Por Silvana Melo
   (APe).- Martina nació marcada con su segundo de celebridad. Pudo ser primera en alguna cosa en una vida que promete más espinas que alfombras mágicas. Un par de diarios del 2 de enero la anuncian como la primera mujer que se atrevió a nacer en la flamante década. Una insolencia de más de tres kilos, que empezó a empujar el vientre de su madre en la tarde del 31 de diciembre, tarde triste si las hay en la Unidad 33 de Los Hornos. Capital de la provincia de Buenos Aires. La más injusta, la desmesurada, la desigual.

Y ella quiso nacer. Ahí, ese día, a esa hora. Para aparecer a las 00.01 del uno de enero de 2020 en este mundo, desde un cuerpo amantísimo a un encierro que le condicionará el sabor de la primera leche y las sombras que leerá en los ojos de su madre. Que tiene 22 años apenas. Y ya está confinada entre los engranajes fatales del Servicio Penitenciario Bonaerense: cruel, hacinado, amontonador de pobres, jóvenes, analfabetos, factoría del odio.

En ese jardín vivirá sus días fundacionales Martina. Los que le constituirán la vida.

En ese patio jugará Martina sus primeros juegos. Su escondida de los monstruos. Su mancha venenosa.

En la cárcel de Los Hornos hay un pabellón para mujeres embarazadas y madres de niños menores de cuatro años. Entre sus 50 compañeros de infancia en encierro llorará Martina para despertar a su madre en sus madrugadas de hambre.

Llorará en encierro porque nació en encierro. Como una mujer que empujó a su madre mujer para nacer y nacerse las dos.

Y ella, Martina, nacida en encierro, acaso venga, con esa insolencia de las libertarias, a poner las piernas en su lugar. Los brazos en su lugar. La cabeza en su lugar. Alta, más arriba del muro. Con el sabor picante de la revancha.

De nacer en el infierno y abufandarse con las llamas de libertad.

Ese es el porquesí de Martina en el 00.01 del 1 de enero de 2020.

El desatino del encierro. El fuego frenético de la libertad.

Edición: 3916

 

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