Por Silvana Melo

(APe).- Los huesitos estaban en un campo de Villa Angela. Es el Chaco. Fue por el maxilar que pudieron reconocerla. Por los dientes. Con los que habrá tiritado. Con los que se habrá defendido. Con los que habrá mordido en vano la ferocidad de su destino. Maira Benítez estuvo ahí todo el tiempo, dijeron. Pero la encontró un peón. Que no llamó ni a la policía ni a la justicia. Llamó a un periodista. Es que las instituciones no son confiables para los pobres. Que no cuidan a las pibas como Maira, que desapareció a los 18, vaya a saber en qué manos poderosas, para qué tráfico infame.

Es que las instituciones cuidan a los otros. A los que saben plantar culpables que los cubran. Y miran desde afuera el espectáculo judicial. Dice Antonia, la madre.

Maira Benítez desapareció el 16 de diciembre de 2016. En Villa Angela donde apareció, hecha huesitos, hace tres días. Casi tres años en que Antonia dio vuelta el mundo buscándola. Y tan cerca estaba. Ahí no más del campo donde vivía Rodrigo Silva. El único condenado, a 21 años, por homicidio. Y como para que quede claro que en el Chaco las cosas no son como quieren los peones y las pibas, no son como quieren las madres de las pibas ni las chiquitas de cinco años que las sobreviven, en mayo la Cámara del Crimen de Villa Angela dijo que no a que se considerara el crimen de Maira como femicidio. En el que intervinieron varias personas. Sólo quedó condenado Silva. Por homicidio simple.

Los dientes de Maira rechinan todavía de miedo. Y de rabia. Huesitos minados por la lluvia y todos los soles en casi tres años.

La hija de Maira tiene cinco años ahora. Maira tendría 21. Andarían las dos de la mano por la calle, dos pibas cantando reggetones y cumbias. Saltando baldosas. Y esquivando los monstruos. Que convidan e invitan y prometen y andan por la calle como cualquiera porque son como cualquiera. Propietarios del cuerpo. Y de la vida.

Brisa no tiene madre. Brisa tiene cinco y la tiene a Antonia. Pero fundamentalmente se tiene a sí misma. Tiene una ley que otra Brisa nombró para ella y para todas las brisas arrasadas de madre por la muerte patriarca. Que el estado tiene la obligación de otorgársela para ayudarla a sobrevivir a estos días con un equivalente a la jubilación mínima. Hasta que tenga herramientas y fuerza como para ponerse en pie.

A pesar de los huesitos de su madre.

Puestos en un campo de Villa Angela. Tres años después.

Edición: 3942

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