Por Claudia Rafael

(APe).- A menos de 24 horas de la irrupción policial formoseña en el barrio 50 viviendas, anoche todavía se veía a los uniformados rodear el barrio en el oeste más pobre de la provincia gobernada por el eterno Gildo Insfrán. Los gritos y el miedo en la noche del primer día del nuevo año se escuchan todavía en la grabación que quedó registrada en el teléfono de Vanesa Mamone, de la Gremial de Abogados en la voz de Ana María Agüero, una de las mujeres de la barriada y tía de Facundo, uno de los chicos heridos con balas de goma. Entre la respiración agitada y los intentos de explicación de lo que ocurría, los balazos resonaban como fondo de escena.

“Anoche, Ana María me llamó desesperada, se cortaba todo el tiempo la comunicación porque no hay señal. Sólo se escuchaban los tiros de las balas policiales. Se llevaban gente. No se sabía en ese momento cuántos heridos había. No dejaban entrar a las ambulancias”, contó Mamone a APe.

Los heridos son demasiado jóvenes. Algunos, niños de 11 y 13. Que ya llevan en el cuerpo la marca del racismo y la violencia de siglos. La infancia no es una frontera infranqueable para el modelo extractivista que trasciende a los gobiernos. La prueba más palpable la ofrece el propio Insfrán. Gobernador a cargo de la policía que reprimió en la primera noche de 2018, durante el macrismo. Pero también gobernador a cargo de esa misma fuerza desde 1995. Atravesó las presidencias de Carlos Saúl Menem, Fernando de la Rúa, Ramón Puerta, Adolfo Rodríguez Saá, Eduardo Caamaño, Eduardo Duhalde, Néstor Kirchner, Cristina Fernández de Kirchner y ahora Mauricio Macri. No hay excusas. Pero al mismo tiempo no hay explicación más clara.

Es el mismo Gildo Insfrán de 2010, cuyas fuerzas de seguridad concretaron el ataque feroz del 23 de noviembre mientras un grupo de Qom cortaban la ruta 86 para clamar por sus tierras, esas por las que siguen resistiendo, después de que se las voltearan con topadoras y las incendiaran. Y asesinaran de un balazo a Roberto López. Entonces el país entero supo que existía un pueblo que se llamaba Qom.

Exactamente el mismo que gobernaba cuatro años más tarde, cuando también en Ingeniero Juárez, un grupo de chicos wichi fue atacado con balas de plomo y de goma un 21 de marzo. En una cacería feroz que completó con huesos astillados el lento y sistémico trabajo del hambre.

Como en 2010 se abrieron los ojos de sorpresa ante “el descubrimiento” de la existencia de los milenarios Qom, en agosto de 2017, Argentina y el mundo empezaron a hablar de la preexistencia de los mapuche, cuando la figura barbada y rubia de Santiago Maldonado copó los diarios. Desaparecido y luego muerto en el río Chubut en un contexto de represión gendarme a la comunidad Lof Cushamen. Y tres meses más tarde el mapuche Rafael Nahuel era asesinado por la espalda por un comando de Prefectura y tres centenares de prefectos, gendarmes y policías federales se llevaban –entre golpes y gas pimienta- a un grupo de mujeres y a sus niños desde dos años en adelante.

La supervivencia del sistema no está atada al nombre de tal o cual presidente, de tal o cual gobernador. Sobrevive porque es feudal y extractivista.

Los pueblos del origen llevan sobre su frente la huella insondable de la persecución. Y se empeñan como tigres hambrientos en seguir siendo. Con la fuerza invencible del verbo.

Hace casi 140 años, el primer gobernador del entonces Territorio del Neuquén, escribía sobre los “felices acontecimientos” que significaron “la pacificación de los desiertos”, la “conquista de 20.000 leguas de tierras fértiles entregadas a la civilización y la sumisión y la regeneración de poblaciones salvajes”.

Y desde hace cinco siglos se va repitiendo como un mantra salvaje la búsqueda de disciplinamiento a través del hambre, la desaparición, los crímenes y el sometimiento.

El periodista Darío Aranda hace un racconto doloroso de todo 2017, que no es más que una fotografía repetida por décadas en el avance hacia la tierra, sea como fuere:

-“En enero se ejecutaron tres represiones en dos días (9 y de 10) sobre el Pu Lof en Resistencia de Cushamen. Gendarmería Nacional y Policía de Chubut avanzaron con escopetas y gases lacrimógeno”.

-El 21 de junio, Gendarmería militarizó y reprimió a la comunidad Lof Campo Maripe, en Vaca Muerta, para favorecer la explotación del yacimiento.

-“El 26 de junio, la comunidad Indio Colalao de Tucumán sufrió un violento desalojo de 16 familias. Decenas de policías e infantería llegaron hasta el territorio y avanzaron contra la comunidad”.

-El 8 de julio, “en San Ignacio (Misiones) una patota atacó a la comunidad Tekoa Kokuere’i. Con machetes y motosierras derribaron las viviendas y las incendiaron en presencia de niños y mujeres”.

-“El 1 de agosto hubo una nueva represión. Sin orden judicial, Gendarmería ingresó a territorio comunitario. Sobrevino la desaparición y muerte de Santiago Maldonado”.

-El 18 de septiembre, incendiaron las casas de la comunidad mapuche-tehuelche de Vuelta del Río, en Chubut. Al día siguiente, atacaron a la Lof Fvta Xayen, en Neuquén.

-El 23 de noviembre atacaron Lof Lafken Winkul Mapu y dos días después, asesinaron al joven mapuche Rafael Nahuel con un balazo por la espalda.

-“El 20 de diciembre, la policía de Formosa reprimió con balas de plomo en la comunidad wichí del “Barrio 50 Viviendas” (en la localidad de Ingeniero Juárez). Hubo cuatro heridos, dos con balas de plomo”.

-En cuanto a la criminalización, dos referencias fueron Agustín Santillán, wichí de Formosa que estuvo preso cinco meses por reclamar derechos básicos ante el gobierno de Gildo Insfrán, y la detención del lonko (autoridad mapuche) Facundo Jones Huala, que aún está detenido en Esquel a la espera de juicio de extradición”.

La criminalización y el encarcelamiento es –según relató Vanesa Mamone a esta Agencia- la práctica más extendida en estos tiempos.

Y para eso, los métodos son múltiples: persecución directa, infiltración, prebendas. “Hay patotas en Formosa que son armadas a través de punteros que reparten droga entre los pibes. Son las patotas de Insfran y la búsqueda de disciplinamiento de los pueblos originarios. Pero además, cuando quieren hacer reuniones, porque por ejemplo, les falta el agua, los infiltra la mujer del policía, del funcionario. Los amenazan desde la municipalidad, desde el Inai, desde gobierno. Y la gente no sabe ya cómo seguir”, analizó.

“Quisimos presentar un hábeas corpus desde la Gremial de Abogados y no teníamos domicilio allá para que nos notifiquen. Porque los wichi, que no tenían problema en poner su domicilio, no tienen ni siquiera un nombre o un número de calle. Simplemente se llama “el barrio bajo”. Los hostigan todo el tiempo. Los paran cuando caminan por la calle todo el tiempo. Los revisan. A las mujeres las tocan y les dicen que quieren saber si andan armados”, relató desde la Gremial.

Son los pueblos del origen. Los vulnerados de la Historia. Los tercos. Los indómitos. Pero también los que no recuerdan ya que alguna vez lo fueron. Los atrozmente disciplinados que se empiezan a arrancar las marcas de los látigos tatuados en el alma. Los que perdieron, mientras los candiles iban apagando sus llamas, la propia identidad.

El eco de los dolores de las víctimas se va adensando en la atroz pintura de la condición humana. Y en algún lugar, desperdigada, aunque hoy no la veamos se va ahuecando una gema diminuta de esperanza. A pesar de los olvidos, los golpes, la muerte hecha añicos cuando la resistencia asoma, pertinaz, desde los ojos de un niño. Una y otra vez la vida de los postergados se empeña en germinar como gotas de agua desde un manantial que nace entre las piedras. Será preciso. Una vez más, con los dedos y las uñas sembrados de barro, hacer brotar la vida para que cobre sentido.

Edición: 3527

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