Por Claudia Rafael

(APe).- Tienen 5 y 8 años. Son hermanitos. Dicen que quisieron jugarle una carrera al premetro pero no llegaron. Apenas un par de saltos, tres piques, un abanico de segundos que no le hicieran la jugarreta. Pero no. La carrera del tren suele no perdonar las vidas en los márgenes. Empuja. Arroja. Desangra. No hay forma de ganarle la maratón al premetro cuando se tienen 5 y 8 años y se vive en la villa 20 de Lugano, que lleva nombre de Papa pero que arrancó con una toma del pobrerío desesperado. Donde un pedazo de techo que cobije puede ser la diferencia entre la vida y la muerte. Tienen 5 y 8 años y van a la escuela. A uno de ellos le amputaron la pierna, le talaron los sueños, donde los hierros feroces del premetro alcanzaron a asirlo. Al de 8, lo rescataron desde debajo del tren y por estas horas le pelea a los dioses de la muerte que quieren arrebatarlo de la plaza y la pelota, de las hamacas y las risas.

Tienen 5 y 8 años. Y son dos niños. Viven en una villa. Como tantos inmigrantes de los países limítrofes que le batallan a los días desde esas cárceles a cielo abierto que representan las barriadas marginales del olvido. Ellos son dos. Van a la escuela. Tienen la piel de las morenidades bolivianas. Y hoy sienten que la vida es pesadilla y amargo desconsuelo.

Tienen 5 y 8 años y sintieron, como sentirían a diario, que el mundo entero está a sus pies y que pueden vencer -porque son los héroes de la historia de los días- a un tren, a un premetro, a una autopista de celeridades o al viento huracanado si es necesario. Porque tienen el fuego en la sangre que los hace invencibles e indómitos. Hasta que un día como hoy, ese mismo y eterno premetro de las 16.30, les arrasó las utopías de un sablazo.

Edición: 3893

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