Por Bernardo Penoucos

(APe).- No encajan, no entran, pasan eternamente por los prolijos canales institucionales pero la moldeadora social de turno nunca los puede formar a gusto y piacere. Son los y las que recorren infinidad de escuelas, los que molestan demasiado desde el fondo del aula, los que nunca dicen nada o los que, diciendo demasiado, incomodan. Son los que viven de Dirección en Dirección firmando cuadernos que irán a descansar vaya a saber en qué escritorios; son los y las que, rendidos de las estructuras institucionales, se quedan por fuera de ellas o los van dejando por fuera de ellas con “causa justificada”. El anterior gobernador, fiel militante de la baja en la edad de imputabilidad, los etiquetó como los “NI-NI”, los que ni estudian ni trabajan. Que, como decía Galeano, son, aunque no sean.

La cadena productiva necesita formas que encajen, cuerpos que se amolden, brazos que hagan. Pero no hay lugar para todos y, de los todos, muchos no quieren ni tienen ganas de entrar, rechazando un futuro como propuesta que poco tiene de futuro y mucho tiene de espanto. El mundo nace con gente afuera, muchos, miles, millones y el sistema -que es el encargado de repartir miserias y culpas- necesita nombrar, etiquetar, ordenar lo que como presente hace rato que es caos organizado. Entonces, cuando los millones no pudieron “ajustarse” al contrato preestablecido, comienza a separar lo que sí de lo que no, comienza a fragmentar pedacito a pedacito una cuestión social que desborda y explota. Pensamiento binario, positivismo social, la sociedad como si fuese un cuerpo y los problemas sociales como enfermedades.

Entonces aparecen los “RE”. Que no es la segunda – y tan hermosa- nota musical, sino que es el analgésico que viene a cerrar de una vez por todas los desajustes molestos o a los molestos desajustados. Re-inserción, re-socialización y “tratamiento” son las categorías que, aun en pleno siglo 21, se siguen escribiendo en los tantos informes institucionales. Por ejemplo, no se llama acompañamiento o fortalecimiento de un proyecto de vida posible cuando nos referimos a una persona privada de libertad, sino que se llama tratamiento, como si el otro fuese un paciente y la solución una cura individual.

Los dueños de las cosas (y de las palabras) no dicen que millones han sido expulsados, dicen que están excluidos, como si la marginalidad y la no garantía de derechos fuese una elección individual entre un sinfín de otras elecciones. Quien está durmiendo en la calle, ahora, bebiéndose el frío y volviéndose invisible, no es una persona sin derecho a la vivienda, es una persona “en situación de calle”, como si la vida en la calle fuese una situación producto del azar y la malísima suerte de cientos de miles. No está siendo ultrajada su condición humana cuando un niño limpia el vidrio o vende lapiceras en el tren; no -dicen- está ganándose el pan, sin robar y sin joder, aunque un poco nos joda. No han sido producto de un sistema perverso y maquiavélico todos los seres humanos que sobreviven en los oscuros pabellones de “salud mental”; no, son locos, mentes atrofiadas que han extraviado la razón y la cordura. No son, los tan nombrados pibes chorros, producto y coyuntura de un modelo que manda a consumir, pero no cuenta cómo lograrlo, sino que son desajustes casi biológicos de una parte de la sociedad que está enferma de vagancia y facilismo.

Todos y todas tendrán su nuevo nombre y su nueva marca. Serán los “RE”. Los que, según el sistema, han errado el camino del orden y la convivencia, los que han tenido mala suerte, los que equivocaron su decisión.

Crecen los muros. Crecen los muros de las cárceles y de los institutos, crecen los muros de los hospicios y loqueros. Pero crecen también los muros de las casas y de las escuelas. Y entonces ya no sabemos, como tantas otras veces tampoco supimos, quiénes son los locos, los desajustados y los que quedaron afuera.

Pero el sistema sí lo sabe. Y mientras nosotros repartimos etiquetas y sedantes para ponerle nombres vacíos al horror, otro brazo se lleva lo nuestro, lo vende, lo compra y, también, nos encierra.


Edición: 3615

 

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