Por Carlos del Frade

(APe).- -Aspiramos poxi para que nos duelan menos los golpes de la policía. Para que no tengamos tanta hambre ni tanto frío…por eso aspiramos poxi – nos dijeron cinco pibitos que no superaban los quince años y que en 1984, para los medios de comunicación del centro rosarino eran la síntesis del mal. “La bandita de la plaza Sarmiento” o “los chicos del poxi” habían sido marcados por la hipocresía dominante. La democracia estaba dando sus primeros pasos y ellos vivían en la calle, a metros de la escuela Normal número 1, fundada por Nicolás Avellaneda, porque en sus casas la convivencia era más feroz que afuera.

Cuando este cronista se acercó a ellos, los pibes dijeron que hablarían a cambio de dinero: cinco café con leche que tomamos en el entonces bar “El Cairo”, geografía que se hizo famosa gracias al genial Roberto Fontanarrosa. La nota salió en el entonces diario “Rosario”.

Casi tres décadas y media después, el poxi continúa formando parte de la realidad de pibas y pibes en la ex ciudad obrera y portuaria.

El poxi volvió a ser utilizado en los barrios rosarinos, según sostuvo la presidenta del Colegio de Profesionales de Trabajo Social de Santa Fe, Natalia Juárez.

“Este pegamento genera una sensación de saciedad y sopor en niños y adolescentes. Su efecto hace que los chicos no sientan hambre, pero genera severas complejidades a mediano plazo y una fuerte dependencia”, señaló Juárez.

Según el reconocido psicólogo social y referente a la organización Vínculos, Horacio Tabarez, “los niños y jóvenes que viven en una situación de desamparo consumen drogas para llenar un vacío material y simbólico”.

Añadió que el consumo de poxi puede generar problemas en la salud de la pibada: “Tienen solventes que afectan todos los sistemas orgánicos. Dañan el sistema nervioso central en pibes que todavía se están desarrollando. Y estas alteraciones se van a expresar en su conducta y aprendizaje”.

Para Alejandra Fedele, el consumo del pegamento “se profundizó en este último tiempo” y que “aspirando pegamento se les va el hambre y el frío. Llama la atención que cada vez son más chiquitos, empiezan a los 8 años. Evidentemente, hay un mayor que se los compra, porque las ferreterías no pueden venderles a menores”, le dijo al periodista Rodrigo Arévalo.

Casi treinta y cinco años atrás, aquellos chicos que hablaron con este periodista daban la impresión de usar al poxi como una herramienta que les servía para resistir una forma de escapar de situaciones de mucha violencia y que juntos, aún en la plaza y la calle, encontraban alguna calidez que ya no estaba en su casa.

Estaban lejos de ser los demonios que caricaturizaban los grandes medios de comunicación del centro rosarino. Eran víctimas y no victimarios. Estaban en peligro, no eran el peligro.

Casi tres décadas y media después, el regreso del poxi quizás esté marcando la multiplicación de chicas y chicos que necesitan una ayuda química para no ser permanentemente castigados por la bestialidad del sistema.

Pero si la ley 26.052, la de narcomenudeo o desfederalización del delito narco, se pone en vigencia en todo el país como lo quiere el imperio y, por lo tanto, lo promueve el gobierno nacional, estos chicos que consumen poxi para evitar daños mayores, serán presentados como delincuentes temibles y luego confinados a las cárceles que colapsarán de empobrecidos y desesperados.

El regreso del poxi no es más que la confirmación de la inhumanidad del sistema y la situación desesperante en la que están inmersos miles de chicas y chicos en toda la Argentina.

Este cronista no sabe qué se hizo de cada uno de aquellos cinco chicos entrevistados en 1984.

Lo que apenas puede balbucear es que la vuelta del pegamento trae la necesidad de volver a pelear por un país en el que las pibas y los pibes no sean consumidores consumidos, sino sujetos de derechos y destinados a la felicidad y no al sufrimiento.

Fuente: Diario “El Ciudadano” de Rosario, miércoles 23 de mayo de 2018.

Edición: 3622

Libros de APE