Por Carlos del Frade

(APe).- Jesús, nacido de la brutalidad de la Gendarmería Nacional al voltear un bunker y patear el vientre de su mamá, María, en medio del polvo blanco esparcido; crecido en un barrio cuya escuela recuerda una feria de ciencias en la que el pibe de once años multiplicó los sandwiches y las bebidas de forma misteriosa y que ayudó a muchas familias a gambetear los efectos de la concentración de riquezas en pocas manos y la ausencia de trabajo en blanco y estable; ese muchacho que tenía la certeza de ser boleta a los veintiún años, fue asesinado por una banda narcopolicial en proximidad de la ciudad de Pérez, emblemática región al oeste rosarino donde los talleres ferroviarios todavía sueñan con su reaparición y reactivación.

Lo esperaron una noche para cumplir la sentencia que se había tomado desde el centro de la ex ciudad obrera, allí donde jamás se hacen los allanamientos y los operativos de las fuerzas de seguridad, sean nacionales o provinciales.

Desde las peatonales y los edificios que miran al río y dan la espalda a la ciudad archipiélago, desde esas arquitecturas del dinero y el desprecio, llegó la orden de terminar con la vida de Jesús.

Por distintos miedos acumulados.

En un piso de barro le volvieron a exigir que vendiera merca para la banda dirigida por oficiales de la policía provincial y la gendarmería aunque llevada adelante por pibas y pibes desesperados por encontrar algún sustento material.

Y él, Jesús, por tres veces consecutivas se negó a trabajar para ellos.

Le pegaron, lo torturaron y hasta lo crucificaron en un algarrobo que quedó manchado con su sangre para siempre.

Años después se sabría la saña de la violencia descargada contra el cuerpo de Jesús.

A pocos metros de una de las tantas canchitas que el muchacho mandó construir para las chicas y los chicos de los barrios, pintaron un mural en homenaje a su extraña existencia surgida en aquella Navidad Blanca.

"Yo te extrañaré, tenlo por seguro. Mas comprendo que llegó tu tiempo. Que Dios te ha llamado para estar a su lado. Así él lo quiso, pero yo nunca pensé que doliera tanto", dicen los versos del barrial homenaje.

Su compañera, Magdalena, reconoció el cuerpo desgarrado y luego partió hacia alguna provincia de esos siempre atribulados arrabales del mundo que son los caminos de la Argentina del tercer milenio.

Poco se sabe de su padre José aunque hay voces que hablan de un reencuentro del cual dos personas fueron testigos.

María, su mamá, terminó la secundaria en una Escuela de Enseñanza Media para Adultos y cada tanto escribe en silencio, por las noches, las múltiples formas de reaparición que la gente le relata acerca de su hijo.

También dicen esas historias urbanas que en los lugares de pleno lujo donde viven los que lavan el dinero que genera la violencia en los barrios, existe un miedo sordo e innombrable que crece sin parar.

Ellos, los pocos, los que creen que gobernarán por siempre el destino de los que son más, sienten que ese muchacho nacido en la Navidad Blanca efectivamente se está multiplicando y que alguna vez irá por ellos, no por venganza, sino por justicia, para que la vida sea una fiesta para las muchedumbres y no la propiedad privada inviolable de las minorías.

Y saben que ese día está cercano.

Que la Navidad Blanca y su continuidad están en el cauce del río de la historia, ése que nunca se detiene a pesar de las crucifixiones y falsedades que puedan inventarse sobre la vida de pibes como Jesús.

Pintura: Jesús en el garage. Antonio Berni

Edición: 3915

 

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