historia machista: “detrás de cada gran hombre hay una gran mujer”. Con el agravante de que no es un “gran hombre”. Y menos para la “pole position” donde quedó ubicado.

Ya escucho las voces que me increpan: “es la política, estúpido”. Respondo: “es una política estúpida”. Porque no es bueno esconder el as en la manga cuando no tenés mangas. Entiendo que “la Fernández” no haya querido o podido, porque sabido lo tiene bien sabido, ser la candidata para un tercer mandato. Yo lo comprendo. Pero no fue una decisión colectiva, al menos grupal, que con un siempre efectivo análisis FODA (fortaleza, oportunidad, debilidad y amenaza), hubiera evaluado la estrategia sorprendente. Al menos, para disimular que las Paso son puro cuento. Se elige lo que ya está elegido.

Ahora mal: lo que quedó marcado fue el “sorprendió a propios y extraños”. Y este es el talón de Aquiles. O sea: el punto de máxima inconsistencia. Si “el Fernández” habla por boca propia, sufre de un fenómeno de múltiple personalidad, ya que ayer nomás enunciaba diagnósticos letales sobre la segunda presidencia de la hoy vicepresidente electa. Y si habla por boca ajena, es el mejor testaferro en la historia de la política argentina.

Cámpora intentó ser el testaferro del general y duró 48 días. Pero el descargo era que Perón estaba proscripto. Al contrario, para la mayoría de este país, “la Fernández” está prescripta. Es cierto: para las fotos, discursos, actos, está. Pero sin temor a equivocarme, aunque eso no signifique que no me equivoque, corremos el riesgo de que el muñeco adquiera vida propia. Y como sabemos desde Mary Shelley, el Dr. Frankestein termina mimetizado y víctima de su siniestra creación.

Políticamente, el Alberto y el Sergio, estaban muertos. Sorprendentemente, resucitaron como presidente electo y como futuro presidente de la cámara de diputados. En el juego de los testaferros/espejos, puede ser imposible saber quién está detrás de quién.

La política del testaferro es otra de las máscaras de la cultura represora para confundir hacia dónde dirigir nuestras críticas y orientar nuestros combates. Pero una versión aún más siniestra del testaferro llegó para quedarse. Cada niña, niño con hambre, cada jubilado con su jubilación letal e inmóvil, es un testaferro por mandato que está pagando las deudas y estafas de sus representantes. El capitalismo financiero convierte a cada ciudadano en testaferro no voluntario que paga con hambre, sudor, lágrimas, tristeza, penuria y muerte, las estafas que se hacen llamar “deuda externa”.

A los pactos perversos que permiten la existencia de todo tipo de testaferros, los políticamente voluntarios y los económicamente esclavizados, seguimos llamando democracia.

Sin dudarlo, esta democracia es otro testaferro de formas sofisticadas de terrorismo de estado. Y mientras admiramos las luchas de los pueblos chileno, ecuatoriano, haitiano, nosotros vamos de casa a las urnas, y de las urnas a casa. Y sin saberlo, o quizá sí, cada votante es un testaferro más.

Edición: 3979

 

Recién editado

Libros de APE