Por Silvana Melo
   (APe).- Un día de septiembre como éste, hace treinta años, María Soledad Morales moría en manos de los hijos del poder de Catamarca. Tenía apenas 17. Y su femicidio –sin que existiera la figura penal- generó una movida multitudinaria que terminó con la supremacía Saadi en la provincia. Estaba asomando a la luz la amenazadora fuerza de la organización de las mujeres. La que encarna como pocas la lucha antisistema y la que genera la reacción brutal de lo establecido. 30 años después, en Moreno, se cree que Ludmila Pretti se resistió a tener sexo con un muchacho de 19 que no soportó el no, la estranguló y la dejó en una bolsa como un desecho. Tenía 14 años. La misma edad de Rocío Vera, que dos meses atrás, en Reconquista, no quiso ser el objeto de uso y descarte de siete hombres convencidos del poder y la propiedad sobre una mujer. Una niña que, además, estaba embarazada. La caza de brujas de la que habla Silvia Federici es el asesinato de la resistencia contra el poder histórico. El quiebre de la escritura patriarcal y capitalista sobre el cuerpo de las mujeres.

El martirio de María Soledad fue el primer cuerpo que se alzó, destrozado y desnudo, y alteró la pirámide del dominio político. Su sacrificio dio a luz las marchas del silencio, donde la mudez no era mordaza sino un estruendo que sacudió las estructuras del poder real. Y lo hirió en su costado. Los propietarios de la vida y de la muerte en Catamarca decidieron que esa mujer era el latifundio natural y sobre él podían hacer libremente y sin ahorrar ferocidad. Ese cuerpo, que resistió antes de su muerte horrible, fue el germen de la otra resistencia. La que terminó, históricamente, con un gobernador derrocado y un diputado expulsado de la Cámara. Que era el padre del principal acusado: dijo Angel Luque que si hubiera sido su hijo Guillermo, “el cuerpo no hubiera aparecido”. El acumulaba todo el poder necesario como para hacer desaparecer un cadáver. Su impunidad estaba protegida por siete candados. Y un sistema testado por mil generaciones.

Sin embargo ese cuerpo tenía en su destino una trayectoria histórica para cumplir. No desapareció ni desaparecerá jamás.

Ludmila Pretti tenía 14 años y su cuerpo también fue zona de combate entre el deseo patronal de un hombre y el riesgo del no sostenido de una adolescente temprana. Su vida se acabó el sábado a la noche y ese mismo amo de su cuerpo, el que se cree que la asesinó por el no insoportable, fue a la comisaría a colaborar. Y después desapareció. Con el cinismo de los impunes.

El 24 de julio Rocío Vera hubiera cumplido 15 años. No la dejaron. Diez días antes siete varones con derechos de adquisición sistémica la sometieron y la golpearon brutalmente ante su resistencia. Además, estaba embarazada.

Su violación y su asesinato, como los de María Soledad y Ludmila Pretti, como los de Lucía Pérez, Micaela García, Chiara Páez y todas las que hicieron explotar alguna base del sistema patriarca – capitalista, son crímenes de poder, como los define Rita Segato. La reacción ante la construcción de soberanía de las mujeres ante los conquistadores históricos.

Silvia Federici, citada por Raúl Zibechi en la revista MU, historiza. Dice que en plena crisis del feudalismo “el poder de las mujeres fue destruido a través de la caza de brujas y los varones (y las mujeres, niños y niñas) fueron sometidos a través de la esclavitud asalariada o no, para apropiarse de los bienes comunes”.

Las mujeres le han puesto pulmón a la resistencia desde la aterradora masculinidad de la dictadura, cuando las Madres fueron la infantería. Y se levantaron desde todas las crisis, conscientes de que el capitalismo más crudo era el asesino de cualquier sueño posible. “Cualquiera que conozca los movimientos antisistémicos, sabe que las mujeres juegan un papel central, aún cuando no sean tan visibles como los varones. Ellas son la argamasa de la vida colectiva, son las encargadas de la reproducción de la vida y de los movimientos”, dice Raúl Zibechi. Se organizan y se niegan. Son una amenaza ante lo establecido. Las instituciones les temen.

 

“El FMI y sus gobiernos obedientes, las empresas extractivistas y los fundamentalismos religiosos que vuelven a acusar a las mujeres para destruir los entramados comunitarios”, dice Federici que son los cazadores de brujas del siglo XXI. Tiempo de pandemias, cuando la tierra, la semilla y el fruto vuelve a ser de ellas con la resistencia agroecológica. Cuando la organización de los barrios más castigados y populosos las tiene al frente, con la cuchara en la olla y el pecho ante el despotismo.

Todas tienen el no sobre la lengua y la obstinación en las manos. El sacrificio de Ludmila Pretti y Rocío Vera estuvo atado a esa resistencia. El cuerpo de María Soledad es el fuego que todavía quema los pies del poder.

Las brujas no están dispuestas a que las cacen sin dejar la huella indeleble de su sangre en esta historia. Para construirla día a día.

Edición: 4075

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