Por Carlos del Frade

(APe).- Cuando terminaba la primera década del tercer milenio, una maestra, atenta y sensible a lo que decían, dibujaban y no decían sus chicas y chicos, tomó nota sobre algunas postales de las alumnas y los alumnos.

Una de ellas exhibía un pibe que lloraba, estaba vestido con un pantalón corto y la pelota estaba tan sola como él.

A su lado, otro grupo de pibes tiraba al cielo con pistolas y metralletas y tenían dibujada una sonrisa casi similar a la del Guasón, el personaje de Batman.

La marcada mueca de alegría estaba reservada en esa postal advertencia en los que usaban armas de forma casi tan cotidiana que desplazaban la irresistible seducción de la pelota.

El llanto del chico que no tenía con quién jugar a la pelota era consecuencia de una elección o quizás, una imposición del sistema, las armas que llegaban con llamativa facilidad a las manos de sus compañeros que, entonces, no paraban de divertirse.

La pelota perdía por goleada frente al negocio de las armas.

La maestra sigue peleando para que las cabezas y los cuerpos de las pibas y los pibes de uno de los barrios rosarinos sigan siendo de ellas y ellos, como también miles y miles de pibas y pibes insisten en no ser títeres de negocios mafiosos donde el valor de sus existencias no entra en las cuentas.

Pasa en Rosario, pasa en cualquier ex ciudad obrera de la Argentina crepuscular del tercer milenio.

Pablo Silva tenía catorce años, iba a la escuela secundaria y jugaba al fútbol en la Asociación Juan XXIII.

El miércoles 21 de noviembre de 2018 acompañó a su hermano mayor para verlo en un partido en la canchita de barrio Itatí.

Las crónicas de los diarios coinciden.

“Mientras estaba en la canchita de Pueyrredón y Garibaldi, como espectador del picadito, una bala le atravesó la espalda. El vecindario entero y la ciudad se conmovieron ayer con la historia de un pibe de barrio que murió sólo por estar en el momento y lugar equivocado: la canchita de su barrio. En la zona atribuyen la culpa a bandas que se disputan el territorio con armas en las manos. La familia decidió donar los órganos del pibe. “El era muy sano”, remarcó su papá, Antonio Silva.

Bandas armadas por gente que acerca esos productos del capitalismo y cuyo dinero se recauda en grande muy lejos de la canchita de barrio Itatí.

Armas que dibujan muecas en quienes las usan porque ya les robaron el sentido, entre otras cosas, de usar una pelota para jugar.

Las balas perdidas, como tantas veces se dijo en esta columna, parece ser la metáfora de una vida que alguien se encargó de perderla y reducirla a ser consumidora de estos negocios ilegales del capitalismo.

Aquella advertencia de la maestra sensible y atenta vuelve a encarnarse en las vísceras cotidianas que exhiben las noticias policiales.

La pelota y el pibe que llora frente a la prepotencia del negocio de las armas que imponen sonrisas o muecas desmesuradas a los consumidores consumidos de las arterias del sistema mafioso.

Una vecina dijo que el nene quedó en el medio de una pelea de grupos antagónicos que “venden droga frente a la canchita” y que no tiene problema en usar las armas que consiguen. “Tiran tiros y después ponen de escudo a las criaturas”, aseguró con suma indignación. Y fue más allá: “La Policía labura con los que venden droga".

Como la maestra, testigos de la pelota olvidada y del agujero profundo que deja en su familia el exilio antes de tiempo de Pablo Silva, es necesario protagonizar la pelea contra los distribuidores de armas y los nichos corruptos de las fuerzas de seguridad, provinciales y nacionales.

Porque cada pelota abandonada, cada piba o pibe asesinado como Pablo Silva, van configurando un presente y un futuro cada vez más sombrío y menos humano.

Edición: 3759

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