Por Claudia Rafael

(APe).- Junta los cartones. Los apila. Amontona las cajas viejas desarmadas. La esquina parece tomada pero es sólo por las noches. Avenida Mitre al 600, a 3 ó 4 cuadras de la Plaza Alsina en Avellaneda. La mujer es joven. Muy joven. Con un ramillete de críos a los que va acomodando mientras el carrito que tracciona con su sangre espesa y roja hace de pared en las puertas del Banco Francés. Ahí donde la plata va y viene y sale caliente de los cajeros automáticos. La noche se va haciendo fresca. El Conurbano no abriga. Es radiografía de expulsiones. La pila de cartones no basta. El kilo está a 5 pesos y monedas. Hay que juntar. Patear la calle y estirar la mano. El más chiquito berrea y quiere teta. La flaca teta que nutre mientras la joven mamá acomoda al resto a su alrededor.

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Las escaleras mecánicas van bajando y se escucha de lejos una moneda por favor. Con voz metálica y potente, ya cansada de repetirse una, dos, diez veces. Tan mecánicamente como las escaleras. Una nena de 4 ó 5 chupetea de la bombilla de una cajita de jugo de cartón. La aprieta entre sus deditos.

Aplasta la bombilla con los dientes. La gasta. Un bebé de meses en los brazos de la mujer. Tres o cuatro turrones al costado.

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Un pibe de 8 apoya las estampitas en las piernas de los pasajeros cansados del subte. Que van o vuelven de ninguna parte. Diosito o la virgen desatanudos, el gauchito que siempre salva; la María, la que parió al Jesusito. Una pierna, dos piernas, tres piernas, cuatro piernas. Miradas que no miran. Un billetito que le sobre. Una moneda que se le escape del monedero. La sonrisa cansada. Las ganas que no están. Los días que se repiten. Y el pibe de 8 que parecen 6 pero que se sienten como 20 sobre los hombros.

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Detrás de cada chico de la calle hay una madre y un padre desocupados. O, describía Gelman, un animal furioso que mastica la piedra de la calle.

Pintura: Sin pan y sin trabajo. Ernesto de la Cárcova

Edición: 3867

Recién editado

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