Crónica de las nuevas familiaridades (capítulo VIII)

Por Alfredo Grande

(APe).- La cultura represora se cultiva, con prisa y sin pausa. ¿Cuáles son los sembradíos originarios de la cultura represora? La cosecha de cultura represora nunca se acaba. Por lo tanto, no es menor interrogarnos donde encontrar esos campos de pesadillas. Para nuestra desgracia, están fuera y dentro de nosotros. La sagrada familia, la familia patriarcal, la familia unita, plantan muy tempranamente las semillas y luego cosechan durante toda la vida las plantas carnívoras que nos comerán el cerebro. Pacto fundacional y perverso que deja la marca del hierro candente en la subjetividad de niñas, niñas, adolescentes, adultos jóvenes.

A partir de ahí, todo es inercial. Todo es automático. Todo es ritual autodestructivo. La cultura represora es un arma de destrucción masiva. Única forma de neutralizarla: arrasar con los campos donde se siembra. El gran obstáculo para este operativo de neutralizar, es que pretendemos combatir a la cultura represora con sus mismas armas. Un solo ejemplo, por ahora.

Se deploran los efectos, pero hay demasiada cautela para profundizar en las causas. Cierta derecha sensible se la pasa lamentando diversas situaciones actuales, pero propone soluciones bizarras. Un solo ejemplo, por ahora.

La publicidad de Unicef Argentina donde hace un paneo de la niñas y niños en penosas circunstancias de vida. Y luego pide una contribución de $20= diarios para mitigar la catástrofe alimentaria y sanitaria. El locutor utiliza un tono de voz entre admonitorio y culpabilizador al mejor estilo del predicar ciruela. Un remake de la famosa frase: “comé que en Africa los chicos se mueren de hambre”.

Pretendo entonces, quizá sin lograrlo, entender el origen de adultos insensibles, saturados de individualismo que deviene autismo, motorizados por lo trivial y paralizados ante lo importante. Es inocuo un discurso anti patriarcal sin profundizar en los determinantes de la familia patriarcal. Reproductora perfecta de un orden político social que pretendemos transformar.

En el marco de la cultura represora, toda familia deviene patriarcal. Y siembra las semillas de las plantas carnívoras que más temprano que tarde masticarán las subjetividades. Yo he clasificado 4 plantas, aunque estoy seguro que debe haber más. Ellas son: mandato, amenaza, culpa y castigo. Cada planta carnívora merece un tratado especial que excede la capacidad del autor. Pero con mi mejor esfuerzo, intentaré un análisis de la planta más importante: la culpa.

Desde ya, en la hegemonía de la cultura represora judeo cristiana, todas y todos estamos atravesados por la culpa, aunque, y esto es muy importante, no de la misma manera. Por lo tanto, no es lo mismo -más bien es lo opuesto- pensar la culpa que, por culpa, no poder pensar. La culpa es un artificio que legitima un castigo. Y el castigo en sus diferentes formas e intensidad es absolutamente necesario para la continuidad de la cultura represora.

Vigilar y Castigar, al decir de Foucault, y ya que estamos, torturar, exterminar, arrasar, masacrar. En las autodenominadas democracias, el castigo es monopolio del Estado. Desde las cárceles degradantes de la más elemental condición humana, hasta el gatillo fácil. Un solo ejemplo, al menos por ahora.

La consigna que impuso la dictadura genocida: “Por algo será”. Artificio represor para que el más atroz de los castigos sea legitimado por las mayorías silenciosas y cómplices. Decir artificio es decir construcción cultural y política. No pertenece a lo fundante, sino a lo convencional encubridor.

La pedagogía culpabilizadora es una estrategia necesaria para los ensuciados de cerebro. Uno de los recursos necesarios es mezclar “culpabilidad” y “culpa”. La culpabilidad es objetiva y es del victimario. La culpa es subjetiva y es de la víctima. Un aforismo implicado señala: “la culpabilidad del victimario se diluye en la culpa de la víctima”. Un solo ejemplo, al menos por ahora.

La mujer violada que se siente culpable mientras el violador se enorgullece de su culpabilidad. La siniestra doctrina del pecado original cumple varios objetivos: paraliza, habilita el castigo e indulta al victimario. La familia patriarcal, o sea la familia, cultiva culpa en escala industrial por varias generaciones. La culpa anestesia toda posible defensa. Y quiebra todo intento de atacar al represor. La planta carnívora no tiene contrincante. Hay un nexo necesario entre culpa y mandato. Un solo ejemplo, al menos por ahora.

“Hasta que la muerte los separe”. Sacramento que no aclara de qué muerte se trata: si la muerte del deseo o la muerte de la persona. Prolongar un vínculo por culpa es otra forma de castigo. Cualquier intento de atravesar la culpa recibe un alud de amenazas.

La única forma de arrasar con las 4 plantas carnívoras es sembrar las semillas de las familiaridades. El antídoto necesario contra el veneno represor. Si yerba mala nunca muere, yerba buena siempre nace.

Y decirnos y decir a los condenados de la tierra por culpas, castigos, mandatos y amenazas: no tienes la culpa. Te ayudaré a no sentirla.

Edición: 4071

 

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