Por Silvana Melo

(APe).- Rodó por las paredes de su arte. Y pintó grafittis con su sangre. El vecino creyó que era un ladrón. Era un vecino. No un brazo armado del estado. Era un hombre común, con un arma bajo la cama. Arrogándose ley, vida y muerte. El vecino creyó. Como una fe contundente. Sin fisuras. Creyó sin duda posible. Creyó que era un ladrón. El, que tenía apenas 17 y en la madrugada del lunes se apuraba para pintar la última redondez  de la última letra en la última pared para irse a dormir y después levantarse al lunes, frío y acechante lunes de  cara lavada y trabajo en la barbería.

Esa noche era una fábrica abandonada por Almagro. En Córdoba y Gascón. Las letras tenían rostro desde la terraza del edificio. El les cantaba una cumbia colombiana y hasta ensayó algún paso mientras se deslizaba por la pared hacia abajo. Cuando vio el  arma mostró las pinturas. Y señaló los graffitis. Pero el vecino pensó, creyó, decidió. Y disparó tres tiros que hicieron flamear su cuerpo en la madrugada helada. El vecino se confundió, dice el Canal de Noticias. Es una hilera de verbos complacientes y justificantes. El vecino pensó, creyó, se confundió. Y decidió que Cristian era un ladrón, decidió que le amenazaba el confort, decidió que tenía que morir, decidió que a  un chico de  17 se le acabara la vida así, sin tiempo de descuento, sin chance, sin yapa, sin propina, sin otra vida complementaria en la mochila  para vivirla después y que se cumplan los sueños y las revoluciones sin vecinos tan rigurosos en su fe.

El último graffiti lo pintó con su sangre. Con una  pluma de Bogotá. Y una cumbia de Colombia. Se murió a horas de  abrir la barbería. Donde rasuraba y cortaba el pelo a  vecinos como el de Córdoba y Gascón. Vecinos que siempre piensan, creen, se confunden. Odian, ciegos de su fe. Guardan armas debajo de  su cama. Y a veces matan a chicos que pintan paredes.

Edición: 3668

 

 

Libros de APE