Por Silvana Melo

Foto: M.A.F.I.A.

(APe).- Si nos preguntan qué hicimos cuando el estado les abría las puertas del encierro a los monstruos y nos forzaba a nosotros las ventanas del espanto, les mostraremos una foto de ayer. Les mostraremos una imagen de Nora pequeñita y enorme. 87 años de atestiguar infamias y vencerlas a golpes de nobleza y ternura. Pero no la tapa de Clarín. Les mostraremos los pies cansados y las articulaciones doloridas. Pero no la boca del Presidente pronunciando dificultosamente “lesa humanidad” mientras piensa en sus amigos con la misma lengua.

Les daremos a beber las lágrimas de las viejas en sillas de ruedas desfilando y una vez más a resistir, como siempre y hasta el último nervio del alma. Pero no la foto de los diputados con la imagen del no al 2x1 y su lógica de supermercado. No a la oferta de libertad barata, muchos de ellos después de negar el genocidio, de ser parte de empresas cómplices, de pactar con cualquiera que les asegurara una silla al rescoldo del poder.

Si nos preguntan, algún día, no dejaremos desnuda nuestra vergüenza ni las ocasiones en que no estuvimos a la altura. Heredarán la sangre y la piel que quedó en las púas del alambre de la historia, pero dejaremos en el sótano lo que nos pudo, aquello que nos derrotó cuando la alternativa era horrible. Cuando el uno o el otro camino eran horribles. Aunque nos quisieron hacer creer, hace dos años no más, que optábamos entre dios y el demonio.

Si nos preguntan les diremos que hay plazas y pañuelos y consignas verdaderas, de ésas que se llevan puesta la vida y le tuercen el brazo a la muerte. Pero no les confesaremos las disputas intestinas de nuestro propio recinto, avergonzados de replicar en nuestra propia plaza ciertas mezquindades y ciertos pactos y ciertas alianzas que nos sublevan en los otros.

Si nos preguntan les abriremos la boca para mostrarles una garganta roja y afilada. Pero no les diremos la hipocresía. No les diremos que el poder político negoció con el poder judicial y decidió, el poder transante, con un descaro inexplicable, un salvoconducto para sus amigos en una ley que ya no existe. ¿Para qué les vamos a decir que creían en un manso sometimiento porque a la gente dejó de conmoverla el curro de los mártires?

Para qué decirles que tuvieron que hacer acrobacias dialécticas para exhibir sin rubor una teoría en las antípodas de la negociada hacía diez minutos. Que no tuvieron problemas en dejar malparadísimos a sus propios socios, a puro cruce de vereda compulsivo. Para qué si la tapa de Clarín les arroga a ellos la victoria de excluir a los genocidas de nuestra calle. Y fue la propia calle nuestra, tomada por historia sin permiso de nadie, la que les torció la lapicera con que firman la impunidad.

Si nos preguntan quién nos llevó habrá que decirles que fuimos solos. Mejor: que nos llevó la llama que aún se enciende en la ochava del corazón donde están los muertos. Y los que no aparecieron siquiera en huesitos erosionados por la tierra o desechados por el mar. En esa esquinita ardiente donde todavía está el impulso de cambiarlo todo. De hacer de esta injusticia una media para ver qué amanecer tiene su revés. Les diremos que la historia del chorizo entre panes es la crónica del desprecio de clase. Es el negro barrial, el corrupto berreta que se vende por una digestión de media hora.

Les diremos que la verdad anda por otro lado. Que la memoria, que la Justicia. Que hay banderas donde uno se abriga cuando vienen estos fríos que congelan el reloj del corazón. Y hay veredas que se reconquistan todo el tiempo. Porque las visitas que vienen como para quedarse a vivir duran lo que dura el espejismo del poder. Después, volvemos a estar solos. En esa soledad profunda de quien dice no todas las veces que es necesario decir que no.

Y desde esa soledad les explicaremos. Cuando nos pregunten.

Edición: 3343

 

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