Por Bernardo Penoucos

(APe).- Ellos y ellas hablan, hablan diciendo con el lenguaje hablado o hablan diciendo con el cuerpo, hablan desde la mirada lejana o hablan gritando desde un pedacito de patria que, las más de las veces, sigue ensombrecida y sin respuesta.

Los niños que transitan muchos de los hogares convivenciales y los jóvenes-niños que transitan los institutos, los programas y, lastimosamente, las cárceles nuestras y hacinadas de cada día, también hablan, hace rato que hablan y que dicen, y que nos avisan y que nos explican; mas las respuestas devienen, históricamente, en acartonados programas, en focalizadas intervenciones, en políticas herméticas y cortoplacistas que poco han entendido y sentido sobre esas otras construcciones sociales que también existen y mucho en los márgenes de los centros urbanos.

Que ha ganado la palabra inseguridad por sobre la de integración es una verdad revelada a los cuatro vientos, es una certeza que se sigue plasmando en discursos, en prácticas y en proyecciones. El joven que desde su primera institucionalización se plantea un rumbo contrahegemónico será catalogado como disfuncional, como por fuera del orden, como no correspondido por una cadena de producción que necesita homogeneidad, eficacia y optimización en los resultados. Entonces será el revoltoso de la primaria, el raterito del barrio, el consumidor de la esquina o el temido de las instituciones; pero él ya venía hablando, hablaba cuando llegaba tarde a la escuela o hablaba cuando dejaba la escuela, hablaba cuando construía sus vínculos desde la violencia y hablaba cuando en un abrazo se fundía y se quedaba dormitando en otra realidad posible, hablaba cuando decía lo que quería y hablaba cuando decía que no podía, hablaba cuando se fumaba un porro en el baño o hablaba su cuerpo cuando, por trabajar hasta tarde, se desplomaba en la clase de la mañana.

¿Se puede pensar una política pública sólo desde la verticalidad de un poder político concentrado?¿Se puede construir un lenguaje de programa social orientado hacia quienes, desde su lenguaje, poco han sido escuchados?

Siguen abarrotándose los hogares, los institutos y las cárceles, los cuerpos que las pueblan son los cuerpos nacidos en el lodo de la historia, en los patios traseros, en las sombras de un sistema que no para de escupir lo no correspondido, lo desajustado, lo otro. Se siguen construyendo muros ideológicos y muros de cemento, los niños se lavan su ropa en los institutos y se lavan su rabia en un llanto solitario y en una palabra que nunca o casi nunca llega al receptor, los pibes que se amontonan en las cárceles de la Provincia, la mayoría de los pibes que se amontonan en las cárceles de la Provincia ya había pisado un instituto antes de llegar al sistema penitenciario de adultos:

¿Dónde quedaron sus palabras de antes? ¿Donde sus gestos de niños? ¿Qué rechazos transitaron? ¿Qué oídos fueron los sordos que progresivamente los empujaron a la invisibilidad?

Pero ellos y ellas siguen estando y siguen diciendo.

Entonces ¿de qué hablamos cuando hablamos de la incapacidad de hablar? ¿Hablamos de los pibes o hablamos del Estado?

El concepto infancia ha sido reemplazado por el concepto de niñez, infancia alude en su etimología a aquel que no tiene voz, en cambio el concepto de niñez impulsa otros significados vinculados a los derechos y a la protección de esos derechos que el Estado y la comunidad toda debería de garantizar.

En estos tiempos, y tristemente, mucho de infancia tiene esta niñez, mucho de silencio tiene esta realidad.

Edición: 3335

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