Por Carlos del Frade

(APe).- Los números repiten una lógica.

La realidad intramuros parece reflejar lo que sucede en los barrios empobrecidos de las grandes ciudades de este sueño colectivo inconcluso que es la Argentina.

Uno de los últimos informes del Sistema Nacional de Estadística sobre Ejecución de la Pena (Sneep), que contiene los datos de las 301 cárceles del país actualizados al 31 de diciembre de 2017, indicaba que la población penitenciaria llegó a 85.283 reclusos, un 61 por ciento más que una década atrás, cuando se contabilizaron 52.457.

La tasa penitenciaria en la Argentina es de 194 presos cada 100.000 habitantes, una de las más bajas de la región, aunque la cantidad de detenidos aumentó radicalmente en los últimos años: en 2006 había 54.000 detenidos en el país, es decir, en 11 años aumentó más del 61%.

Los datos de 2017 mantienen la tendencia del perfil de los detenidos en cárceles del país: son hombres (96%), argentinos (94%) y con estudios primarios o inferiores (69%).

Y una vez más, la marca del sistema en los últimos cuarenta años evolución social argentina: El 60% tiene menos de 35 años de edad y el 42% estaba sin trabajo al momento de su detención.

Otra confirmación: el delito aparece como un medio material para alcanzar algo más porque no hay otras opciones cercanas ya que más de las dos terceras partes de los condenados son primarios, es decir, no reiterantes ni reincidentes. Esto también se mantiene como tendencia en la última década.

En estos días iniciales de 2019, a cien años de la llamada “semana trágica” y la primera huelga de La Forestal, en este calendario que recordará los cincuenta años del Ocampazo, el Correntinazo, los Rosariazos y el Cordobazo, empiezan a surgir los números de los homicidios en distintas ciudades argentinas.

En el llamado departamento La Capital del segundo estado, en la provincia de Santa Fe, hubo 88 homicidios durante 2018.

De acuerdo a esas cifras, 41 víctimas tenían entre 18 y 30 años; 8 entre 15 y 17 años y 3 eran menores de 14 años. 52 personas asesinadas, entonces, eran menores de treinta años. El 59 por ciento.

La repetición de la marca.

Seis de cada diez víctimas, menores de 30 años.

La ferocidad del sistema, desde 1976, arranque del terrorismo de estado y la noche carnívora de la dictadura, impuso la condena, la lógica de la matriz.

Seis de cada diez desaparecidos eran pibas y pibes menores de treinta años.

Cuarenta y tres años después, los números repiten el mismo blanco de entonces, chicas y chicos, muchachas y muchachos menores de treinta años.

Seis de cada diez víctimas de homicidios en el departamento La Capital del segundo estado argentino tienen menos de treinta años.

Seis de cada diez personas detenidas en las 301 cárceles argentinas tienen hoy menos de treinta años.

La repetición de la marca exhibe la repetición de la lógica del sistema.

La realidad intramuros, entonces, reproduce esa perversión.

El orden del sistema es hacer de las pibas y los pibes consumidores consumidos, homicidas asesinados, convertirlos en víctimas y victimarios, alejarlos del protagonismo histórico, separarlos del mandato cultural y biológico que los presenta como cuestionadores de lo impuesto.

Por eso se repite la marca, la edad de víctimas y victimarios, los menores de treinta años, los siempre castigados en la Argentina de fines del siglo veinte y principios del veintiuno.

Romper esta matriz, deshacer esta marca, es imperativo para que la esperanza vuelva a tener sentido práctico en estos sitios cósmicos.

Edición: 3787

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